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sábado, 9 de mayo de 2020

Parodiando a mamá

Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.




Parodiando a mamá
Cuquis Sandoval Olivas
Hidalgo del Parral, Chihuahua
02 de mayo del 2020
Soy producto de la constelación de su amor; llevo sus genes, su sangre, su crianza. Me arropo en las remembranzas que dejó diseminadas y sembradas en mi esencia; su imagen, bendición, aroma, palabras y consejos vivirán por siempre en mi corazón. Mujer de fe y determinación inquebrantable, su cariño, es la fuerza motora que me levanta e impulsa ante las embestidas del destino; estoy segura que cada día me parezco un poco más a ella. Quizá sea la forma que inconscientemente he adoptado para sentirla cerca; el revivir sus ademanes, manías, costumbres y expresiones que cotidianamente utilizaba.  ¡Mmmmm qué cosa tan sabrosa! –Exclamaba, al dar el sorbo a su café o al vaso de refresco. − ¡Qué raro! Estoy segura que aquí lo dejé. – murmuraba cuando traía algo extraviado. –Nombre sea de Dios, −Murmuraba antes de probar sus alimentos. –Dame el estropajo con mucho jabón para tallarme bien, −Decía cuando estaba bañándola, y se restregaba todo su cuerpo.
En sus momentos de introspección y tristeza cerraba el puño y ponía su mano dominante (izquierda) sobre su boca o entrelazaba sus manos acariciándolas suavemente, al tiempo que su vista se perdía en los recuerdos nebulosos del pasado.  Usaba crema “Ponds azul” para la cara, “Del Real” amarilla para los pies, aceite de almendras para el cuerpo, crema para el cabello; peine especial para sus rizos; después del baño diario, se hacía todo un rito antes de ayudarle a cambiarse. Yo, nunca me había lavado la cara con jabón, utilizaba cremas o lociones para limpiar las impurezas; a raíz de su muerte, inconscientemente empecé a lavarla y tallarla minuciosamente, gozando el chorro del agua al caer sobre el rostro, y al terminar el baño exclamó justo como ella lo hacía. − ¡Que sabrosura!

Tuvimos la gracia de gozar su presencia y regocijo en su amor, por casi 95 años; fue madre y padre a la vez de seis botones que germinamos en su vientre; mi hermana mayor, tres varones, yo y el más pequeño. Vine al mundo cuando ella rondaba sus cuatro décadas; dormí a su lado hasta el momento de casarme, ella gustaba de pasar sus dedos por mi cabeza, para arrullarme hasta que me quedaba dormida; al paso de los años; cuando fue menguando su paso, y las carencias de la vejez apropiándose de sus fuerzas, solíamos sentarnos muy cerca, tomarnos de la mano y gozar de diálogos y confidencias, lo mismo que de la música mística de los silencios. Disfrutaba enormemente narrar sus historias del pasado; escuchaba atentamente las lecturas que le compartía, sobre todo, cuando ella era   la musa principal de mis escritos. Siendo una mujer que se forjó en el trabajo y debió abrirse camino sola en la crianza de sus hijos, el sentirse útil era algo esencial; por lo que, era convidada a ayudarme en la cocina con tareas sencillas, como limpiar las verduras, picar el tomate o simplemente, decirme los pasos para preparar tal y cual alimento. Otra de sus facetas es que su casa fue punto de reunión familiar; ahí amaba recibir a la familia, por lo que siempre que había oportunidad, invitábamos a una congregación especial. La música era parte de su vida; cuando le gustaba una canción, la mandaba grabar hasta 10 veces en un solo CD.  Quedamos huérfanos, un hueco que nadie podrá llenar, carencia de esa figura protectora especial; siempre manifestó un amor sin límites, sin barreras, atenta a escuchar, abrazar y consolar. Le amo tanto mi viejita hermosa, ¡lleguen mis palabras envueltas en lágrimas hasta la eternidad!

jueves, 7 de mayo de 2020

Posdata, te sigo amando

Cada día de mi vida consigo algo por lo cual estar agradecido... y esa es una poderosa lección.
                                                                                                                       Alice Barrett
día.https://www.elsoldeparral.com.mx/analisis/posdata-te-sigo-amando-5197619.html






Posdata, te sigo amando
Me propuse emprender una profunda introspección a mis sentimientos; debí hurgar en los más recóndito de mi pensamiento, para rescatar esas emociones que han alimentado ese ser y hacer en mi vida.  Esta memoria, ha sido el almacén de tantas vivencias, dando por sentado que soy merecedora de todos los bienes recibidos, de las personas que he encontrado en mi camino y quienes día a día, nutren con su fuerza y aliento a este corazón mío. Hoy, no quiero abordar los miedos e Incertidumbres que habitan y arrugan mi alma; esos son fantasmas que busco adormecer con notas musicales, las cuales, con su vibración, se filtran a través de mis oídos y viajen por el interior de mi cuerpo, bañándolo de paz y serenidad.
Otra forma de catarsis la he encontrado al interactuar en espacios literarios virtuales, con personas que, al igual que yo, buscan reconocer su propia identidad, plasmando en letras y versos su voz y sentir. La literatura es un traje a la medida que se acomoda a las circunstancias de quien la produce y de quien la adopta.
Alabanzas y oración han servido para acrecentar fe y esperanza, levantando fortalezas en el quebranto del espíritu, endeble y dolido por las circunstancias mundiales que nos aquejan.
Estoy consciente que en medio de las crisis se reconocen y vislumbran otras oportunidades de aprendizaje;  no sufrir por el mañana, ni añorar el pasado; sino encaminar esfuerzos a reconocer el presente, el cual, aún con todas sus vicisitudes, nos muestra que es lo único real que poseemos; que hemos vivido aferrados a las cosas,  personas y rutinas, llenando espacios con interacción social;  para finalmente comprender que en el silencio se encuentra la verdadera meditación e introspección que permite emerger  el valor de lo que somos así como  el amor de las personas que nos rodean; llegamos solos al mundo,  sin más pertenencia que la vestidura del cuerpo y un alma que es intangible físicamente, pero que está en constante evolución, transición y crecimiento hasta el momento de partir.  Sin embargo, en el transitar por el camino, es cuando tenemos la posibilidad de construirlo de la mejor manera; porque aún en medio de la tempestad, hay ángeles a nuestro alrededor que limpian senderos para hacer nuestro pasaje más liviano y placentero. Solo necesitamos quitar ese velo que obscurece la visión, para que emerjan rostros de héroes en la oscuridad.
Tengo varios ángeles terrenales que me impulsan a salir adelante, pero hay uno en particular a quien deseo expresar mi más profundo agradecimiento, admiración y amor. A mi esposo y compañero de vida, “Jorge Pérez Flores”, quien siempre se ha distinguido por poseer un corazón noble y enorme que alberga cariño y cuidados incondicionales para quienes le rodeamos. En su sombra, nos resguardamos toda la familia, cual pozo que emana vida, bebemos para nutrirnos de su espíritu protector, es fragancia que perfuma; fuego, luz incandescente que alumbra, célula que se regenera en el amor y se expande al interior de quienes gozamos de su presencia.
Gracias, por cada instante vivido a su lado, por reconocer mi independencia y permitirme encontrar la luz y brillo en el caminar; por ser un hijo más para mi madre; esposo, padre y abuelo admirable:  quien me levanta cada vez que se quebranta mi frágil voluntad; por ser el principal resorte impulsor de todos mis logros; aplaudiendo mis victorias y no permitiendo que me amedrante ante los fracasos y embates de la vida; quien ha tendido una capa protectora a mi alrededor, desde siempre, pero que últimamente, cuando el Covid 19 hizo su aparición, ha reforzado cuidados, precauciones, alimentación y hora destinada para ejercitarnos;  busca música de mi agrado, cocina, me consiente y es además, la única persona con la cual actualmente comparto ¡24 horas diarias!
Gracias por reencontrarle en mis silencios, cavilaciones, miedos y alegrías. Por abrazarme en las noches para protegerme de las sombras fantasmales del insomnio; de las pesadillas, producto del horror pandémico y de la impotencia de la ciencia al no encontrar una cura que frene este avance destructivo y mortal.
Gracias por ser ese complemento tan necesario en mi vida; quien orquesta ritmos, silencios, armonía y melodía, hasta encontrar esa sincronía perfecta que ilumina; gesta, da calor, sentido ilusiones y metas compartidas.
Les invito a dirigir su mirada hacia esa persona cercana en su entorno y exprésele su agradecimiento.
Posdata: La fuerza del amor reside en lo que doy y recibo diariamente.






lunes, 4 de mayo de 2020

Peste negra. Giovanni Boccaccio

Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.





https://ciudadseva.com/texto/descripcion-de-la-peste-negra-por-giovanni-boccaccio/

Descripción de la peste negra por Giovanni Boccaccio

[Testimonio - Texto completo.]
Giovanni Boccaccio

El renombrado escritor Giovanni Boccaccio vivía en Florencia en el 1348, cuando esta famosa ciudad italiana fue devastada por la peste negra (peste bubónica), que mató a un 80% de la población. Apenas una quinta parte de los habitantes de Florencia sobrevivió: Boccaccio fue uno de ellos. En la primera jornada de su clásico libro de cuentos, El decamerón, Boccaccio deja testimonio de lo que presenció en ese año horripilante. Lo que sigue es una traducción editada de este testimonio.

En el año 1348 llegó a la ciudad de Florencia, Italia, la mortífera peste que fue enviada como castigo sobre los mortales por la justa ira de Dios. Había comenzado algunos años antes en el Oriente, privándolos de gran cantidad de vivientes, y continuó sin descanso de un lugar a otro y se extendió miserablemente a Occidente.
Y no valió contra ella ningún saber humano, como la limpieza de la ciudad de muchas inmundicias ordenada por los encargados de ello ni la prohibición de entrar en ella a todos los enfermos ni los muchos consejos dados para conservar la salubridad. Ni valieron tampoco las humildes súplicas dirigidas a Dios por las personas devotas, no una vez sino muchas, ordenadas en procesiones o de otras maneras. Casi al principio de la primavera del año antes dicho empezó la peste a mostrar sus dolorosos efectos horriblemente y en asombrosa manera.
Y no era como en Oriente, donde a quien salía sangre de la nariz le seguía muerte inevitable, sino que en su comienzo nacían a los varones y a las hembras semejantemente en las ingles o bajo las axilas, ciertas hinchazones que algunas crecían hasta el tamaño de una manzana y otras de un huevo, y algunas más y algunas menos, que eran llamadas “bubas” por el pueblo. Y de las dos dichas partes del cuerpo, en poco espacio de tiempo empezaba la pestífera buba a extenderse a cualquiera de sus partes indiferentemente, e inmediatamente comenzaba la calidad de la enfermedad a cambiarse en manchas negras o lívidas que aparecían a muchos en los brazos y por los muslos y en cualquier parte del cuerpo, a unos grandes y raras, y a otros menudas y abundantes.
Y así como la buba había sido y seguía siendo indicio certísimo de muerte futura, lo mismo eran estas para quienes sobrevivían. Y para curar tal enfermedad no parecía que valiese ni aprovechase consejo de médico o virtud de medicina alguna. Ya fuera porque la naturaleza del mal no lo sufriese o porque la ignorancia de quienes lo medicaban no supiese cuál era la causa y, por consiguiente, no tomase el debido remedio, no solamente eran pocos los que curaban sino que casi todos morían antes del tercer día de la aparición de las señales, aunque algunos morían antes y otros después, la mayoría sin fiebre alguna ni otro síntoma.
Y esta pestilencia tuvo mayor fuerza porque los que estaban enfermos se abalanzaban sobre los sanos con quienes se comunicaban, no de otro modo que como hace el fuego sobre las cosas secas y engrasadas cuando se le avecina mucho. Y más allá llegó el mal: que no solamente el hablar y el tratar con los enfermos daba a los sanos enfermedad o motivo de muerte común, sino también el tocar los paños o cualquier otra cosa que hubiera sido tocada o usada por los enfermos.
Y asombroso es escuchar lo que debo decir, que si por los ojos de muchos y por los míos propios no hubiese sido visto, apenas me atrevería a creerlo, y mucho menos a escribirlo. Digo que de tanta virulencia era la calidad de la pestilencia narrada que no solamente pasaba del hombre al hombre, sino lo que es mucho más: que las cosas que habían sido del hombre, no solamente lo contaminaban con la enfermedad sino que en brevísimo espacio lo mataban.
De lo cual mis ojos, como he dicho hace poco, fueron entre otras cosas testigos un día porque, estando los despojos de un pobre hombre muerto de tal enfermedad arrojados en la vía pública, y tropezando con ellos dos puercos, y como según su costumbre se agarrasen y le tirasen de las mejillas primero con el hocico y luego con los dientes, un momento más tarde, tras algunas contorsiones y como si hubieran tomado veneno, ambos cerdos cayeron muertos en tierra sobre los maltratados despojos.
De tales cosas, y de bastantes más semejantes a estas y mayores, nacieron miedos diversos e imaginaciones en los que quedaban vivos, y casi todos se inclinaban a un remedio muy cruel como era esquivar y huir a los enfermos y a sus cosas. Haciéndolo, cada uno creía que conseguía la salud para sí mismo. Y había algunos que pensaban que vivir moderadamente y guardarse de todo lo superfluo debía ofrecer gran resistencia al dicho accidente y, reunida su compañía, vivían separados de todos los demás recogiéndose y encerrándose en aquellas casas donde no hubiera ningún enfermo y pudiera vivirse mejor, usando con gran templanza de comidas delicadísimas y de óptimos vinos y huyendo de todo exceso, sin dejarse hablar de ninguno ni querer oír noticia de fuera, ni de muertos ni de enfermos. Se entretenían con tocar instrumentos y con los placeres que podían tener.
Otros, inclinados a la opinión contraria, afirmaban que la medicina certísima para tanto mal era el beber mucho y el gozar y andar cantando de paseo y divirtiéndose y satisfacer el apetito con todo aquello que se pudiese, y reírse y burlarse de todo lo que sucediese. Lo ponían en obra como podían, yendo de día y de noche ora a esta taberna ora a la otra, bebiendo inmoderadamente y sin medida y mucho más haciendo en los demás casos solamente las cosas que entendían que les servían de gusto o placer. Todo lo cual podían hacer fácilmente porque todo el mundo, como quien no va a seguir viviendo, había abandonado sus cosas tanto como a sí mismo, por lo que la mayoría de las casas se habían hecho comunes y así las usaba el extraño, si se le ocurría, como las habría usado el propio dueño.
Y con todo este comportamiento de fieras, huían de los enfermos cuanto podían. Y en gran aflicción y miseria estaba la reverenda autoridad de las leyes, de las divinas como de las humanas, toda caída y deshecha por sus ministros y ejecutores. Como los otros hombres estaban enfermos o muertos o se habían quedado tan carentes de servidores que no podían hacer oficio alguno, entendían que le era lícito a todo el mundo hacer lo que le diera la gana.
Muchos otros observaban, entre las dos dichas más arriba, una vía intermedia: ni restringiéndose en las comidas como los primeros ni alargándose en el beber y en los otros libertinajes tanto como los segundos. Suficientemente, según su apetito, usaban de las cosas sin encerrarse; salían a pasear llevando en las manos flores, hierbas odoríferas o diversas clases de especias, que se llevaban a la nariz con frecuencia por estimar que era óptima cosa confortar el cerebro con tales olores contra el aire impregnado del hedor de los cuerpos muertos y cargado y hediondo por la enfermedad y las medicinas.
Algunos eran de sentimientos más crueles (como si por ventura fuese más seguro) diciendo que ninguna medicina era mejor ni tan buena contra la peste que huir de ella. Movidos por este argumento, no cuidando de nada sino de sí mismos, muchos hombres y mujeres abandonaron la propia ciudad, las propias casas, sus posesiones y sus parientes y sus cosas, y buscaron las ajenas, o al menos el campo, como si la ira de Dios no fuese a seguirlos para castigar la perversidad de los hombres con aquella peste y solamente fuese a oprimir a aquellos que se encontrasen dentro de los muros de su ciudad. Y aunque estos que opinaban de diversas maneras no murieron todos, no por ello todos se salvaban. Enfermándose muchos en cada una de ellas y en distintos lugares (habiendo dado ellos mismos ejemplo cuando estaban sanos a los que sanos quedaban) abandonados por todos, languidecían ahora.
Y no digamos ya que un ciudadano esquivase al otro y que casi ningún vecino ayudara a otro, y que los parientes raras veces o nunca se visitasen. Con tanto espanto había entrado esta amargura en el pecho de los hombres y de las mujeres, que un hermano abandonaba al otro y el tío al sobrino y la hermana al hermano, y muchas veces la mujer a su marido, y lo que mayor cosa es y casi increíble, los padres y las madres a los hijos, como si no fuesen suyos, evitaban visitar y atender.
A quienes enfermaban, que eran una multitud inestimable, tanto hombres como mujeres, ningún otro auxilio les quedaba: o la caridad de los amigos, de los que había pocos, o la avaricia de los criados, que por gruesos salarios y abusivos contratos servían, aunque con todo ello no se encontrasen muchos. Y los que se encontraban eran hombres y mujeres de tosco ingenio, y además no acostumbrados a tal servicio, que casi no servían para otra cosa que para llevar a los enfermos algunas cosas que pidiesen o mirarlos cuando morían; y sirviendo en tal servicio, se perdían ellos muchas veces con lo ganado.
Y por ser abandonados los enfermos por los vecinos, los parientes y los amigos, y por haber escasez de sirvientes, se siguió una costumbre no oída antes: que a ninguna mujer, por bella o gallarda o noble que fuese, si enfermaba, le importaba tener a su servicio a un hombre, como fuese, joven o no, ni mostrarle sin ninguna vergüenza todas las partes de su cuerpo, si se lo pedía la necesidad de su enfermedad; lo que en aquellas que se curaron fue razón de honestidad menor en el tiempo que sucedió. Como resultado, siguió la muerte de muchos que, por ventura, si hubieran sido ayudados se habrían salvado. Por el defecto de los necesarios servicios que los enfermos no podían tener, era tanta en la ciudad la multitud de los que de día y de noche morían, que causaba estupor oírlo decir, cuanto más mirarlo.
Por lo cual, casi por necesidad, cosas contrarias a las primeras costumbres de los ciudadanos nacieron entre quienes quedaban vivos. Era costumbre, así como ahora vemos hacer, que las mujeres parientes y vecinas se reuniesen en la casa del muerto, y allí, con aquellas que más le tocaban, lloraban; y por otra parte delante de la casa del muerto con sus parientes se reunían sus vecinos y muchos otros ciudadanos, y según la calidad del muerto allí venía el clero, y él en hombros de sus iguales, con funeral pomposo y cantos, a la iglesia elegida por él antes de la muerte era llevado. Las cuales cosas, luego que empezó a subir la ferocidad de la peste, en todo o en su mayor parte cesaron casi y otras nuevas sobrevivieron en su lugar. Por lo que no solamente sin tener muchas mujeres alrededor se morían las gentes sino que eran muchos los que de esta vida pasaban a la otra sin testigos. Y poquísimos eran aquellos a quienes los piadosos llantos y las amargas lágrimas de sus parientes fuesen concedidas, sino que en lugar de ellas eran más acostumbradas las risas y las agudezas y el festejar en compañía; la cual costumbre las mujeres, en gran parte pospuesta la femenina piedad a su salud, habían aprendido óptimamente.
Y eran raros aquellos cuerpos que fuesen por más de diez o doce de sus vecinos acompañados a la iglesia. No los llevaban sobre los hombros los honrados y amados ciudadanos, sino una especie de sepultureros salidos de la gente baja que se hacían llamar faquines y hacían este servicio a sueldo poniéndose debajo del ataúd y, llevándolo con presurosos pasos, no a aquella iglesia que hubiese antes de la muerte dispuesto, sino a la más cercana la mayoría de las veces lo llevaban, detrás de cuatro o seis clérigos con pocas luces y a veces sin ninguna. Con la ayuda de los dichos faquines, sin cansarse en una ceremonia demasiado larga o solemne, en cualquier sepultura desocupada lo metían.
Entre la gente baja, y tal vez la mediana, el espectáculo estaba lleno de mucha mayor miseria, porque estos, o por la esperanza o la pobreza retenidos la mayoría en sus casas, quedándose en sus barrios, enfermaban a millares por día, y no siendo ni servidos ni ayudados por nadie, sin redención alguna morían todos. Y bastantes acababan en la vía pública, de día o de noche; y muchos, si morían en sus casas, antes con el hedor corrompido de sus cuerpos que de otra manera, hacían sentir a los vecinos que estaban muertos.
Era sobre todo observada una costumbre por los vecinos, movidos no menos por el temor de que la corrupción de los muertos no los ofendiese que por el amor que tuvieran a los finados. Ellos, o por sí mismos o con ayuda de algunos acarreadores cuando podían tenerla, sacaban de sus casas los cuerpos de los ya finados y los ponían delante de sus puertas (donde, especialmente por la mañana, hubiera podido ver un sinnúmero de ellos quien se hubiese paseado por allí). Allí hacían venir los ataúdes, y hubo tales a quienes por ausencia de ellos pusieron sobre alguna tabla. Tampoco fue un solo ataúd el que se llevó juntas a dos o tres personas; ni sucedió una sola vez sino que se habrían podido contar bastantes veces en que la mujer y el marido, los dos o tres hermanos, o el padre y el hijo, o así sucesivamente, estuvieron juntos en un mismo ataúd. Y muchas veces sucedió que, andando dos curas con una cruz por alguno, se pusieron tres o cuatro ataúdes, llevados por acarreadores, detrás de ella; y donde los curas creían tener un muerto para sepultar, tenían seis u ocho, o tal vez más.
Tampoco eran estos honrados con lágrimas o luces o compañía, sino que la cosa había llegado a tanto que no de otra manera se cuidaba de los hombres que morían que se cuidaría ahora de las cabras. Por lo que apareció muy claramente que aquello que el curso natural de las cosas no había podido con sus daños mostrar a los sabios que se debía soportar con paciencia, lo hacía la grandeza de los males aún con los simples, desaprensivos y despreocupados. A la gran multitud de muertos que era conducida a todas las iglesias, todos los días y a casi todas las horas, no bastando para las sepulturas la tierra sagrada (y máxime queriendo dar a cada uno un lugar propio según la antigua costumbre), se hacían por los cementerios de las iglesias, después que todas las partes estaban llenas, fosas grandísimas en las que se ponía a centenares de los que llegaban, y en aquellas estibas, como se ponen las mercancías en las naves en capas apretadas, con poca tierra se recubrían hasta que se llegaba a ras de suelo.
No se ahorró pena al campo circundante. Los labradores míseros y pobres y sus familias, sin trabajo de médico ni ayuda de servidores, por las calles y por las casas, de día o de noche indiferentemente, no como hombres sino como bestias morían. Por lo cual, estos, disolutas sus costumbres como las de los ciudadanos, no se ocupaban de ninguna de sus cosas o haciendas; y todos, como si esperasen ver venir la muerte en el mismo día, se esforzaban con todo su ingenio no en ayudar a los futuros frutos de los animales y de la tierra y de sus pasados trabajos, sino en consumir los que tenían a mano.
Por lo que los bueyes, los asnos, las ovejas, las cabras, los cerdos, los pollos y hasta los mismos perros fidelísimos al hombre, sucedió que fueron expulsados de las propias casas y por los campos, donde las cosechas estaban abandonadas, sin ser no ya recogidas sino ni siquiera segadas, iban como más les placía. Y muchos, como racionales, después que habían pastado bien durante el día, por la noche se volvían saciados a sus casas sin ninguna guía de pastor.
¿Qué más puede decirse, dejando el campo y volviendo a la ciudad, sino que tanta y tal fue la crueldad del cielo, y tal vez en parte la de los hombres, que entre la fuerza de la pestífera enfermedad y por ser muchos enfermos mal servidos o abandonados en su necesidad por el miedo que tenían los sanos, a más de cien mil criaturas humanas, entre marzo y el julio siguiente, se tiene por cierto que dentro de los muros de Florencia les fue arrebatada la vida?
¡Oh, cuántos grandes palacios, cuántas bellas casas, cuántas nobles moradas llenas por dentro de gentes, de señores y de damas, quedaron vacías hasta del menor infante! ¡Oh, cuántos memorables linajes, cuántas amplísimas herencias, cuántas famosas riquezas se vieron quedar sin sucesor legítimo! ¡Cuántos valerosos hombres, cuántas hermosas mujeres, cuántos jóvenes gallardos a quienes no otros que Galeno, Hipócrates o Esculapio hubiesen juzgado sanísimos, desayunaron con sus parientes, compañeros y amigos, y llegada la tarde cenaron con sus antepasados en el otro mundo!
FIN

viernes, 1 de mayo de 2020

Dulce



Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.
Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.




https://losojosdeltecolote.com/literatura-amor-platonico/


Amor platónico
María del Refugio Sandoval Olivas
Era una noche como cualquier otra, María se encontraba taciturna, un velo de amargura cubría  su faz;  sus grandes ojos pugnaban por detener las lágrimas que se agolpaban en las pupilas; sus brazos cruzados sobre su regazo, parecían  encerrar y retener la soledad que desde  un año la había hecho  presa.
Contrajo matrimonio con Don Servando, hombre acaudalado propietario de varios negocios  del pueblo,   le doblaba la edad, pero había puesto su mirada en esa frágil y hermosa chiquilla que día a día entraba a la única tienda de abarrotes a buscar los enseres propios del hogar, pidiendo avergonzada,   una postergación del  crédito.
El día de la boda, él lucía radiante, presentaba  ante la comunidad la joya en bruto que acababa de adquirir. Ella caminaba a su lado, orando por que el amor llegara a tocar su corazón y  ser una esposa virtuosa.
Los fuertes ronquidos de su marido la hicieron volver a la realidad, su amplio vientre se movia junto al estrepitoso ruido producido por la obstrucción del paso del aire y  el babeo  resbalaba por la comisura de sus labios. No pudo evitar que las lágrimas fluyeran sobre su rostro y su ceño se frunciera con un rictus de dolor.
Unos suaves toquidos a la puerta del comercio la volvieron a su realidad, como sonámbula se dirige a atender el negocio. ¡No podía creerlo!, ante sus ojos se encontraba el médico del pueblo, un joven mozo que había ido a prestar su servicio social. Limpió las gotas que aún tambaleaban en sus pestañas, se acomodó el pelo, alisó el vestido y tratando de ocultar las emociones que le despertaba su sola presencia preguntó:
-¿En qué le puedo ayudar?
-Para ponerme a sus órdenes, -dijo, y fue suficiente para que María volviera  a sonreír, soñar y vivir.

lunes, 27 de abril de 2020

Prosa del mes en "Mundo de poesía"

Para esas almas que velan desde el cielo.


Este escrito fue hecho al atender una convocatoria denominada "Perdí a mi hijo", rescatando la historia de mi hija Yadira, la incluí en "Mundo poesía", donde se hizo acreedora a la distinción de ser seleccionada como:

Prosa del MES (Seleccionada por la administración entre las propuestas remitidas por moderadores y/o usuarios) Muchas FELICIDADES MUNDOPOESIA.COM Autora: María del Refugio Sandoval Olivas


PERDÍ A MI HIJO
Autora: María del Refugio Sandoval Olivas
Dos palabras antónimas encierran significados disímbolos: vida, muerte; ambas se presentan con distintas vestiduras, la primera es sinónimo de esperanza, luz, alegría, felicidad; la segunda, de oscuridad, separación y duelo.
Tuve la fortuna de concebir cinco hijos,  gozarme de sus éxitos y ser parte medular de su desarrollo y crecimiento. Yadira, mi segunda descendiente, se convirtió en madre cuando apenas contaba con 16 primaveras, era una fruta que aún no alcanzaba su maduración; incluso a la hora del alumbramiento debió practicársele una cesárea debido a su matriz infantil. De esa manera, vuelvo a convertirme en mamá sin haber albergado en mi vientre una vida; ya que al ser abuela primeriza, sufrí los achaques y problemas propios del embarazo, así como la culpabilidad por no tender un cerco protector alrededor de mi hija adolescente, que la liberara de los sufrimientos y circunstancias  a los que no estaba preparada. La niña nació con complicaciones en su estómago, porque defecó dentro del saco amniótico y debieron tenerla varios días en la incubadora sin recibir alimento; por un lado, observar a mi pequeñita debatirse en los dolores subsecuentes a una intervención quirúrgica, la leche que se aglutinaba en sus pechos y el escuchar a la bebé emitiendo lastimosos llantos exigiendo ser alimentada.
Mi hija volvió a la escuela y quedé a cargo de ese nuevo ser que había cautivado mi corazón al instante; trataba de cuidarla, mimarla y darle las atenciones necesarias para que floreciera en un ambiente lleno de amor. Fueron ocho años de un devenir constante, Odetthe tenía dos casas, ansiaba estar con su madre, pero no quería separarse de nosotros, sus abuelos.
De pronto, a modo un presagio de tormenta, aparecen unos nubarrones en nuestra vida; sin previo aviso, brota un bulto del tamaño de una mandarina en su espalda alta; inmediatamente buscamos la opinión médica, le Intervienen quirúrgicamente, y el diagnóstico es completamente desalentador: “Sarcoma sinovial bifásico”, desde el primer momento, el oncólogo hizo patente la gravedad de la situación, enfrentábamos un monstruo de mil cabezas; conocimos los horrores de la quimioterapia, radiaciones, efectos devastadores en su pequeño cuerpo, tratamientos alternativos, internamiento, convivencia con niños que luchaban la misma batalla, aunque con distintos nombres: leucemia, linfoma, entre otros;  nuestro rostro se cubrió con el rictus de un nuevo antifaz: desaliento, coraje, desesperación; búsqueda constante de milagros, diálogos y negociaciones con el ser omnipotente; pisar los umbrales del dolor cada vez que entraba al quirófano para ser intervenida; ir observando como mermaba su salud y el deterioro de sus órganos ante el suministro de quimio, y lo más devastador, saber que la estábamos perdiendo. Fueron muchos niños los que vimos despedirse de este mundo, algunos marcharon en la quietud del sueño, otros presos de terribles dolores y desesperanzas.
Cuando el diagnóstico final fue inminente, quisimos robar tiempo al escaso soplo de vida que le quedaba, por lo que aprovechábamos cada instante en mimarla, abrazarla y decirlo lo significativo que era en nuestra existencia. Tuvimos apoyo de psicología y tanatología que trataban de  prepararnos para su partida; nos aconsejaban que era fundamental el irnos desprendiendo y despidiendo de ella, de tal manera, que apoyásemos a aligerar su equipaje de emociones y sentimientos por dejarnos.  
Mi hija, cual valiente guerrera, seguía las indicaciones necesarias al aplicar los cuidados paliativos y al hacerle saber, que la muerte llegaría y le llevaría al lado de Jesús, donde no existe el dolor y su organismo por fin podría descansar. Además, le prometió una reencarnación de su pequeña alma, cuya escencia y espíritu  volvería en el cuerpo de otro hijo. De esa manera, sus últimos días fueron una escalera de sacrificios; al no recibir quimio, el tumor se fue expandiendo por toda su espaldita; perdió el control de esfinter y  con ello, gran parte de su seguridad y autoestima. Los tumores habían hecho metástasis en varias partes del cuerpo. Sus pulmones no alcanzaban suficiente aire, dejó de caminar y quedó postrada en su cama. Dejaba escuchar su voz, al entonar alabanzas y hacía oración, pidiendo  que desaparecieran esos dolores terribles; la morfina, era lo único que menguaba un poco, pero la adormecía y mareaba de tal forma, que hasta los rayos de luz que asomaban por la cortina dañaban su vista.
No hay palabras que puedan expresar el desconsuelo de entregar un hijo; no queríamos verle sufrir, pero cuando finalmente su alma se desprendió de su pequeño y maltrecho cuerpo, se llevó parte de nuestra escencia. Estaba ahí, tendida en la cama, con una palidez mortal escalofriante, sin calor ni color; Jesús bajó y le tomó de su mano y marcharon hacia la luz; la muerte nos había arrebatado a ese gran regalo que Dios puso en nuestras vidas. Como madre, debí vestirme de fortaleza para dar apoyo y soporte a mi hija, quien estaba completamente destrozada ante esa pérdida. Uno de los recuerdos que siempre taladrarán nuestra mente, es cuando el féretro blanco fue depositado y cubierto con tierra, dejando enterrado sus restos mortales y parte de nosotros mismos.
Dicen que la escritura tiene el poder de sanación; me dediqué a escribir sus memorias en el libro “Una Rosa sin Espinas”; diariamente  hablaba con mi hija para leer los adelantos o buscando el constatar alguna de la información proporcionada; fue un vínculo muy fuerte que nos permitió llorar, expresar nuestros sentimientos, afianzar el lazo fraterno y tender puentes de soporte emocional que nos ayudaran a sopesar su ausencia; al primer aniversario de su partida, presentamos el texto, dando testimonio por medio de una narración biográfica, Yadira, acompañaba cada presentación, entonando la melodía que Carlos, mi último retoño,  le compuso, denominada:: “Hablando con la luna”.  Su hermosa voz, sigue cimbrando los corazones de quien la escucha y arrancando lágrimas de empatía al reconocerse en el dolor ajeno.  Sin embargo, al paso de ocho años de su muerte, puedo comprobar que es una dolencia que solamente se adormece, pero que vuelve a brotar como una grieta lastimada que nada ni nadie puede reparar.

Hace un año, Yadira supo que albergaba una nueva vida,  por cuarta ocasión sería madre y además ella tenía la esperanza de que el alma de Odetthe, viniera impresa en este nuevo ser. Era un estado de gravidez de alto riesgo, al tener tres cesáreas previas y una intervención de apéndice. Contaba con dos meses de gestación, el dolor en su vientre era constante, por lo que le hicieron unos estudios que confirmaron que el feto estaba alojado en una trompa de falopio,la que ya presentaba desgarramiento, de tal forma que precisaban con urgencia, sacarlo y terminar con el embarazo. 
El llanto fluía por sus ojos y abrazaba su vientre, como tratando de proteger a ese ser frágil e indefenso del destino final que le aguardaba; en unos momentos abrirían su cuerpo y pondrían fin a su existencia, arrancando con ello sus ilusiones y sueños  que germinaron desde que se enteró de su presencia.   
Le explicaron de antemano el riesgo, no había otras opciones viables, sin embargo, el sólo hecho de pensar que estaba firmando la aceptación para que terminaran con su diminuta vida le hacía sentir culpabilidad, enojo y desesperación ante lo inevitable.
Fue muy desgarrador observar a mi hija el vivir una segunda pérdida, se sentía vacía, Incapaz de entender los hilos conductores del destino que le arrebataban una vez más la felicidad; al perder a este bebé, perdía también la esperanza de volver a albergar vida en su vientre y con ello, su incapacidad de cumplir la promesa  hecha a Odetthe en su lecho de muerte, aunado a su necesidad de creer que su alma volvería a renacer. La muerte imprime marcas indelebles en cada individuo; se aprende a convivir con la separación, a pronunciar el nombre de ese ser amado sin que las lágrimas fluyan como un río sin cauce; se extraen los recuerdos, se sonríe ante esas memorias que permiten volver a percibir su presencia, su influencia; se inmortaliza la imagen, la sonrisa; se vuelve a percibir su aroma; es tanta la inmensidad del recuerdo, que el subconsciente  acude a los sueños para traer a esa personita amada a nuestro lado; le decimos las palabras y frases que quedaron pendientes e inconclusas, atrapadas en el silencio; volcamos el amor en abrazos y besos; pero al despertar, volvemos a aspirar el frío de la ausencia y nostalgia; visitamos su tumba, encontrando un espacio con una cruz que tiene impresas sus generales; fecha en que nació y murió, brecha trunca, camino finito que llegó a su fin; el lugar se adorna con flores, globos; sin embargo, sigue permeando el vacío, dolor e impotencia. 
Retorna el brote caudaloso de las lágrimas, cuyo manantial, mana amargura, desaliento y desesperanzas que quedan selladas en el corazón por siempre al perder a un hijo. Es un antes y un después;  hay miedo y culpabilidad de olvido; no podemos permitir que el  rostro se vaya a desdibujar en el recuerdo del  resto de la familia  y perderse en los contornos y rincones del tiempo; entonces, volvemos a contar su historia y rescatamos su esencia.

Esperanza.

"Toda la noche por larga y sombría que aparezca, tiene su amanecer" 
Macbeth. William Shakespeare





Puede ser que la esperanza de volver a la normalidad  se vea lejana; pero dentro del caos, hemos encontrado momentos de calma, añoranza y remembranza. 

Gracias a la página Nido del tecolote por esta oportunidad de plasmar mis pensamientos en su espacio. 

Esperanza

domingo, 26 de abril de 2020

Taller de narrativa en línea

Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.
 Un curso excelente. Con increíble aprendizaje y gran cantidad de lectura. Gracias Daniel Sibaja.
Aprovechando el tiempo de cuarentena.

viernes, 24 de abril de 2020

ARCHIVO PDF MIS APORTACIONES, PAGS. 75,76,77

R
Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día. DESCARGAR

Cuento publicado en la antología por el día Mundial del Libro #Páginas libres.

Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.

Páginas 76,77







                             LA NIÑA Y EL PERRO 

Lizzy era una niña especial, la naturaleza le había prodigado gran belleza física y espiritual. Vivía al lado de su madre, una mujer soltera y hermosa; cuyo sustento era ganado con el uso constante y habitual de una máquina de coser. Desde pequeñita, su arrullo era el ruido del pedal oscilante manipulado por el vaivén de los diminutos pies de su progenitora; y el suave sonido de la aguja al entrar y salir de la tela. Una pequeña mesa de madera, siempre estaba cubierta de telas, hilos de todos colores, dedales, botones, tijeras, medidas y todos los accesorios propios de una costurera. Lizzy siempre portaba bellos atuendos, su madre confeccionaba todas sus prendas de vestir; además que el trabajo constante les permitía darse ciertos lujos, como el de ir a comer los domingos después de misa, al quiosco de la plaza principal. Su pequeño mundo giraba en esa casita; su tiempo, lo compartía jugando, cantando y escuchando las maravillosas historias que su madre tenía para ella. 
Era un deleite escucharla una y otra vez, la descripción que hacía de esos parajes, mundos de magia, de ensueño, donde habitaban las princesas, príncipes, hadas, animales que actuaban como los humanos, aunque también existían brujas malévolas, pócimas, engaños, pero, al final, siempre salía victorioso el bien. Cada vez que su madre tenía oportunidad, adquiría cuentos ilustrados para ella, iniciándola desde muy temprana edad en el maravilloso y fantástico mundo de la literatura. 
A la par que aprendía sobre los personajes y acontecimientos relatados, buscaba entender las explicaciones que las moralejas dejaban en sus historias.
 −Mami, ahora el lobo se comió a la abuelita de caperucita roja.−¡Oh, no! A el lobo también le gustan las borreguitas. 
−La enseñanza que nos dejan, −dijo su madre; −es que los pequeños siempre deben obedecer a mamá, porque como adultos, tenemos la experiencia y el deber de proteger a los hijos. 

Un día, la niña pidió tener una mascota, siempre había deseado un perro con quien compartir juegos y secretos. Su madre le dijo que adoptarían alguno, porque cuando salían a comprar los víveres, había tantos animales sin hogar, que daba compasión al observar las condiciones tan deplorables en que se encontraban: Hambrientos, con su pelaje cubierto de suciedad, pulgas y llagas. De pronto, la mirada de Lizzy quedó atrapada en unos ojos que le observaban fijamente, era un cachorro labrador. 
Estaba escondido debajo de una banca, como si temiera recibir puntapiés. Primeramente compraron una cuerda para sujetarle, le llevaron al veterinario de la colonia, lo bañaron y bautizaron con el nombre de Sultán. A partir de ese momento, se convirtió en el fiel compañero, dormía a los pies de su cama, le acompañaba en todos sus juegos. Así, entre fantasía y realidad, llegó el momento de acudir a preescolar. 
A la salida de clase, ella siempre esperaba divisar a lo lejos el rostro apacible de su madre, quien caminaba con Sultán a un lado, detenido por una correa atada a su cuello, la cual impedía que corriese hasta el salón donde la niña aguardaba. Sultán traía sus orejas levantadas, movía la cola alegremente y emitía ladridos de alegría, porque finalmente llegaría al encuentro con su compañerita de aventuras. Cuando salía de casa, se afianzaba de la mano de mamá; disfrutando el canto de los pájaros. 
De pronto, aparecen unos jóvenes con un pañuelo sobre el rostro, le piden a su madre el bolso que pendía sobre su hombro; ella, en vez de obedecer, tomó a Lizzy en brazos y emprendió la huida. Sultán ladraba desesperadamente mostrando sus filosos colmillos a sus oponentes, tratando de detener su ataque y proteger a las personas que tanto amaba. Sin embargo, un disparo se dejó escuchar, taladrando oídos y rompiendo el silencio del viento. Lizzy no entendía que ocurría, volvió la vista y vio a su mascota tendida en un charco de sangre; escapó de los brazos que la aprisionaban y corrió hasta donde se encontraba su entrañable amigo. 
Los ladrones habían huido. En ese momento, la niña se dio cuenta de que existía la maldad en los seres humanos, la muerte que llegaba, arremetía y se llevaba lo que tanto se ama y se necesita. Pero también aprendió a reconocer el valor y amor incondicional de su mascota, quien ofrendó su vida al salvaguardar su integridad. Su madre le enseñó a perdonar a quienes le causaron daño, a salir de la etapa de duelo y sonreír a la vida.

Haiku

Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.

Género poético de origen japonés. Los haikus se escriben, según la tradición, en tres versos sin rima, de 5, 7 y 5 sílabas, respectivamente. Suelen hacer referencia a escenas de la naturaleza o de la vida cotidiana, y a menudo incluyen una referencia a una época o momento del año (kigo).

He aquí mis primeros haikus.