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miércoles, 18 de junio de 2025

Otra luz que se apagó



A la izquierda, su hermano Germán Pérez T. 


Tomás Pérez Talamantes
21 de diciembre de 1948 – 13 de junio de 2025

Entre dos fechas emblemáticas queda trazada la línea finita de vida de Tomás Pérez Talamantes. Hijo del señor Adolfo Pérez Ibarra y de la señora Mónica Talamantes Campos, originarios del cercano pueblo que lleva por nombre el mismo apellido, “Talamantes”, añadiendo el distintivo propio del estado grande: Chihuahua.

De aquella unión nacieron cinco hijos: Germán, Tomás, Teresa, Otilia y Rodolfo, sobreviviendo el primero, la cuarta y el último. Una familia tradicional de pueblo que tejió historias compartidas, marcadas por la convivencia, el amor fraterno y los lazos indisolubles que solo la hermandad verdadera sabe sostener. Esos vínculos se fueron fortaleciendo con el paso del tiempo, trayendo a la memoria fragmentos de la infancia, reconstruidos con nostalgia y afecto conforme avanzaban las etapas de la vida.

Como seres humanos, sabemos que nuestra existencia transita por una línea inevitablemente finita. Conocemos su inicio, pero no el momento ni la forma en que llegará a su última estación. Por ello, solemos sobrellevar la vida con humor, con sonrisas, con hombros dispuestos a sostener el dolor del otro, con gestos de amor que alivian las penas y hacen más ligera la carga emocional de quienes nos rodean.

Tomás Pérez cumplió setenta y siete años de vida. En ese recorrido formó su propia familia, contrajo matrimonio, fue padre de cuatro hijos, y emigró a los Estados Unidos de América, donde adquirió la ciudadanía. Ya retirado, decidió regresar solo a su pueblo natal, reencontrarse con sus raíces y entregarse al disfrute y esparcimientos  que la vida pueblerina le ofrecía.

Entre esos placeres, se destacaba su pasión por los animales, especialmente por una yegua, su compañera inseparable, con la que compartía días enteros, anhelos, confidencias e ilusiones. Su mayor esperanza era verla convertirse en una gran corredora. Para ello, le dedicaba tiempo, esfuerzo, atención y cariño. Le acondicionó un espacio digno, la entrenaba con constancia, y cuidaba cada detalle de su bienestar físico y emocional. Ese vínculo con la yegua era reflejo de su carácter noble, paciente y tenaz.

Tomás fue siempre un hombre sencillo, de sonrisa franca y mirada limpia. Un gran amigo de la comunidad, generoso con sus palabras y sus recuerdos, siempre dispuesto a compartir una anécdota, una risa o un consejo. Su profundo respeto y amor por sus hermanos era evidente y constante.

Pero los años no llegan solos: traen consigo el desgaste del cuerpo y la sombra de las enfermedades que, a veces, llegan para quedarse. Tras varios meses de lucha por recuperar su salud, finalmente Tomás perdió la batalla contra la muerte, dejando tras de sí una estela de dolor en familiares, amistades y conocidos, recuerdo que perdurará  con cariño y gratitud.

Por este medio, la familia Pérez Talamantes expresa su más sincero agradecimiento por las muestras de afecto, acompañamiento y solidaridad en estos momentos de duelo.

Descanse en paz y brille para él la luz eterna..

domingo, 25 de mayo de 2025

Luz eterna en la memoria. Reflexiones sobre la violencia y el feminicidio





En memoria de Lizbeth Lucero Leticia Zapien Urbina 
https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-luz-eterna-en-la-memoria-reflexiones-sobre-la-violencia-y-el-feminicidio-23475384



N

o es fácil aceptar la despedida definitiva, ni pronunciar el último adiós, ni siquiera comprender que la partida de un ser querido es obra del destino. Cuando alguien de nuestro entorno, ya sea comunitario o familiar, pierde su vínculo con los lazos físicos del cuerpo y emprende ese viaje final, uno que solo podemos imaginar a través de la fe, la tristeza y el dolor se hacen presentes de manera imparable. Ese vacío sigue pesando en el corazón, y el lamento de angustia y desesperación continúa taladrando los rincones más ocultos de nuestra esencia.

Aunque sabemos que la muerte es nuestra eterna compañera, esa sombra que nos ha seguido a lo largo de los días, muchas veces la hemos logrado eludir gracias a los avances de la medicina, al cuidado preventivo y a otras medidas, buscando no solo prolongar el tiempo, sino mejorar la calidad de vida. A pesar de esto, cuando la muerte llega de manera definitiva, el impacto es irremediable, y la vida se ve alterada por la ausencia.

Reconocemos que la muerte se presenta bajo diversas formas para poner un punto final a la frágil línea de la existencia: enfrentamos la enfermedad, el deterioro físico del cuerpo, los accidentes, y en el caso que hoy nos ocupa, el feminicidio. Este acto cruel y devastador acaba con la vida de una mujer, quien desempeñaba múltiples roles: como hija, hermana, madre, sobrina, amiga, maestra, entre otros. La reciente tragedia que ha marcado a nuestra localidad con la pérdida de Lucero Zapien Urbina, una mujer que ya no podrá seguir iluminando la vida de sus seres queridos, nos deja con una huella imborrable de dolor. Ahora, su luz no guiará más en este plano terrenal, pero su memoria se ha elevado al firmamento, convirtiéndose en parte de la indignación colectiva ante la violencia que persiste en nuestra sociedad.

Lucero, como tantas otras mujeres, ya no solo es una víctima de feminicidio, sino un símbolo de resistencia, de lucha por la justicia. Su partida nos recuerda que esta violencia no solo se cobra la vida de una persona, sino que desgarra la esencia misma de la comunidad.

El término “feminicidio” como delito específico se instauró en el ámbito legal en 2012, pero antes se concebía como un crimen pasional o violencia doméstica. Este fenómeno ha sido una constante en la cotidianidad de muchas mujeres, que no han elegido ser víctimas, sino que se han visto atrapadas en la indefensión, en la vulnerabilidad, y en la falta de protección ante sus agresores. Las mujeres no debemos vivir con miedo, no debemos temer por nuestra vida cada vez que salimos de  casa, pero la realidad es otra, y es cada vez más evidente que este flagelo no solo persiste, sino que crece.

De acuerdo con las estadísticas nacionales, los feminicidios siguen en aumento, y lo que es aún más alarmante, muchos de estos crímenes quedan impunes, enterrados bajo la burocracia de la justicia. La sociedad ya no puede permanecer en silencio ante este ciclo de violencia; el clamor de las voces que exigen justicia, seguridad y el fin de la impunidad se eleva más fuerte que nunca. Los gritos de indignación resuenan en cada rincón, reclamando por la reconstrucción del rompecabezas de la verdad, que no se permita que el miedo y la impotencia paralicen nuestra capacidad de acción.

Su familia, alumnos, compañeros docentes y comunidad en general, han emprendido esta manifestación, que clama y exige un alto a la violencia. Demostrando con hechos, que es fundamental despertar como sociedad, que se tomen medidas efectivas para garantizar la seguridad. Ya no podemos seguir permitiendo que se sigan cobrando vidas de manera tan despiadada. La memoria de Lucero, como la de tantas otras, debe convertirse en un motor de cambio, en una llamada urgente a la acción. La lucha por la justicia no debe detenerse. La reconstrucción de un futuro más seguro y digno para las mujeres de este país comienza con el compromiso de todos.

En estos momentos de tristeza, nos unimos al duelo  de la familia y seres queridos de Lucero Zapien Urbina. Hacemos patente nuestro más sentido pésame. Que Lucero descanse en paz, y que su luz siga iluminando el camino hacia un futuro más seguro para todas las mujeres.

martes, 15 de abril de 2025

Un alma que voló a la luz





En su octogésimo octavo aniversario 





Un alma que voló a la luz

https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-un-alma-que-volo-a-la-luz-22858975

(8 de febrero de 1937- 13 de abril del 2025)

Nuestra sensibilidad humana nos hace desarrollar apego por las personas que nos rodean; vamos entretejiendo vínculos y redes indisolubles, que se refuerzan en cada encuentro, mirada, confidencia y evento compartido. Es una malla sólida de afectos que se multiplica y alimenta con la llamada, el diálogo e interacción, con el compartimiento de alimentos o, simplemente, con la escucha activa: esa donde se sincronizan los sentidos y puede disfrutarse el instante de estar cerca de la persona amada.

Hoy mi corazón se encuentra afligido, porque, aun estando consciente de la fragilidad de la existencia y del peso extra que se va agregando con cada año transcurrido —tanto en el cuerpo como en el espíritu—, esperamos el regalo de su presencia por mucho tiempo más, sobre todo cuando la mano benevolente del Omnipotente ha cubierto de luz y gloria la vida y el sendero por el que transitamos.

Coty García fue adoptada por nuestra familia; ella era la tía, la abuelita, la consejera, quien aplaudía nuestros logros y nos acompañaba en momentos álgidos y de alegría. Siempre le hicimos saber la importancia de tenerla dentro de nuestro núcleo familiar, extendiendo las redes hacia el resto de la familia y demás amistades en nuestro entorno.

Abordar el tema de su existencia, sin duda alguna, nos lleva a resaltar sus muchas cualidades. Una mujer con ochenta y ocho años de edad, que conservaba una memoria fresca e inalterable al paso del tiempo: podía recitar los poemas aprendidos desde segundo año de primaria, recordar nombres y eventos de familias, amistades, compañeros de escuela, y relatar la evolución de la infraestructura de la ciudad, entre otros.

Solo la vimos derrotada cuando perdió a su hijo Ernesto. Los meses de duelo fueron de profunda oscuridad; fuimos testigos de las muchas lágrimas vertidas y de su esfuerzo constante por reconstruir, una y otra vez, su historia familiar.

Después de un año desolado, empezó a experimentar la resignación y la aceptación de que su hijo estaba descansando. Una vez más, vimos asomar la sonrisa en su rostro, escuchar sus bromas, sus versos, y todo aquello que la definía fue volviendo a su lugar, esparciendo su fe, esperanzas e ilusiones a su alrededor.

Estoy profundamente agradecida por el regalo de su presencia en nuestra vida, por cada gesto, palabra y acción. Compartimos historias, sueños, tardes de juegos a las cartas, sus bromas y anécdotas que nos permitieron conocer ese contexto donde ella creció.

Ella, siempre atenta a cada invitación —ya fuera a festejos, a mi casa, a Balleza o a algún restaurante— apenas llegaba yo ante su portón, ya estaba esperándome, con su llave colgada al cuello, muy guapa y con las palabras listas para iniciar la conversación.

En cada lugar que visitamos había personas que la conocían; todas y cada una se detenían a expresarle su afecto y admiración. Y ella se sentía orgullosa y feliz por contar con tantas amistades.

Cuando la sombra de la enfermedad y la muerte aparecía llevándose a personas conocidas y cercanas, ella expresaba su petición al Creador: que le concediera la gracia de partir a su lado, gozando de sus plenas facultades y sin estar en hospitalización. Dios escuchó sus ruegos y le concedió partir en medio de un sueño, en su habitación, rodeada de sus recuerdos, sus cosas y ese espacio tan acogedor, lleno de luz.

Descanse en paz, querida Coty. Siempre vivirá en nuestro corazón.


viernes, 7 de febrero de 2025

Se ha apagado una estrella






Jorge Luis Sandoval Moreno

(28 de octubre de 1985- 04 de febrero del 2025)

     Dos fechas emblemáticas que, sin duda alguna, han marcado el entorno familiar y comunitario. La primera, porque con su arribo pobló de dicha, esperanza e ilusiones, cimentando el mundo en el recuerdo de los ayeres, en la alegría del presente y en la esperanza del futuro. La segunda, envuelta en lágrimas de impotencia y desesperanza, marca el fin de las hojas para seguir escribiendo el mañana. No hay más tinta ni versos que lleven implícito su ser y sentir. A partir de esta última fecha, las evocaciones despiertan un torrente de lágrimas y dolor, con la certeza de una ausencia absoluta e irrevocable. Es un bosque de espesos follajes donde se busca vislumbrar su alma.

    En una de las muchas charlas efectuadas con su madre, me dijo: —Me gustaría que escribieras mi esquela al morir.

    Nunca imaginamos que primero fallecería su hijo, porque siempre pensamos que somos los padres quienes partiremos primero, que ellos serán quienes nos entierren y que seguiremos el orden natural de la vida que hemos creado en el imaginario. Pero la realidad siempre es más inoportuna, cruel e incierta; nos atrapa dentro de la cotidianidad, haciéndonos perder la oportunidad de expresar nuestros sentimientos.

    El “hubiera” llega para instalarse en el subconsciente, removiendo los escombros de lo que nos faltó por hacer, por cambiar y por decir. Sin embargo, la fuerza de las embestidas trae muchas lecciones que debemos aprender y poner en práctica.

Conocí a Jorge como hijo de una gran maestra y amiga, como alumno de la Escuela Secundaria Técnica. Con el paso de los años, lo vi convertirse en un profesionista dentro del campo de la docencia. Siempre admiré su pasión y amor por la lectura, su facilidad de palabra y el cúmulo de conocimientos que obtuvo de su inmersión en las letras. Estos mundos imaginarios lo llevaron a la expresión escrita, que plasmó en prosa poética, enfocando su quehacer literario en la producción de versos libres, donde desahogaba sus miedos, inquietudes y zozobras, pero también sus sueños y alegrías.

    Estudió a los poetas malditos del siglo XIX, cuya poesía se caracteriza por su rebeldía, subvirtiendo la moral de la época. En ellos encontró el encuadre perfecto de expresión para verter su obra, adquiriendo un estilo y voz muy propios, sembrando en su parcela de lenguaje personal. Presentó su obra ante uno de los grandes íconos de nuestra región,Carlos Montemayor, quien reconoció en sus letras la fuerza y potencia de un joven listo para trascender. Posteriormente, el poeta y escritor parralense Federico Corral Vallejo lo impulsó a publicar su primer poemario, Pequeña dicha de náusea. En 2022, ganó el Premio Nacional de Poesía “Saúl Ibargoyen” con su texto Ambigua compilación de cosas sin importancia.

    Fue promotor del club literario “Letras Borrachas”, donde muchos jóvenes encontraron el espacio perfecto para escribir y declamar sus versos.

    Consciente de su potencial y del impacto que su presencia generaba entre los jóvenes, lo invité a participar como conferencista e impulsor de la lectura y la escritura, tanto en la Escuela Secundaria Técnica 70 como en la Escuela Normal Superior “Profesor José E. Medrano”, además de ser invitado especial en otros proyectos literarios, como los “Encuentros de Escritores Parralenses”, coordinados por Federico Corral.

    Sin duda alguna, me siento conmocionada y conmovida ante su deceso, no solo por la cercanía y familiaridad, sino porque se ha perdido un hijo, un padre, un maestro, un amigo  y un hombre de letras.

    Sirvan estas palabras como un homenaje a Jorge Luis, a sabiendas de que quien deja su obra impresa jamás muere, porque sus versos seguirán hablando por él, como un rayo que no cesa en su resplandor, llevando destellos de luz. Porque tanto el lector como el escritor permiten que los textos tengan vida y, aun después de la muerte, sus pensamientos siguen latiendo.

    Así, Jorge Luis Sandoval Moreno trasciende en cada página escrita, en cada verso declamado, en cada lector que se encuentre con su obra. Su esencia se mantiene viva en las letras que dejó, en las voces que lo recuerdan y en la memoria imborrable de quienes lo amamos. Que su poesía siga fluyendo, eterna y luminosa, como testimonio de su existencia.

sábado, 1 de febrero de 2025

Huella indeleble










    Debiéramos darnos un tiempo para escribir sobre las personas en vida, pero la existencia transcurre tan rápido que, a menudo, la muerte nos sorprende, arrebatándonos la presencia de esos seres especiales que han dejado huella en nuestro camino. Marcaron pautas, abrieron senderos y forjaron lazos imborrables en nuestro contexto inmediato y mediato.

    Sin lugar a dudas, no existen caminos sin obstáculos ni rosas sin espinas, como tampoco hay una biografía sin heridas. Algunas sanan con el paso del tiempo, otras permanecen como cicatrices imborrables, y unas más resultan decisivas, trazando el umbral antagónico de la vida y cerrando un círculo que, a su vez, abraza la memoria colectiva e impregna el sentir de familia y comunidad.

    Hoy me permito ser portavoz del pueblo ballezano para expresar los sentimientos que embargan el alma tras la pérdida de un amigo, un compañero, un ser humano excepcional: el doctor Enrique Carrillo Ronquillo (15 de octubre de 1956 - 20 de enero de 2025). Su vida quedó atrapada entre dos fechas emblemáticas, marcando un punto de inicio y otro de despedida, pero su legado permanece imperecedero en los corazones de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

    Hago uso de los recuerdos atesorados para honrar su memoria. Expresarlos a través de las letras es una encomienda de amor y gratitud, con la intención de transmitir a su familia el cariño, la admiración y el respeto que supo ganarse en nuestra comunidad.

    En 1982 llegó a Balleza con una maleta cargada de sueños e ilusiones. Recién egresado de la Facultad de Medicina, traía consigo el conocimiento para combatir el dolor y la enfermedad, la calidez para ganar amigos y los valores que marcaron su andar profesional y personal. Su bata blanca no solo era un símbolo de su profesión, sino el reflejo de su entrega inquebrantable, su vocación de servicio y su amor incondicional por el prójimo.

Su presencia fue sinónimo de esperanza. Atendía a quien lo necesitaba sin importar la hora ni el cansancio, brindando un diagnóstico certero, una palabra de aliento y unas manos dispuestas a sanar. Su compromiso con la salud y el bienestar de su gente trascendió más allá de una consulta; fue un apoyo incondicional, un guía y un amigo para muchos.

    De su unión matrimonial con su amada esposa, Juana Camacho Domínguez, nacieron cuatro bellos frutos: Clemencia Karina, Blanca Patricia, María Isabel y Flor Alejandra Carrillo Camacho. Su árbol genealógico se expandió con la bendición de sus seis nietos: Brenda Yahaira Martínez Carrillo, Jorge Alexis Carrillo, Manuel Enrique Martínez Carrillo, Yaritza Isabel Carrillo, María Fernanda Sánchez Carrillo y Ana Lucía Gómez Carrillo. Además, le sobreviven sus hermanos: María Elena, Salvador, Norma Teresa, Luis y Martha Irene Carrillo Ronquillo.

Hoy en día, el dolor cimbra las fibras del alma, su familia llora su partida, el pueblo lamenta su ausencia,  pero su legado permanecerá en cada vida que tocó, en cada familia que ayudó y en cada corazón agradecido por su bondad. No se ha ido del todo, porque quienes dedican su vida al servicio de los demás,  jamás mueren en el recuerdo de su gente.

    Descanse en paz el doctor Carrillo. Su ejemplo seguirá iluminando el camino de quienes, como él, ven en la medicina un acto de amor y entrega, buscando combatir la enfermedad y el dolor, y con sus conocimientos y experiencia, resarcir el proceso dinámico y ordenado de la vida.