Cuquis Sandoval Olivas
D.A.R. por el Tratado de Berna
Mi padre en la bruma
La vida es como el vaivén de las olas del mar: a veces golpea con fuerza; otras tantas, su oleaje suave acaricia, lleva y trae, sube y baja. Esa parece ser su función secreta: llegar a la orilla, rozar la arena y volver a las profundidades, para continuar con el espectáculo eterno de lo que nace, se aleja y regresa transformado.
Mi cuerpo ha sido un pergamino donde se escriben las historias con tinta endeble, una tinta que se difumina entre las grietas abiertas por el tiempo. Por eso, no siempre las palabras son visibles ni perceptibles a los sentidos; a veces se pierden en los orificios cóncavos de los cráteres del alma, como si quisieran escapar de la mirada curiosa, dejando paso a la duda, a la vacilación y a la búsqueda constante del recuerdo.
A más de medio siglo de su ausencia, la imagen de mi padre se desvanece lentamente, como si en el lienzo del pintor apenas hubieran quedado breves pinceladas, trazos frágiles hechos con una tinta seca que perdió parte de su esencia. Me esfuerzo por traerlo de vuelta, por rescatar su rostro de las sombras del olvido, y solo encuentro esa figura detenida en una fotografía: su mirada quieta, suspendida en el tiempo, esperando quizá encontrarse con la mía.
Quisiera que sus ojos me hablaran. Que desde ese silencio antiguo surgieran las palabras que tanto he esperado escuchar; palabras que llegaran a mis oídos como música celestial del alma, como un murmullo sagrado capaz de aquietar la tristeza que aún habita en mí. Entonces me invade el cansancio, las ganas de abrazarlo, de llorar sin medida, de seguir excavando en la memoria hasta encontrar algún fragmento luminoso que logre aliviar la desazón, la soledad y ese hueco que dejó su partida.
Dentro de esa finitud que marca la existencia humana, lo perdí siendo apenas una niña de nueve años. Desde entonces, sus memorias se han ido dispersando en las estelas de la mar, como barcas pequeñas arrastradas por la corriente del tiempo. Algunas vuelven convertidas en destellos; otras se hunden en lo profundo, donde solo el corazón puede buscarlas.
Me quitaron su presencia física, pero no pudieron quitarme las ansias de amarlo. Me arrebataron sus pasos, su voz, sus manos, su cercanía; pero no pudieron arrancarme el deseo de nombrarlo, de soñarlo, de reconstruirlo con los pedazos que aún permanecen vivos en mí.
Me rompieron, sí; pero como alfarera de mi propia historia, vuelvo a levantarme. Uno los fragmentos dispersos, junto los pedazos de aquello que sí tuve, y con el dolor a flor de piel intento recrear la presencia que el destino me negó demasiado pronto. En esa reconstrucción íntima me sostienen los muros edificados por las manos amorosas de mi madre y de mis hermanos mayores, quienes, con su ternura y fortaleza, fueron amparo, raíz y refugio.
Quizá recordar sea también una forma de rezar. Quizá cada memoria, por pequeña que sea, encienda una lámpara en la oscuridad. Y aunque su rostro se difumine, aunque su voz ya no alcance a regresar completa desde los corredores del tiempo, mi alma continúa buscándolo en cada ola, en cada fotografía, en cada silencio, en cada grieta donde todavía late su nombre.
Porque la ausencia no siempre es vacío. A veces es presencia invisible. A veces es una luz que no se mira, pero acompaña. Y yo, desde esta orilla de la vida, sigo esperando que el mar me devuelva, aunque sea por un instante, el eco sagrado de mi padre.