Espejos de vida / Amiga querida
No pude brindarte mis brazos en estos momentos fríos de ausencia y de dolor ante la partida física de quien te dio la vida. Pero hoy te envío estas letras que nacen desde lo más profundo de mi corazón, porque sé que cada gesto de cariño recibido en el proceso del duelo acompaña la sanación del alma y ayuda a aligerar el peso de la soledad.
La madre es la primera figura con la que se tejen los vínculos más profundos de afecto, desde el mismo instante de nuestra creación. Mientras nos formamos en su vientre, nos nutrimos de su esencia, de su energía y de su amor. Al llegar al mundo, es su mirada la primera que nos acoge; su voz la que calma nuestras incertidumbres; su latido el que nos brinda seguridad. Ella sostiene nuestros pasos temblorosos, celebra nuestros logros, nos enseña las primeras palabras y nos guía para descubrir el mundo que nos rodea.
Caminamos con ella bajo su cuidado protector, y su presencia deja huellas imborrables en lo que somos.
Sé del profundo dolor que hoy atraviesan como familia. Pero también reconozco y admiro la entrega incondicional que le brindaste en estos últimos años, cuando el tiempo comenzó a mermar sus fuerzas. Tu cuidado, tu paciencia y tu amor fueron la manera más hermosa de devolverle una parte de todo lo que ella sembró en ti.
Esa retribución —hecha de sonrisas compartidas, escucha amorosa, abrazos oportunos y compañía constante— es un acto de amor profundo que honra su vida y su historia. Estoy segura de que partió sintiéndose acompañada, cuidada y profundamente amada.
Empatizo contigo en su vida, en su enfermedad y en su partida, porque sé que el amor hacia una madre nos une en experiencias de gozo, cuidado y, finalmente, en el difícil aprendizaje del desprendimiento.
Cada vez que compartíamos en alguno de los muchos espacios donde tenemos la suerte de coincidir, tu madre ocupaba un lugar central en tus pensamientos y palabras: tu constante preocupación, tu ternura y, en estos últimos tiempos, la entrega generosa de tu tiempo, de tu energía y de tu amoroso cuidado enfocado en su bienestar.
Hoy su presencia se transforma. Vivirá en tus recuerdos, en sus enseñanzas, en tus gestos, en tu manera de amar y de cuidar. Porque una madre no se va del todo: permanece en la memoria, en la esencia y en el amor que dejó sembrado.
Estoy segura de que su luz te seguirá iluminando en la distancia, y que cada vez que invoques su nombre, volverás a sentir su cercanía y calor, y seguirán brotando lágrimas de tus ojos, pero serán en forma de agradecimiento por haberla tenido. Recuerda que el amor es tan poderoso que se transforma en presencia invisible, en compañía eterna.
Amiga, no estás sola. Te abrazo con el alma. Que el consuelo llegue poco a poco, que la paz encuentre espacio en tu corazón y que los recuerdos amorosos se conviertan, con el tiempo, en una luz serena.












