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sábado, 18 de julio de 2026

Memorias de un encuentro inolvidable

                                          https://www.facebook.com/20531316728/posts/10154

Memorias de un encuentro inolvidable

Por Cuquis Sandoval Olivas

«Escribimos para saborear la vida dos veces: en el momento y en retrospectiva».
Anaïs Nin

Parafraseando al poeta español Antonio Machado, «todo pasa y todo queda». Pasa el tiempo, pasan los viajes, las celebraciones y los encuentros; pero quedan las emociones, las enseñanzas, y esos instantes que, sin pedir permiso, encuentran un lugar permanente en la memoria.

Por ello, me permito plasmar estas reflexiones surgidas de nuestra reciente participación en el encuentro estatal de Jubilados y Pensionados, realizado en la vecina ciudad de Cuauhtémoc, Chihuahua. Asistimos orgullosamente como integrantes de la Delegación D-IV-2, llevando no solamente una muestra de los talleres que se desarrollan en nuestra comunidad, sino también el entusiasmo, el compañerismo y la alegría que distinguen a quienes formamos parte de ella.

El propósito central de la convocatoria es propiciar el encuentro entre las distintas delegaciones, abrir espacios para compartir experiencias, fortalecer los vínculos de amistad y mostrar el trabajo realizado en cada uno de los talleres, así como el convivir con nuestros pares, a reconocernos en historias semejantes y a comprobar que la jubilación no representa el final de un camino, sino la oportunidad de recorrer senderos nuevos.

Nuestra delegación acudió con una variada y significativa muestra de creatividad, disciplina, talento y tradición. Desde el taller de cocina llevamos los sabores característicos de nuestra región: asadero, cajeta, leche quemada, rayadas, nueces, granola y vinos elaborados en la comunidad. Cada producto contiene algo más que ingredientes; guarda recuerdos familiares, conocimientos transmitidos de generación en generación y el cariño de las manos que lo prepararon.

El taller de cuerdas hizo vibrar el escenario y también los corazones. Desde los primeros acordes, la música tendió un puente entre los intérpretes y el público. Poco a poco, la concurrencia se unió a la celebración: algunos coreaban las canciones, otros acompañaban con palmas y muchos más se dejaron llevar por el baile. Las cuerdas parecían conversar entre sí, mientras la alegría recorría el recinto como una corriente luminosa. 

Por su parte, el grupo representativo de música andina estremeció el aire con la nostalgia de sus acordes melancólicos y festivos. Los sonidos de los instrumentos artesanales de cuerda y viento parecían traer voces antiguas desde las montañas, las comunidades y los pueblos originarios. Cada melodía nos remontaba a las culturas prehispánicas y, al mismo tiempo, a la fusión sincrética de pueblos, instrumentos y sensibilidades. Fue como escuchar el eco de la tierra, el murmullo de los caminos y la respiración de una memoria ancestral que continúa viva a través de la música.

El taller de tejido mostró la paciencia convertida en arte. Entre hilos, estambres, agujas y colores, las manos de sus integrantes fueron dando forma a prendas, accesorios y piezas decorativas elaboradas con esmero. Cada puntada parecía guardar una historia, un recuerdo y muchas horas de dedicación. El tejido tiende puentes, porque mientras los hilos se entrelazan, también lo hacen las conversaciones, las experiencias y los afectos.

El taller de manualidades, por su parte, fue una celebración de la imaginación y el ingenio. A partir de materiales diversos, surgieron adornos, figuras y objetos decorativos llenos de color y originalidad. Cada creación demostró que unas manos creativas pueden transformar lo cotidiano en algo especial.

El taller de pintura mostró la belleza que puede surgir cuando el color se encuentra con la imaginación. Mediante técnicas como el lápiz, el óleo, la acuarela y el acrílico, las y los participantes dieron forma a paisajes, recuerdos, emociones y proyectos personales. En cada obra podía apreciarse el estudio de las teorías del color, el manejo de luces y sombras y, sobre todo, la libertad creadora. Pintar no consiste únicamente en llenar un lienzo; es también aprender a mirar de otra manera. Es descubrir matices donde antes parecía existir un solo tono, encontrar luz en medio de la sombra y transformar una emoción en forma, línea y color. 

Entre las manifestaciones artísticas también destacó el baile, representado con entusiasmo por varias integrantes de nuestra delegación. La música, el vestuario y los pasos inspirados en los años sesenta llenaron el escenario de dinamismo, elegancia y alegría. La sincronía, los movimientos cadenciosos y las sonrisas de las bailarinas contagiaron al público, que respondió con aplausos y muestras de admiración. Más allá del espectáculo, esta participación transmitió un mensaje profundamente valioso: mantener el cuerpo activo también fortalece el ánimo. A través del baile se ejercita la movilidad, el equilibrio, la concentración, la coordinación y la memoria corporal; pero, sobre todo, se renueva el entusiasmo.

En lo concerniente a la interpretación vocal, la maestra Alma Rosa García Arenas cimbró el escenario con la potencia, sensibilidad y experiencia de su voz. Su canto se elevó con seguridad y llenó cada rincón del recinto. Las melodías parecían teñirse de tonalidades doradas, símbolo de una actuación sublime, plena de madurez artística y excelencia técnica. No fue solamente una interpretación musical, sino una entrega generosa: la voz convertida en emoción y la emoción transformada en aplauso.

El taller de cachibol, deporte semejante al voleibol pero con características y reglas propias, fue representado dignamente por los equipos femenil y varonil. Cada encuentro estuvo acompañado por la expectación, el júbilo y el vitoreo de quienes alentábamos desde las gradas. Destacó especialmente la participación del equipo varonil, que obtuvo la victoria en todos sus juegos. Sin embargo, más allá de los resultados, lo verdaderamente significativo fue presenciar el respeto entre los equipos, la disciplina, la cooperación y el sentido de pertenencia. Cada pase requería atención; cada jugada, confianza; cada punto, el esfuerzo conjunto de todos los integrantes. El cachibol nos recordó que una persona puede continuar descubriendo sus fortalezas, enfrentando retos y celebrando triunfos en cualquier etapa de la vida. Sobre la cancha no había edades: había compañeros, estrategias, voluntad y corazones latiendo al mismo ritmo.

Esta experiencia se renueva cada año, cuando somos convocados por diferentes delegaciones. Cada sede deja su propia huella y se distingue por su solidaridad, empatía, liderazgo, compromiso y hospitalidad. En esta ocasión, Cuauhtémoc nos recibió con los brazos abiertos y nos hizo sentir parte de una gran familia.

Desde el momento en que comenzó la organización del viaje, la emoción se hizo presente. Preparar los materiales, reunir los productos, cuidar los vestuarios, ensayar las presentaciones y coordinar los equipos fueron labores que exigieron tiempo y responsabilidad, pero también fortalecieron nuestros vínculos.

Cada momento tuvo un brillo particular: la inauguración, el desarrollo de las actividades, las presentaciones artísticas, los encuentros deportivos y la cena baile organizada en nuestro honor. Bajo las luces del salón, comprendimos que la alegría también es una forma de resistencia ante el paso del tiempo. Bailar, cantar, conversar y reír juntos fue una manera de agradecer la vida y de afirmar que todavía tenemos mucho que ofrecer.

Todos estos momentos, desde la preparación hasta el retorno, dejan una huella indeleble en la memoria y en el corazón. Nos recuerdan que la convivencia es una forma de cuidado, que el arte mantiene despierta la sensibilidad y que el deporte fortalece tanto el cuerpo como el espíritu. También nos permiten reconocernos como personas activas, creativas y capaces de seguir aprendiendo.

Vaya, pues, nuestro profundo agradecimiento a todos y cada uno de los integrantes de las delegaciones participantes; a los representantes sindicales; a los secretarios generales; a los comités que conforman cada una de las representaciones delegacionales, a los coordinadores de cada taller, y especialmente a quienes hicieron posible este encuentro mediante su trabajo, organización y hospitalidad.

Gracias por recibirnos, por acompañarnos y por recordarnos que ninguna etapa de la vida debe transitarse en soledad. Gracias por crear estos espacios donde la experiencia acumulada no se guarda en silencio, sino que se convierte en música, pintura, canto, movimiento, deporte, diálogo y amistad.

Pertenecer a la Delegación D-IV-2 es motivo de orgullo, porque en ella no solamente compartimos actividades: compartimos una historia común, nos acompañamos en el presente y construimos nuevos recuerdos. Cada taller es un punto de encuentro; cada viaje, una página más; cada abrazo, la confirmación de que seguimos formando parte de una comunidad viva y solidaria.

Tal vez los eventos terminan y los escenarios vuelven a quedarse en silencio. Las canciones se apagan, los pinceles se guardan, los balones dejan de cruzar la red y los viajeros regresan a casa. Sin embargo, algo permanece encendido dentro de nosotros: la certeza de haber coincidido, de habernos sentido útiles, valorados y acompañados.

Así, entre aplausos, encuentros y despedidas, regresamos con el equipaje más valioso: un corazón agradecido y la alegría de saber que, cuando caminamos juntos, el tiempo no nos envejece; sino que nos convierte en memoria, experiencia y esperanza.












                                                                       Andino




sábado, 11 de julio de 2026

Las manos de mamá

Esta fotografía corresponde a mi mano, tomando las manos de mamá.


Las manos de mamá

«Recuerdo sus manos, sus valientes manos, las que nacieron para darnos y señalar… Son las que nos entregaron a la vida… Son las que hicieron la señal de la cruz en nuestra frente y las que hicieron florecer el trigo en racimos de tortillas». 

                                                                                                    Nelly Campobello

Por Cuquis sandoval Olivas

Hace algunos ayeres, mientras sostenía las manos de mi madre entre las mías, me detuve a observarlas con detenimiento. Descubrí en ellas las manchas y las arrugas propias de la edad, pero también las huellas de toda una vida de esfuerzo. Cada línea parecía guardar una historia; cada callosidad hablaba de los trabajos realizados para brindarnos alimento, vestido y protección.

Eran las manos que habían trabajado incansablemente para sostener nuestro hogar, pero también las de la lavandera que enfrentaba el agua fría y el jabón; las de la planchadora que alisaba prendas ajenas con paciencia; las de la mujer que preparaba alimentos, limpiaba casas grandes y regresaba a la nuestra para continuar con las labores cotidianas. Manos que pocas veces descansaron y que, sin embargo, siempre encontraron fuerzas para acariciarnos.

Aquel día experimenté el deseo profundo de detener el tiempo. Quería conservar para siempre el calor de sus manos, sentirlas nuevamente sobre mi rostro y evitar que los días me arrebataran ese contacto. Con la nostalgia de quien sabe que los momentos son irrepetibles, me senté a escribir unos versos que hicieran visibles las emociones y los sentimientos que me acompañaban.

En aquel poema plasmé las vivencias de sus manos sobre mi cuerpo y mi memoria: su presencia en la sazón de los alimentos, en la masa convertida en tortillas, en la ropa limpia y cuidadosamente doblada, en la caricia que calmaba mis temores y hasta en los correctivos que, aunque en su momento me parecieron severos, fueron parte de su manera de educarnos y conducirnos por el camino de la vida.

Sus manos sabían curar una herida, persignar nuestra frente, acomodar nuestro cabello y señalar el rumbo correcto. También sabían espantar el miedo durante las noches difíciles y convertir los alimentos más sencillos en verdaderos banquetes. Con ellas no solamente trabajaba: también bendecía, protegía, enseñaba y amaba.

Cuando llegó el doloroso momento de entregar su cuerpo a la madre tierra, quisimos compartir con quienes nos acompañaron una tarjeta conmemorativa en la que aparecía impreso aquel poema. Era nuestra manera de prolongar su presencia y decirles a todos que aquellas manos, aunque ya no pudiéramos tocarlas, continuarían vivas en nuestra memoria. El poema se convirtió entonces en un testimonio de gratitud, pero también en una despedida amorosa.

Pasó el tiempo y, entre lecturas, encuentros y textos compartidos, llegó a nuestra sala de lectura el libro Mujer de manos rojas, dedicado a la vida y la obra de Nellie Campobello. Desde el primer momento atrajo nuestra atención porque hablaba de una mujer polifacética, capaz de destacar en la danza, la escritura, la investigación y la promoción cultural. Además, Nellie era originaria de nuestra región: nació en Villa Ocampo, Durango, pero su vida y su obra permanecen profundamente vinculadas con Parral y con el norte de México.

Yo ya conocía algunos aspectos de su trayectoria. Había leído Cartucho, había consultado parte de su biografía y conocía su imagen de cera en uno de los museos de la ciudad, donde aparece como una de las figuras representativas de nuestra historia cultural. Sabía que había dejado plasmadas muchas de sus vivencias relacionadas con la Revolución mexicana y que había transformado los recuerdos de su infancia en una literatura breve, intensa y profundamente humana.

Sin embargo, en aquel momento todavía no comprendía por completo la fuerza simbólica del título Mujer de manos rojas. Fue necesario acercarme con mayor sensibilidad a su obra y a su historia para descubrir que las manos, en el universo de Nellie Campobello, representan mucho más que una parte del cuerpo. Son símbolo de trabajo, ternura, fortaleza, protección, memoria y pertenencia.

Junto con otras integrantes de la sala de lectura participé en la elaboración de textos para la revista Voces de Papel, como parte del homenaje conmemorativo realizado en su memoria, a cuarenta años de su fallecimiento, ocurrido el 9 de julio de 1986. Aquella experiencia despertó en mí una curiosidad más profunda y me llevó a acercarme a Las manos de mamá, obra publicada en 1937.

Desde sus primeras páginas encontré una prosa poética tan intensa y conmovedora que cimbró cada parte de mi ser. No estaba solamente frente a un libro de recuerdos, sino ante una declaración de amor filial. Nellie Campobello reconstruye la figura de su madre, Rafaela Luna, a través de imágenes fragmentarias, emociones, colores, sonidos y escenas de la infancia.

La autora emplea una gran variedad de recursos literarios para enaltecer la memoria materna. Las manos de su madre son personificadas, magnificadas y convertidas en símbolo. Su madre aparece como la artista principal de aquel mundo: una mujer capaz de bordar sueños en el alma de sus hijos, de borrar las tristezas y de levantar una barrera protectora frente a la violencia que los rodeaba. Sus manos no solamente cocinaban, cosían o trabajaban; también construían refugios emocionales y sostenían la esperanza en medio de la incertidumbre.

Nellie recuerda la tierra roja sobre la cual aquellas manos sanas jugaban y elaboraban los juegos propios de la inocencia. Con piedras pequeñas formaban corralitos donde habitaba un ganado imaginario. En esas escenas aparentemente sencillas se encuentra la grandeza de la infancia: la posibilidad de inventar mundos completos con los elementos más humildes.

La tierra roja no es únicamente un escenario geográfico. Es también raíz, sangre, origen y memoria. Es el territorio donde las niñas aprendieron a mirar el mundo, donde jugaron y soñaron, pero también donde presenciaron algunos de los acontecimientos más dolorosos de la Revolución. El rojo de la tierra parece confundirse con el de la violencia, pero también con el de la vida que se niega a desaparecer.

La obra nos presenta los recuerdos fragmentarios de una época cruenta, poblada de soldados, balazos, persecuciones y muertes. La tragedia acechaba en cada esquina y podía irrumpir de manera inesperada en la vida cotidiana. Sin embargo, en medio de aquel panorama desolador, la madre sabía transformar la realidad mediante sus relatos, leyendas y enseñanzas.

Mientras avanzaba en la lectura, fue inevitable pensar en mi propia madre. Las manos descritas por Nellie comenzaron a confundirse con aquellas que yo había sostenido entre las mías. Aunque pertenecían a mujeres distintas, compartían una misma esencia: eran manos trabajadoras, valientes, protectoras y amorosas. Ambas habían aprendido a transformar la escasez en abundancia y las dificultades en lecciones de vida.

Comprendí entonces que las manos de una madre conforman una especie de biografía silenciosa. En ellas se escribe la historia familiar sin necesidad de palabras. Las manos maternas permanecen en los gestos que heredamos, en la manera de cocinar, de acariciar, de cuidar a nuestros hijos y de enfrentar las adversidades. Incluso cuando la madre ya no está físicamente, sus movimientos continúan habitando nuestra memoria. A veces regresan a través de un aroma, de una receta, de una oración o de una fotografía antigua.

Escribir sobre las manos de mamá es reconstruir su vida, reconocer sus sacrificios y devolverle, aunque sea mediante las palabras, un poco de todo lo que nos entregó. Es mirarlas nuevamente y descubrir que en ellas florecieron nuestras propias vidas.

Las manos de mi madre descansan ahora bajo la tierra, pero siguen presentes en mí. Las encuentro en los alimentos que preparo, en las caricias que brindo, en las oraciones que pronuncio y en cada acto de amor que realizo. Porque las manos de mamá nunca desaparecen del todo. Se convierten en raíces que nos mantienen firmes, en alas que nos impulsan y en una luz que, aun después de la muerte, continúa señalándome el camino.


martes, 7 de julio de 2026

En memoria de Odetthe Griseld



La noche más larga

Y ella, parte del corazón mío

resplandecía mi amor de abuela,

sin embargo la he perdido.

Dos mil once año aciago

y mencionarlo es preciso. 

el firmamento sin soles

y sin trino los pajarillos.

Era una rosa sin espinas

con grandes dones recibidos

y su ausencia aún afronto

como estando en laberintos.

Sus labios secos, sin agua

voz opaca sin sonido

como un tramo de vereda

sin el canto de los grillos.

Sin soldados y sin tropas

los años se nos han ido

y a pesar de mis mil  yerros,

que alberga el corazón mío.

Alucinaciones reveladoras,

los niños, árboles y los pinos 

en el agua del riachuelo

es inútil, ¡lloro y gimo!

Yo, soñadora innata.

Ella, se instituyó en lo más querido.

Yo, quiero  el tiempo devolver,

ella, dueña de mis cariños.

Ni fulgores ni aureolas,

iluminan mi camino,

ni esplendores de fortuna

nada lo encontré sencillo.

Sus ojitos me miraban

como dardos dirigidos,

la duda de  incertidumbre, 

la noche  de gran sombrío.

Con ella también recorrí

el dolor de sus espinos

sus tristezas sin opacar, 

sin combatir los crueles motivos. 

Lloré y exclamé su nombre,

tomé en mis manos el crucifijo.

y entonces el pensamiento

me informa que ella se ha ido. 

Por eso sufro esta pena,

yo, como flor sin rocío.

En mis sueños aparecían,

el féretro entre cirios.

Me quiebro hasta el día de hoy

como nave sin timón ni farol marítimo.

mi encanto  verdadero

amor de abuela satisfizo.

y fue imposible ocuparme

de recobrar su latido

me dejó, ¡su esencia vuela!

perdí lo que era tan  mío.



Taller de rimas

Casa EyAm

Tutora: Ada Zagaglia

Tallerista: Cuquis Sandoval Olivas

15 de enero del 2025

Título de mi poema: La noche más larga

lunes, 6 de julio de 2026

Amor entre hermanos, memoria, refugio y legado.


https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-amor-entre-hermanos-memoria-refugio-y-legado-30785806

/ Foto: Cortesía / Cuquis Sandoval (Retocada con IA)

“Nuestros hermanos están con nosotros desde el amanecer de nuestra historia personal hasta el inevitable atardecer.”
                                                                                                 Susan Scarf Merrell

    Cuatro letras que mueven al mundo. Es motor de arranque, fuerza de sinergia y raíz de los vínculos más profundos. En su nombre se han cometido barbaries, pero también se han escrito las mejores historias: esas que, a pesar del tiempo transcurrido, aún nos estremecen y nos hacen vibrar al compás de la sinfonía orquestada por el universo.

    Desde la cuna de la civilización griega se buscó explicar y categorizar este valor universal, entendiendo que todo parte del amor por uno mismo, del propio cuidado y reconocimiento, para que después pueda fluir y esparcirse hacia los demás.

    Tuve la gran fortuna, como muchos de mis contemporáneos, de crecer en un ambiente con muchas carencias materiales, pero con abundancia de amor, familiaridad y lazos compartidos. No solo con la familia, sino también con los vecinos y la comunidad en general. Era un tiempo en el que las alegrías y los sinsabores se vivían en conjunto; se lloraba en un hombro cercano y se reía a carcajada abierta ante las ocurrencias, las fiestas, las penas y las circunstancias que la vida iba presentando.

    Dentro de esas benevolencias, mis hermanos han ocupado desde siempre un lugar preponderante en el orden de mis afectos. Quizá con los mayores no compartí tantas experiencias de vida debido a la brecha generacional; sin embargo, recibí de ellos cuidado, abrazo protector y una seguridad que me hizo sentir acompañada. Con el paso del tiempo, sigo refugiándome en su consejo, en su presencia y en ese manto protector que no desaparece, aunque los años avancen. Disfruto enormemente volver a recrear nuestras historias, traer al presente los recuerdos y descubrir que, aunque cada quien tomó su propio camino, seguimos unidos por una raíz común.

    Cada uno de nosotros formó su propio núcleo familiar; sin embargo, los nexos que nos unen se han seguido fortaleciendo. Son hilos invisibles que continúan tejiéndose y extendiéndose hacia nuestros hijos, nietos y nuevas generaciones. No es un proceso fácil, porque ellos pertenecen a otros contextos y sería imposible que vivieran y experimentaran exactamente lo mismo que nosotros. No obstante, debemos insistir en la importancia de esta labor: enseñarles que la familia no solo se hereda por la sangre, sino que se cultiva con presencia, memoria, respeto y amor.

Porque los hermanos son eso: testigos de nuestro origen, guardianes de una infancia compartida y compañeros silenciosos en la travesía de la vida. Con ellos aprendimos a disputar un espacio, a compartir el pan, a defendernos, a reconciliarnos y a comprender que el amor no siempre necesita grandes discursos; a veces basta una llamada, una mirada cómplice, una anécdota repetida o el simple consuelo de saber que siguen ahí.

    Y quizá, cuando llegue el inevitable atardecer del que habla Susan Scarf Merrell, comprendamos que ninguna posesión material habrá sido tan valiosa como esos lazos que resistieron el tiempo. Entonces sabremos que el verdadero legado no estuvo en lo que acumulamos, sino en el amor que fuimos capaces de sembrar, cuidar y mantener vivo entre quienes caminaron con nosotros desde el amanecer de nuestra historia.

Entre el birrete y la esperanza

 





https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-entre-el-birrete-y-la-esperanza-30929249


Entre el birrete y la esperanza

Por Cuquis Sandoval Olivas

La etimología de la palabra graduación proviene del latín gradus, que significa avanzar un paso o subir un escalón más en el camino de la preparación académica. Esta celebración tiene sus antecedentes en Europa, durante los siglos XII y XIII. Para el siglo XIX, Gran Bretaña inició la práctica de realizar bailes para conmemorar este acontecimiento; posteriormente, en el siglo XX, la tradición se implementó en Estados Unidos y, poco a poco, comenzó a diseminarse por otros países y niveles educativos.

En México, como bien lo señaló Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad, la fiesta es inherente al mexicano: una manera de despojarse de la máscara de apatía cotidiana para entregarse a los colores, los excesos y las celebraciones. Es así como los meses de junio y julio se llenan de ceremonias de graduación, con un derroche de optimismo, regalos, comidas y actos solemnes que enaltecen la labor de las comunidades educativas, de los padres de familia y, por supuesto, de los graduandos, quienes tuvieron la resiliencia necesaria para concluir un ciclo más de su formación.

En nuestra ciudad, atendemos invitaciones a graduaciones desde el Centro Asistencial de Desarrollo Infantil, preescolar, primaria, secundaria, preparatoria o equivalente, universidad y posgrado. Sin lugar a dudas, participamos con entusiasmo y entramos al círculo exacerbado del consumismo: compra de ropa adecuada para los eventos, fotografías, renta de togas, birretes, ramilletes especiales, salidas a restaurantes y todo tipo de detalle que permita hacerle saber al graduando, a la familia y a la comunidad en general, la alegría que nos embarga por el paso avanzado.

Tenemos tan arraigada la tradición festiva que el desfase en los gastos suele asumirse como una necesidad prioritaria, aunque posteriormente debamos ajustarnos el cinturón. La Secretaría de Educación Pública ha implementado una serie de sugerencias para evitar los altos costos que estas celebraciones generan, como utilizar el mismo recinto escolar, no rentar togas ni birretes, entre otras medidas. Sin embargo, muchas veces son los propios padres de familia quienes insisten en que los festejos se lleven a cabo de manera tradicional.

Por ello, aplaudo la iniciativa de muchas instituciones académicas que solicitan con antelación el uso de gimnasios municipales o escolares, con el fin de economizar en la renta de salones que, además de ser excesivamente caros, no siempre ofrecen buena visibilidad ni acomodo suficiente para todos los asistentes.

La finalidad de emitir y compartir  estas observaciones nace de la experiencia personal, familiar y profesional como docente y parte de equipos directivos en el ámbito educativo. Desde estos distintos lugares me ha tocado ser protagonista, integrante del público o miembro de la mesa de invitados especiales. En cada uno de esos espacios he disfrutado, como la mayoría de la población, esos breves segundos en los que el estudiante graduando es nombrado y ovacionado por familiares y amistades; ese instante simbólico en el que unos cuantos pasos separan la silla asignada de la mesa donde recibe el ansiado documento, testimonio tangible del esfuerzo, perseverancia y avance académico.

Celebrar una graduación es, sin duda, reconocer el esfuerzo, la constancia y la confianza  depositada en cada estudiante. No obstante, quizá valga la pena recordar que el verdadero valor de este acto no está en el lujo de la ceremonia, sino en el significado profundo del logro alcanzado. Graduarse es avanzar, subir un peldaño, mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con responsabilidad. Que la fiesta no opaque la esencia: celebrar el aprendizaje, la perseverancia y la promesa de un nuevo comienzo.

Aprovecho este espacio para felicitar amplia y cariñosamente a mis queridos nietos graduandos: África Pérez Cázares, quien concluye su educación primaria; Dulcinea Pérez Cázares, egresada de educación secundaria; y Edgar Johan Pérez Galarza, quien culmina su Maestría en Educación. Para ellos, mi reconocimiento, mi orgullo y mi deseo profundo de que cada peldaño alcanzado sea el impulso para seguir avanzando con entusiasmo, responsabilidad y esperanza.




 

domingo, 5 de julio de 2026

Mi padre en la bruma




                                    Única foto con mi padre. Ese día cumplía un año de edad. 

                                                       Dedicatoria con su puño y letra. 

                                                      Sr. Nicanor Sandoval Medina (+)



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Cuquis Sandoval Olivas

D.A.R. por el Tratado de Berna

Mi padre en la bruma

La vida es como el vaivén de las olas del mar: a veces golpea con fuerza; otras tantas, su oleaje suave acaricia, lleva y trae, sube y baja. Esa parece ser su función secreta: llegar a la orilla, rozar la arena y volver a las profundidades, para continuar con el espectáculo eterno de lo que nace, se aleja y regresa transformado.

Mi cuerpo ha sido un pergamino donde se escriben las historias con tinta endeble, una tinta que se difumina entre las grietas abiertas por el tiempo. Por eso, no siempre las palabras son visibles ni perceptibles a los sentidos; a veces se pierden en los orificios cóncavos de los cráteres del alma, como si quisieran escapar de la mirada curiosa, dejando paso a la duda, a la vacilación y a la búsqueda constante del recuerdo.

A más de medio siglo de su ausencia, la imagen de mi padre se desvanece lentamente, como si en el lienzo del pintor apenas hubieran quedado breves pinceladas, trazos frágiles hechos con una tinta seca que perdió parte de su esencia. Me esfuerzo por traerlo de vuelta, por rescatar su rostro de las sombras del olvido, y solo encuentro esa figura detenida en una fotografía: su mirada quieta, suspendida en el tiempo, esperando quizá encontrarse con la mía.

Quisiera que sus ojos me hablaran. Que desde ese silencio antiguo surgieran las palabras que tanto he esperado escuchar; palabras que llegaran a mis oídos como música celestial del alma, como un murmullo sagrado capaz de aquietar la tristeza que aún habita en mí. Entonces me invade el cansancio, las ganas de abrazarlo, de llorar sin medida, de seguir excavando en la memoria hasta encontrar algún fragmento luminoso que logre aliviar la desazón, la soledad y ese hueco que dejó su partida.

Dentro de esa finitud que marca la existencia humana, lo perdí siendo apenas una niña de nueve años. Desde entonces, sus memorias se han ido dispersando en las estelas de la mar, como barcas pequeñas arrastradas por la corriente del tiempo. Algunas vuelven convertidas en destellos; otras se hunden en lo profundo, donde solo el corazón puede buscarlas.

Me quitaron su presencia física, pero no pudieron quitarme las ansias de amarlo. Me arrebataron sus pasos, su voz, sus manos, su cercanía; pero no pudieron arrancarme el deseo de nombrarlo, de soñarlo, de reconstruirlo con los pedazos que aún permanecen vivos en mí.

Me rompieron, sí; pero como alfarera de mi propia historia, vuelvo a levantarme. Uno los fragmentos dispersos, junto los pedazos de aquello que sí tuve, y con el dolor a flor de piel intento recrear la presencia que el destino me negó demasiado pronto. En esa reconstrucción íntima me sostienen los muros edificados por las manos amorosas de mi madre y de mis hermanos mayores, quienes, con su ternura y fortaleza, fueron amparo, raíz y refugio.

Quizá recordar sea también una forma de rezar. Quizá cada memoria, por pequeña que sea, encienda una lámpara en la oscuridad. Y aunque su rostro se difumine, aunque su voz ya no alcance a regresar completa desde los corredores del tiempo, mi alma continúa buscándolo en cada ola, en cada fotografía, en cada silencio, en cada grieta donde todavía late su nombre.

Porque la ausencia no siempre es vacío. A veces es presencia invisible. A veces es una luz que no se mira, pero acompaña. Y yo, desde esta orilla de la vida, sigo esperando que el mar me devuelva, aunque sea por un instante, el eco sagrado de mi padre.