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Por Cuquis Sandoval Olivas
Todo nace de una idea, y esta comienza a tomar forma a partir de algún detonante capaz de captar nuestra atención y conducirla hacia aquellos puntos que, por alguna razón, encuentran eco en nuestra historia personal. Así surge el escrito de esta semana, después de ver la película “Cocinando la vida", cuyas escenas despertaron en mí mucho más que el interés por la preparación de los alimentos: abrieron la puerta a los recuerdos.
Las imágenes recrean la pupila con los colores intensos de los ingredientes y nos hacen partícipes de una verdadera conjunción de los sentidos. Casi es posible percibir los aromas que emanan de la parrilla, escuchar el sonido de los alimentos al cocinarse e imaginar las distintas texturas y sabores que resultan de la mezcla precisa de los ingredientes, del sazonado especial, del tiempo de cocción y de ese toque final que consiste en arreglar cada platillo como si fuera a presentarse en una fiesta, donde cada elemento porta su mejor atuendo para cautivar al comensal.
Pero las imágenes sensoriales nunca llegan solas. Usualmente vienen acompañadas de pequeñas pizcas de recuerdos que, de manera inevitable, nos conducen a la infancia, al regazo de nuestras madres y abuelas, al calor de sus cocinas y al deleite de compartir los alimentos en su compañía. Porque existen sabores que permanecen alojados en algún rincón de la memoria y que basta un aroma, una textura o el sonido de una olla al destaparse para hacerlos regresar.
Lo que más llamó mi atención de la película fue el amor, el cuidado y la pasión depositados en la preparación de cada platillo: el picado meticuloso de los ingredientes, la elección cuidadosa de cada producto, el tiempo invertido y la certeza de estar ofreciendo en cada guiso algo que va mucho más allá de la sazón. Quien cocina con amor deja también en los alimentos el calor de sus manos, la paciencia de su espera y una parte de sí mismo.
Concluido ese ritual, llega otro igualmente significativo: vestir la mesa. Colocar los utensilios, disponer los platos, acomodar las servilletas y preparar el espacio donde ocurrirá el encuentro. Porque una mesa no es solamente un mueble alrededor del cual se come; puede convertirse en territorio de convivencia, confidencias, risas, enseñanzas e incluso reconciliaciones. Alrededor de ella se comparten los alimentos, pero también se comparte la vida.
Sin lugar a dudas, disponer de los productos necesarios es importante; sin embargo, la cocina nos invita a reflexionar sobre algo mucho más profundo: el poder afectivo de los alimentos, la entrega de quien los prepara y la huella que ese acto puede dejar en quien los recibe. Comer no consiste únicamente en saciar el hambre. En muchas ocasiones, cada plato va construyendo silenciosamente los cimientos de recuerdos que acompañarán al ser humano durante toda su existencia.
Y así ocurre este intrincado ciclo de la vida: recibimos, aprendemos y después entregamos. Vamos pasando la estafeta a las siguientes generaciones, muchas veces sin darnos cuenta de que las enseñanzas más profundas no siempre fueron pronunciadas. Las aprendimos observando unas manos amasar, servir, repartir; viendo una olla hacerse más abundante cuando llegaban visitas inesperadas o contemplando cómo una madre encontraba la forma de hacer alcanzar la comida para todos. Aprendimos de sus acciones mucho más que de sus palabras.
Todo ello me lleva inevitablemente a pensar en aquellos platillos degustados durante mi niñez. No eran preparaciones sofisticadas ni requerían ingredientes extraordinarios: frijoles, tortillas, sopa, alguna salsa recién hecha y otros alimentos sencillos constituían buena parte de nuestra mesa. Sin embargo, poseían algo imposible de encontrar escrito en cualquier recetario: habían sido preparados por las manos amorosas de mamá.
La cocina era su santuario. Allí parecía colocarse una corona y empuñar un cetro que, en sus manos, también podía transformarse en varita mágica. Tenía ese don que tantas madres poseen: hacer rendir lo poco, multiplicar los alimentos y convertirlos en abundancia. Pero su magia no terminaba en nuestra mesa. Aquello que preparaba se transformaba también en bendición cuando lo compartía generosamente con quienes tenían menos. Siempre parecía existir un plato más para ofrecer, una tortilla que podía dividirse o una porción que encontraba destinatario fuera de casa.
Quizá en aquellos años yo no alcanzaba a comprender la dimensión de ese gesto. Hoy entiendo que no solamente nos alimentaba: nos estaba enseñando generosidad, solidaridad y amor. Cada vez que extendía un plato hacia alguien más, nos mostraba, sin discursos, que compartir también era una manera de agradecer lo recibido.
Durante muchos años tuve el privilegio de llamarla cada vez que necesitaba reafirmar alguna receta. Le preguntaba por cantidades, tiempos, ingredientes o por aquel misterioso “hasta que esté listo” que solamente las madres parecen comprender con exactitud. Otras veces, debo admitirlo, conocía perfectamente la respuesta; aun así, hacía la llamada porque sabía el bienestar emocional que le producía sentirse necesaria, saber que todavía podía orientarme y continuar cuidándome desde su ancianidad.
Aquellas conversaciones eran también otra forma de alimentar.
Hoy ya no puedo realizar esas consultas de la misma manera. Me queda acudir al gran recetario de la memoria, donde no existen cantidades exactas ni instrucciones escritas. Allí debo buscar los aromas, reconstruir los sabores, recordar las texturas y volver a mirar, con los ojos del alma, la presentación de aquellos platillos sencillos que tenían el poder de convertir cualquier día cotidiano en hogar.
Tal vez por eso cocinar nunca será únicamente mezclar ingredientes. En cada receta heredada permanece algo de quienes estuvieron antes que nosotros. Una manera de cortar las verduras, una especia utilizada sin medida, una olla reservada para determinada comida o ese ingrediente secreto que jamás apareció escrito porque pertenecía más al corazón que a la cocina.
Ahora comprendo que algunas personas permanecen con nosotros de las formas más inesperadas. Mamá sigue apareciendo cuando un aroma conocido invade la casa, cuando preparo una receta aprendida de sus manos o cuando, casi de manera inconsciente, repito alguno de sus gestos frente a la estufa. Entonces descubro que la memoria también tiene sabores.
Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de trascender: dejar un poco de nosotros en aquello que entregamos con amor.
Mientras exista una mesa donde pueda compartir lo aprendido, mientras mis manos repitan alguna de sus recetas y mientras un aroma sea capaz de devolverme, aunque sea por unos instantes, a aquella cocina de mi infancia, mamá seguirá estando ahí.
Porque hay alimentos que calman el hambre del cuerpo, pero existen otros, preparados con amor, que continúan alimentando el alma aun cuando las manos que un día los cocinaron ya no puedan servirlos sobre nuestra mesa.











