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domingo, 22 de marzo de 2026

Inventario de libros






Espejos de vida / Inventario de libros

Inventario de libros

Hoy me tocó organizar mi biblioteca personal, ese territorio íntimo donde el tiempo no transcurre de forma lineal, sino que se repliega, se expande y se transforma en memoria viva. Tuve la oportunidad de sostener cada uno de los tomos entre mis manos, de leer sus títulos con una lentitud casi reverencial, de observar sus portadas como quien contempla un umbral. Hice una breve selección, un reacomodo apenas visible, pero profundamente significativo, y no pude evitar sentir una especie de empatía silenciosa, un reencuentro con cada uno de los libros leídos.

En ese gesto, aparentemente simple, se reactivó el diálogo interior con sus autores, como si sus voces aguardaran pacientemente a ser convocadas de nuevo. Regresaron a mí fragmentos de sus contenidos, destellos de tramas, rostros de personajes, escenas suspendidas en algún rincón de la memoria. Momentos invaluables que volvieron a cobrar vida apenas mis ojos rozaban sus páginas, como si el papel aún guardara el pulso de lo vivido.

De igual manera, experimenté una emoción distinta, más honda y acaso más inquietante, al encontrarme con aquellos libros que aún permanecen intactos, resguardados en su envoltorio original. Libros que esperan. Quizá no he tenido el tiempo de abrirlos, o tal vez la virtualidad me ha atrapado con su inmediatez, con la facilidad de ampliar la letra, subrayar sin límites, hacer anotaciones invisibles en la luz de una pantalla. Sin embargo, algo en mí reconoce que no es lo mismo: el libro físico respira, pesa, ocupa un lugar en el mundo y en la memoria.

No puedo sino maravillarme ante todo el camino recorrido. Ante la riqueza contenida en cada historia, en cada voz, en cada universo que aguarda ser visitado, interpretado y, finalmente, encontrar su lugar en los entramados de mi pensamiento. Cada libro es una posibilidad, una puerta entreabierta hacia otras formas de comprender la vida.

Desde que empecé a trabajar y a ganar mi propio dinero, la compra de libros se volvió una constante, casi un ritual. Me apasiona la invitación latente que emana de sus títulos, el grosor que anticipa la travesía, e incluso —por qué no admitirlo— el nombre de sus autores, como si en este se condensara una promesa.

Reconozco la procedencia de la mayoría: algunos son regalos cargados de afecto, otros llegaron a mí a través del intercambio, otros más forman parte del acervo que la sala de lectura nos brinda como mediadores. Incluso conservo una colección entrañable de la revista Selecciones del Reader’s Digest, suscripción que durante años me regaló mi amiga Irma Palma Sánchez, y que aún hoy resguarda pequeñas cápsulas de tiempo.

En casa, no pocas veces se me ha señalado por ser acumuladora, por mi dificultad para desprenderme de las cosas, especialmente de mis libros. Y sé que tienen  razón. Aún conservo cuadernos y textos desde mis años de secundaria. Me gusta volver a ellos, recorrer esos ejercicios, detenerme en las anotaciones, descubrir versos y pensamientos escritos al reverso de alguna página, y evocar, con una mezcla de ternura y nostalgia, esos momentos irrepetibles de mi juventud.

Cada vez que realizo una limpieza profunda, es inevitable que emerjan objetos olvidados de closets y estantes. Algunos encuentran un nuevo destino en la donación; otros los reservo para personas especiales, como si cada libro supiera a quién debe llegar; y algunos más, con pesar, terminan en el contenedor de basura, dejando en mí una leve sensación de pérdida, como si se tratara de pequeñas despedidas.

Soy una persona persistente, tal vez incluso obstinada en mi manera de habitar los recuerdos. Creo, en el fondo, que cada objeto guarda una historia y que cada libro es una extensión de lo que he sido. Por eso, ordenar mi biblioteca no es únicamente una tarea doméstica: es un ejercicio de memoria, una forma de reconciliarme con el tiempo, de reconocerme en lo leído y también en lo que aún me espera.

Porque, al final, entre páginas abiertas y libros por descubrir, no solo se organiza un espacio: se reordena la vida misma.


sábado, 14 de marzo de 2026

La fuerza de las palabras

















La fuerza de las palabras” es una frase que he escuchado y leído con frecuencia. Sin embargo, cuando me detuve a analizar el impacto que genera este título, comprendí realmente la profundidad que entraña.

Los seres humanos somos la única especie capaz de comunicarse mediante un sistema complejo de palabras cargadas de significado simbólico. A lo largo de la historia, las hemos construido, inventado y transformado de acuerdo con nuestro contexto cultural, social y con el nivel de experiencia que adquirimos en el mundo. Las palabras no solo nombran la realidad: también la interpretan, la ordenan y, en muchos casos, la transforman.

Desde el punto de vista lingüístico, las palabras evolucionan a través de distintos procesos. Los cambios fonéticos modifican los sonidos; los morfológicos, la forma o estructura de las palabras; y los semánticos, su significado. Estos procesos reflejan la dinámica propia de las lenguas vivas, que se adaptan constantemente a las necesidades de quienes las utilizan.

La historia de la literatura ofrece numerosos ejemplos del poder creativo del lenguaje. William Shakespeare, considerado uno de los representantes más influyentes de la literatura inglesa, fue duramente criticado por algunos escritores de su época, quienes lo calificaban como un “cuervo advenedizo” debido a que no contaba con formación universitaria formal. No obstante, su talento trascendió cualquier prejuicio. Se estima que introdujo más de mil setecientas palabras al idioma inglés mediante la creación de neologismos, el uso innovador de sufijos y la construcción de expresiones que aún hoy forman parte del habla cotidiana. Frases como “Todo el mundo es un escenario” o el célebre “Ser o no ser” continúan resonando siglos después, recordándonos que las palabras pueden trascender el tiempo.

Si nos trasladamos al ámbito de la lengua española, Miguel de Cervantes Saavedra ofrece otro ejemplo extraordinario. En su obra más célebre, Don Quijote de la Mancha, utilizó cerca de trescientas ochenta mil palabras, de las cuales más de veintitrés mil son diferentes. Esta riqueza léxica demuestra la amplitud expresiva del idioma y el talento del autor para explorar sus múltiples matices. En contraste, diversos estudios señalan que una persona con educación formal básica,  emplea alrededor de cinco mil palabras en su vida cotidiana. En el caso de jóvenes que no se desarrollan en ambientes escolarizados o lectores, ese número puede reducirse incluso a trescientas o quinientas palabras. Esta diferencia evidencia cómo el entorno educativo y cultural influye profundamente en el desarrollo del lenguaje.

Sin embargo, la fuerza de las palabras no reside únicamente en la cantidad de vocablos que se utilizan ni en la capacidad de inventar nuevos términos. Su verdadero poder se encuentra en la intención, la emoción y el significado que transmiten. Una palabra puede consolar, inspirar, persuadir o, por el contrario, herir y destruir. Por ello, aprender a comunicarse implica también desarrollar sensibilidad para expresar emociones y pensamientos no solo mediante el lenguaje verbal, sino también a través de la gestualidad, las acciones y la puesta en práctica de la empatía.

El pedagogo ruso Lev Vigotsky afirmaba que los contextos sociales son determinantes para el aprendizaje. En la medida en que una persona se desarrolla en ambientes donde fluye la conversación, la lectura, el intercambio de ideas y el acceso al conocimiento, se fortalecen sus capacidades lingüísticas y cognitivas. El lenguaje, en este sentido, no es únicamente una herramienta de comunicación, sino también un instrumento fundamental para el desarrollo del pensamiento.

No obstante, en la actualidad, enfrentamos nuevos desafíos. La cultura de la imagen y la inmediatez ha comenzado a desplazar, en muchos espacios, el uso reflexivo del lenguaje. Los mensajes breves, los emojis y la comunicación fragmentada dominan gran parte de nuestras interacciones cotidianas. A esto se suma el creciente uso de herramientas tecnológicas y de inteligencia artificial que, si bien ofrecen grandes posibilidades, también pueden llevarnos a eludir ciertos procesos de reflexión y elaboración mental.

Frente a este panorama, resulta fundamental recuperar el valor de la palabra como vehículo de pensamiento, diálogo y construcción colectiva del conocimiento. Leer, conversar, argumentar y escribir siguen siendo actividades esenciales para ampliar nuestra visión del mundo y fortalecer nuestra capacidad de comprenderlo.

En definitiva, las palabras no son simples sonidos o signos escritos. Son portadoras de historia, cultura y emociones. Con ellas construimos relatos, transmitimos saberes y establecemos vínculos con los demás. Reconocer su fuerza implica también asumir la responsabilidad de utilizarlas con conciencia, respeto y creatividad, pues en cada palabra que pronunciamos o escribimos se refleja, en cierta medida, la manera en que entendemos y habitamos el mundo.

Nuestra sala de lectura “Leyendo y Reconstruyendo” se suma a estos retos lectores. Mes con mes nos congregamos para conversar y reflexionar en torno al libro leído, generando un espacio de intercambio donde cada voz aporta una mirada distinta.

Este viernes trece de marzo, el texto Yo soy Malala será el pretexto perfecto para compartir ideas, emociones y reflexiones, así como para dialogar sobre las diversas percepciones que la lectura despierta en cada uno de nosotros.

Porque leer no solo implica recorrer las páginas de un libro, sino también abrir caminos para el diálogo, el pensamiento crítico y la construcción colectiva de significados. En ese encuentro con las palabras y con los otros, descubrimos que la lectura tiene el poder de transformar nuestra manera de mirar el mundo.

martes, 10 de marzo de 2026

Sembradío de lectores y escritores

























“Cada cual es hijo de sus obras”
Miguel de Cervantes Saavedra

E

ste pensamiento funciona como paratexto y puerta de entrada al presente escrito, cuyo propósito es rescatar algunos de los elementos personales que he experimentado durante la implementación de la estrategia estatal para el fomento de la lectura “Don Quijote nos invita a leer”.

Dicha estrategia surge en el año de 1998, inicialmente dirigida a la educación básica. Para el año 2002 logra consolidarse como un programa permanente y, a partir de 2005, amplía su alcance a todos los niveles educativos. Con ello se fortalece una política educativa que reconoce la lectura y la escritura como pilares fundamentales en la formación integral de los estudiantes.

La convocatoria tiene como objetivo central acercar a la población estudiantil, escolar y comunitaria a los múltiples beneficios que ofrecen la lectura y la escritura, entendidas como una dupla de habilidades superiores del pensamiento. Ambas prácticas no solo favorecen la adquisición de conocimientos, sino que también potencian la imaginación, el pensamiento crítico, la capacidad de análisis y la expresión de ideas.

Como docente en activo, pronto reconocí los múltiples beneficios de esta estrategia y procuré incidir en su implementación constante dentro de los espacios educativos donde tuve la oportunidad de colaborar. Mi propósito principal ha sido contribuir a la formación de lectores competentes, capaces no solo de comprender textos, sino también de plasmar mediante la escritura sus sueños, inquietudes e ideales, tanto aquellos que surgen de la realidad cotidiana como los que nacen de la imaginación.

La perseverancia en este empeño ha traído consigo valiosos frutos en mi desarrollo personal y profesional, y, por supuesto, en los distintos contextos educativos donde he tenido la fortuna de desempeñarme. Gracias a ello, continúo participando con entusiasmo en esta estrategia, atendiendo las diversas invitaciones que las autoridades educativas tienen a bien extenderme, al fungir como juez. 

Resulta especialmente gratificante observar las múltiples interacciones que se generan en torno a esta experiencia. Desde la cooperación entre pares,  hasta la inclusión activa de padres y abuelos, se crea un ambiente de participación comunitaria que fortalece el gusto por la lectura, además de tener la oportunidad de convivir con otros personajes de distintos contextos educativos.  De manera particular, conmueve el entusiasmo de los más pequeños, quienes, libro en mano y con la inocencia propia de su edad, nos comparten las innumerables aventuras descubiertas durante su travesía entre las páginas de un texto.

Por ello, extiendo mi reconocimiento y felicitación a las distintas autoridades educativas que dan seguimiento y continuidad a esta estrategia. El impacto que se genera puede compararse con un efecto multiplicador, donde el supervisor o inspector motiva a los directivos; estos, a su vez, impulsan a los docentes; los mentores influyen directamente en los estudiantes; y finalmente, los alumnos transmiten ese entusiasmo hacia su entorno familiar.

De esta manera, las bibliotecas continúan cobrando vida y los autores de diferentes épocas y géneros vuelven a dialogar con nuevas generaciones de lectores. Sus textos dejan de ser simples páginas impresas para convertirse en puentes de comunicación entre quien escribe y quien lee. En este proceso se alcanza una notable potencialización de las habilidades del pensamiento, pues se ponen en práctica las cuatro macrohabilidades fundamentales del lenguaje: escuchar, hablar, leer y escribir.

Finalmente, expreso también mi gratitud a quienes prestan su voz para narrar historias y permitirnos formar parte de ellas; a quienes, con el poder y la magia de la palabra, nos conducen a conocer otros mundos, a descubrir distintas realidades y a reconocer la inmensa capacidad creadora del lenguaje. Gracias a ellos, cada lectura se convierte en un encuentro, cada historia en una experiencia compartida y cada palabra en una semilla que puede germinar en la mente y en el corazón de quienes la escuchan o la leen.

Porque, en esencia, todo acto de lectura o de escritura implica un primer paso: atreverse a comenzar. Y como bien lo expresó Miguel de Cervantes Saavedra: “El momento más aterrador es justo antes de empezar.”

Quizá por ello, cada vez que abrimos un libro o tomamos la pluma para escribir, no solo iniciamos una actividad académica o cultural: iniciamos también la posibilidad de transformar nuestra mirada sobre el mundo y de dejar, a través de nuestras palabras, una huella propia. 



sábado, 7 de febrero de 2026

Cartografía del ser


https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/autor/maria-del-refugio-sandoval-2433


Por Cuquis Sandoval 

Desde hace algunos ayeres inicié en este maravilloso y sorprendente sendero de la literatura, y en esta travesía he encontrado tesoros invaluables, cuyo contenido no ha perdido su valía, sino que se encuentra en constante crecimiento. Es como si las letras fueran formando una escalinata que apunta hacia el infinito, intentando capturar la esencia del pensamiento y de las ideas para luego darles forma a través de los textos, que —al igual que la mar— continúan alimentándose del cauce de los ríos que desembocan en su inmensidad.

Este camino no solo implica voluntad y perseverancia en la formación y consolidación de hábitos; también demanda la construcción permanente de los pilares que dan cimiento y fortaleza a esta vocación. Entre ellos se encuentran los talleres literarios, los mentores que la vida ha puesto en mi ruta, los libros abordados y las múltiples historias, culturas y contextos que se revelan en cada lectura. Y, por supuesto, la poesía: esa sustancia invisible que sostiene el alma, nutre el espíritu y borda el mundo interior con hilos de sensibilidad y conciencia.

A todo ello se suman las valiosas personas con quienes comparto tertulias, retos, publicaciones y espacios de creación. En esos encuentros, cada texto se teje con hilado fino, con puntadas delicadas que van conformando una trama de voces, emociones y perspectivas, como una colorimetría que ilumina y expande el aura colectiva.

Cuando se me otorgó la distinción de nombrar este espacio en el periódico El Sol de Parral, muchos títulos rondaron por mi mente. Sin embargo, de pronto llegó uno, de manera espontánea, breve, conciso y cargado de significado: “Espejos del alma”. Un nombre que invita a la mirada retrospectiva y a la introspección; un lugar donde las palabras hurgan en los territorios más íntimos, incluso en aquellos rincones inhóspitos donde habitan la memoria, la emoción y la experiencia.

Y así, por varios años, he compartido palabras que nacen del silencio, del dolor, del asombro y de las muchas emociones que me acompañan en el diario vivir. Algunas son vivencias tan cercanas, que cuando constato que han traspasado los umbrales hacia los lectores, llenan el caleidoscopio de mi alma, de múltiples colores y formas. 

En Espejos del alma, cada texto emite sus propios reflejos, mismos que expanden  su luz sobre los paisajes interiores que todos habitamos. Aquí las memorias se transforman en voz, los recuerdos en presencia, y las emociones en agua viva  que intenta tocar otras orillas. Tal vez, en alguna línea, alguien se reconozca; tal vez, en alguna palabra, encuentre consuelo, compañía o sentido. Porque las letras, cuando nacen del corazón, no pertenecen a quien las escribe: se vuelven puente, eco y encuentro.

Agradezco a los lectores por brindar un tiempo y un espacio de pausa en medio del ajetreo. Deseo que cada entrega semanal siga siendo una invitación a mirarnos por dentro, a reconciliarnos con nuestras luces y sombras, y a descubrir que, en el fondo, todos compartimos la misma necesidad de comprender, de sentir y de trascender.

Y si en el trayecto alguna palabra logra iluminar un recuerdo, despertar una emoción dormida o sembrar una pequeña esperanza, entonces el propósito estará cumplido… porque el alma, al verse reflejada, también aprende a reconocerse, a abrazarse y a seguir su camino con un poco más de luz.

viernes, 6 de febrero de 2026

Todo tiene su tiempo


https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-todo-tiene-su-tiempo-28135755 

"Todo tiene su tiempo, y todo lo que se quiere debajo del cielo tiene su hora... tiempo de plantar y tiempo de arrancar lo plantado".

                                                                                                          Eclesiastés  3:1-2

Por Cuquis Sandoval Olivas

Con esta cita bíblica se despliega un sinfín de significados, precisamente por la bifurcación de caminos que propone; múltiples acepciones que varían de acuerdo con la perspectiva, el contexto y la situación específica desde la cual se mire. No se trata de una verdad única e inamovible, sino de una invitación constante a la interpretación, al discernimiento y a la lectura interior que cada etapa de la vida presenta.

Para este escrito, hago mención de diversas experiencias recientemente abordadas dentro de mi caminar por el aprendizaje: un sendero infinito en el que, una y otra vez, he encontrado tierra fértil y el tiempo propicio para sembrar. Ese acto de plantar —ideas, palabras, proyectos— ha dado lugar a una cosecha abundante, pues en la medida en que se exploran resquicios antes inadvertidos, comienzan a vislumbrarse nuevos horizontes de comprensión, más amplios y más luminosos.

El mes de enero del año en curso  es parte del pasado. Lo realizado a lo largo de estos treinta y un días responde, en gran medida, a nuestra  organización y al cronograma  personal de actividades trazadas. En mi caso, he logrado avanzar en algunos proyectos, otros permanecen en reposo —como semillas que aguardan su estación— y varios más han llegado a concretarse. Mi agenda se encuentra pletórica de ocupaciones ligadas en primera instancia con la familia, con las amistades y seguidamente con  la lectura,  escritura,  creación poética,  talleres,  cursos y otras labores afines que alimentan tanto el espíritu como el intelecto.

En nuestra sala de lecturas “Leyendo y Reconstruyendo”, terminamos el libro de “Sira” escrito por María Dueñas e iniciamos “Las cosas que no existen” de Enrique Servín. Estos espacios de interacción permiten estrechar lazos con autores, libros, contextos y así, cada texto se convierte en un  pretexto para seguir conviviendo y aprendiendo.  

Hice un alto en lo concerniente al ejercicio, una fractura en el dedito de mi pie izquierdo ha impuesto una pausa forzada en ciertas actividades habituales. El gimnasio, el cachibol y las visitas al Jardín del Abuelo han tenido que entrar en reposo temporalmente. Este alto inesperado, lejos de asumirse como una limitación absoluta, se ha convertido en una oportunidad: he podido intensificar aquellas tareas que realizo desde la comodidad de mi escritorio, al tiempo que me permito el descanso y el deleite de algunas series y películas en Netflix. Así, incluso en la inmovilidad parcial, el aprendizaje continúa, recordándome que siempre existen otros caminos para avanzar, aun cuando el paso deba ser más lento.


I

domingo, 18 de enero de 2026

Cuatro brechas generacionales


Señora Cira Sotelo Viuda de Olivas (1902-1996)


                                       Señora Patrocinio Olivas (1923-2018)

Carmen Ofelia Tarín Olivas (1948)
Cuquis Sandoval Olivas (1963


Dentro de mi quehacer literario participo semanalmente en distintas tertulias convocadas por Casa EyAM (Escritores y Artistas Mundiales), donde se nos invita a investigar sobre un tema determinado, compartirlo en una sesión y posteriormente difundirlo con los seguidores del canal de YouTube.

Cada una de las temáticas entraña un universo de conocimiento que debe delimitarse a cinco o seis minutos de participación, lo que convierte este ejercicio en un proceso de reestructuración del pensamiento que exige sintetizar y resumir la información recabada.

Cada uno de los embajadores selecciona el título de su ponencia de acuerdo con su experiencia y contexto, haciendo del grupo una suma de aportaciones que se enriquecen constantemente gracias a nuestra directora general, Ada Zaglalia, cuyo bagaje cultural es ampliamente reconocido.

Esta semana debimos abordar los gaps o diferencias entre generaciones, por lo que expuse cuatro generaciones familiares y sus principales contrastes contextuales.

Mi abuela nació en Balleza, Chihuahua, a inicios del siglo pasado (1902). No contó con acta de nacimiento, pues en ese tiempo no era un requisito indispensable; solo conocía su fecha de nacimiento a partir de los relatos orales. Esta generación es conocida como la Generación perdida, ya que nace en la antesala de la Primera Guerra Mundial y del inicio de la Revolución Mexicana. En aquel entonces no había escuelas, por lo que nunca aprendió a leer ni a escribir. Contrajo matrimonio con mi abuelo previo pedimento de mano por escrito, sin haber tenido contacto o acercamiento previo. Él engrosó las filas de Francisco Villa y peleó durante la Revolución Mexicana, circunstancias que agriaron su carácter y su trato hacia mi abuela.

Su vestimenta consistía en falda larga, medias gruesas, blusa de manga larga, trenzas y una pañoleta o gasa sobre la cabeza. Ningún médico la atendió durante sus partos; perdió a dos hijos por falta de atención a su salud. Solo conoció la ciudad más cercana, Hidalgo del Parral, Chihuahua; jamás viajó por placer y, aun así, tuvo una vida longeva que alcanzó los noventa y tres años.

La siguiente brecha generacional corresponde a mi madre. Nació en 1923, cuando el mundo se encontraba en proceso de reconstrucción tras la Primera Guerra Mundial; a esta generación se le conoce como la Generación grandiosa, pues, a pesar de los estragos vividos, resistieron también la Gran Depresión.

Las primeras alfabetizadoras comenzaron a impartir enseñanza en algunos cuartos de la iglesia del pueblo, por lo que mi madre aprendió a leer, escribir y realizar las operaciones matemáticas básicas. Solo cursó hasta segundo grado de primaria, ya que debió integrarse a las labores del hogar, ayudando a su madre con los quehaceres y el cuidado de sus hermanos.

Quedó a cargo de seis hijos sin un esposo que la apoyara, por lo que salió del pueblo y se desempeñó en trabajos domésticos: vendía comida, limpiaba casas, lavaba y planchaba ropa. Además, viajó como indocumentada a Estados Unidos para cuidar nietos. Su vestimenta fue distinta a la de su madre: usó ropa más moderna, aunque siempre falda o vestido, nunca pantalón.

El tercer salto generacional corresponde al nacimiento de mi hermana mayor, en 1948, quince años antes de mi llegada al mundo. El país se encontraba en plena expansión económica, política, cultural y social. La educación ya se había implementado en gran parte del territorio, lo que le permitió cursar la primaria. Posteriormente se incorporó al mundo laboral como empleada de tienda y en trabajos domésticos, contribuyendo desde muy temprana edad a los gastos del hogar.

Con ella comparto, además de amor, respeto y consanguinidad, el nombre de la generación Baby Boomers, aunque con diferencias sustanciales. El mundo atravesaba grandes transformaciones: cambios contractuales, cuestionamiento de las normas establecidas, revolución sexual y feminismo, luchas por los derechos sociales y transformaciones urbanas y económicas. Llegó la televisión y, en el ámbito local, ya se había instituido una secundaria por cooperación, lo que me permitió continuar mis estudios y posteriormente trasladarme a la ciudad para seguir formándome académicamente.

Con esta breve narrativa se presentan algunas de las diferencias generacionales, no solo en términos de denominación, sino desde la necesidad de reinterpretar los contextos, los valores predominantes y su expresión en el pensamiento y la acción.