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sábado, 31 de octubre de 2026

Historia, tradición y eternidad

 


Por Cuquis Sandoval Olivas

    Si hurgamos en las profundidades de la historia de la humanidad, encontramos que la muerte, por su carácter universal e inevitable, ha acompañado a todos los seres vivos desde el origen mismo de la existencia. Su presencia ha quedado plasmada en innumerables manifestaciones culturales y artísticas, desde las pinturas rupestres hasta las más complejas expresiones del arte contemporáneo.

    En lo que respecta a la literatura, me permito citar algunas obras que han abordado este enigma desde distintas perspectivas y matices, revestidos de géneros y subgéneros que transitan por lo fantástico, la ciencia ficción, el realismo mágico, el misterio y el terror, sin dejar de lado los enfoques filosóficos, existenciales y tanatológicos. Cada uno, de acuerdo con la intención de su autor, nos conduce por senderos donde convergen el miedo, la incertidumbre, la nostalgia y el anhelo de trascendencia.

    Entre las obras literarias más antiguas de la humanidad encontramos La epopeya de Gilgamesh (Mesopotamia, cuyas primeras composiciones se remontan aproximadamente al 2100 a. C.), que aborda la muerte, el dolor ante la pérdida de un ser querido y la incesante búsqueda de la inmortalidad. Por su parte, El Libro de los Muertos, difundido en el antiguo Egipto especialmente a partir de 1550 a. C., constituye un compendio de textos funerarios, plegarias y fórmulas destinadas a orientar al difunto en su tránsito hacia el más allá.

    Dando un salto en el tiempo, nos encontramos con los textos del Antiguo Testamento, donde aparece el Seol, concebido en diversos pasajes como una morada sombría de los muertos. Posteriormente, al trasladar nuestra mirada hacia Mesoamérica, descubrimos que diversos pueblos originarios poseían sus propias concepciones sobre la muerte y el inframundo. Entre ellas destaca el Mictlán, destino de determinados difuntos dentro de la cosmovisión mexica.

    Con la llegada de los españoles en el siglo XVI, arribó también la religión católica, difundida mediante la evangelización en la que participaron, entre otras órdenes, franciscanos y dominicos. El encuentro entre las creencias indígenas y las tradiciones religiosas europeas propició un complejo proceso de intercambios, adaptaciones y transformaciones culturales, cuyas huellas permanecen vivas en las diversas regiones de nuestra República mexicana.

    Es menester conocer nuestra historia, porque precisamente en ella se encuentran las raíces que alimentan esta folclórica, colorida y profundamente significativa tradición que celebramos, principalmente, los días primero y dos de noviembre.

    El Día de Muertos representa una amalgama de nostalgias, añoranzas, recuerdos y esperanzas, envuelta en símbolos que nos hablan de nuestras raíces y de la manera particular en que los mexicanos comprendemos la ausencia. Las flores de cempasúchil, las ofrendas, los alimentos, los altares, las veladoras, las calaveritas literarias, la música, las máscaras y los desfiles conforman un universo de expresiones culturales que, más allá de su belleza estética, nos permiten sentirnos próximos a quienes emprendieron el viaje eterno.

    Porque, en el fondo, cada altar guarda una historia; cada fotografía rescata un instante detenido en el tiempo; cada vela encendida parece desafiar a la oscuridad y cada flor depositada constituye un silencioso mensaje de amor dirigido a quienes, aunque ausentes físicamente, permanecen habitando los territorios de nuestra memoria.

    La ciencia, por su parte, ha sostenido una lucha constante y evolutiva por comprender los procesos biológicos del envejecimiento, combatir las enfermedades y prolongar la existencia humana. Los avances médicos, tecnológicos y científicos han permitido incrementar significativamente la esperanza de vida. En México, este indicador se estima en 75.9 años para 2026, mientras que en países como el Principado de Mónaco supera los 86 años, de acuerdo con datos recientes de organismos estadísticos nacionales e internacionales.

    Sin embargo, por más que la ciencia avance, la muerte continúa siendo una realidad inherente a nuestra condición humana. Podemos retrasar algunos de sus caminos, prevenir enfermedades y mejorar nuestra calidad de vida, pero todavía no hemos encontrado la fórmula que nos permita escapar definitivamente de ella.

    Este tema nos atañe a todos porque la muerte es nuestra eterna compañera, esa sombra inseparable que a veces parece ocultarse entre los pliegues de la cotidianidad, pero que termina por recordarnos su presencia. En ocasiones llega silenciosamente, después de una larga enfermedad; otras veces irrumpe de manera repentina, bajo el rostro de un accidente, una tragedia o cualquier otra circunstancia que interrumpe inesperadamente el curso de una vida.

    Y es precisamente esa incertidumbre la que nos enfrenta con nuestra propia fragilidad.
Generalmente vivimos inmersos en las preocupaciones de la vida cotidiana. Organizamos nuestras actividades, acumulamos pendientes y construimos proyectos inmediatos, mediatos y a largo plazo. Nos esforzamos por alcanzar metas que dan sentido a nuestra lucha y perseverancia; trabajamos para satisfacer nuestras necesidades básicas, adquirir bienes, emprender viajes y disfrutar de aquellos pequeños o grandes placeres que nos ofrece la existencia.

    En medio de esa carrera, con frecuencia olvidamos que el tiempo es un préstamo cuya fecha de vencimiento desconocemos.

    Posponemos abrazos, aplazamos encuentros, guardamos palabras de afecto para mejores ocasiones y dejamos para mañana aquello que bien podríamos realizar hoy. Nos comportamos como si la vida nos hubiera extendido un contrato indefinido, cuando en realidad ninguno de nosotros conoce la extensión de sus propias páginas.
Y, sin embargo, la muerte llega.

    Llega a pesar de los juegos, los chistes, las burlas y las calaveritas con las que intentamos restarle solemnidad. Llega sin consultar calendarios ni respetar nuestros proyectos. Y cuando toca de cerca nuestra puerta, cuando se lleva a alguien entrañable, aquella figura que parecía distante adquiere una dimensión profundamente humana y nos llena el alma de sobresalto.
Entonces comprendemos que la ausencia también tiene voz, que los silencios pueden pesar más que las palabras y que los recuerdos se convierten en refugios donde buscamos reencontrarnos con quienes ya no están.

    Quizá por eso nuestras tradiciones poseen un significado tan profundo: porque nos permiten transformar el dolor en memoria, la ausencia en presencia simbólica y la tristeza en una celebración de los vínculos que ni siquiera la muerte parece capaz de borrar.

    Disfrutemos, pues, nuestras tradiciones. Imprimámosles nuestro sello personal, no solamente porque así lo dicta la costumbre o porque los demás lo hacen, sino porque en ellas habitan nuestras raíces, nuestras creencias y esa esperanza de reencuentro que, para quienes profesan la fe cristiana, encuentra su expresión más profunda en la promesa de la resurrección.    

    Que cada altar sea un puente entre generaciones; que cada ofrenda constituya un testimonio de gratitud y que cada recuerdo se transforme en una semilla capaz de florecer en el corazón de quienes permanecemos.

    Porque tal vez la muerte consiga detener los latidos del corazón, pero no puede borrar las huellas de una vida que ha sabido sembrar amor. Y mientras exista alguien que pronuncie nuestro nombre con cariño, una parte de nuestra historia seguirá latiendo en la memoria de los vivos.


sábado, 24 de octubre de 2026

La visión de un maestro que trasciende generaciones






Maestro Carlos Ramírez Galaviz (ICATECH) y el Dr. Luis Alberto Colomo Chavoya


Por Cuquis Sandoval Olivas

 

    Reza un conocido refrán: «Honor a quien honor merece». Reconocer y agradecer son actos que trascienden las palabras, porque nacen de la memoria y se convierten en lazos que unen el pasado con el presente. Son hilos invisibles que vamos tejiendo a lo largo de nuestra existencia y que, con el paso del tiempo, adquieren un significado especial al descubrir que aquello que alguna vez pareció cotidiano dejó huellas profundas en nuestra manera de pensar, de sentir y de actuar.

 

    El doctor Luis Alberto Colomo Chavoya, profesor, investigador y consejero  del Instituto Marcaluss de Innovación y Transferencia, A. C., es una de esas personas cuya trayectoria merece ser reconocida, no solamente por sus aportaciones a la investigación, la ciencia y el desarrollo tecnológico, sino también por su capacidad para transformar el conocimiento en oportunidades de crecimiento colectivo.

 

    Durante la década de los setenta, laboró como docente en la Escuela Secundaria por Cooperación «5 de Febrero», en Balleza, Chihuahua. Desde entonces, siendo muy joven, dio muestras de una personalidad inquieta, reflexiva y profundamente vinculada con el pensamiento científico. Quienes tuvimos el privilegio de transitar por su aula recordamos su particular manera de enseñarnos que el conocimiento no conoce fronteras.

 

    Sin necesidad de salir de nuestro pequeño pueblo, nos condujo por los caminos de la historia universal, nos acercó a la cuna de la civilización griega y nos permitió conocer el pensamiento de sus grandes filósofos. Sus enseñanzas fueron mucho más allá de los contenidos escolares: despertaron nuestra curiosidad, ampliaron nuestros horizontes y sembraron en nuestra mente y corazón el deseo permanente de aprender.

 

    Con el tiempo, su trayectoria profesional tomó nuevos rumbos. Aunque se alejó de las aulas, nunca abandonó su vocación formadora. Continuó investigando y contribuyendo al desarrollo del sector empresarial en Ciudad Juárez, fortaleciendo una visión crítica e innovadora sobre la relación que debe existir entre la educación, la ciencia, la tecnología y el mundo laboral.

 

    Sus experiencias, lecturas y viajes por diferentes lugares del mundo le permitieron conocer los fundamentos y alcances de los clústeres, modelos de colaboración que articulan esfuerzos entre instituciones educativas, empresas y otros sectores de la sociedad para alcanzar objetivos comunes.

 

    Fue así como comenzó a gestarse una idea ambiciosa y profundamente significativa: establecer vínculos de cooperación entre el sector empresarial de Ciudad Juárez y las instituciones educativas y la población de Balleza, aquella comunidad que décadas atrás lo había acogido en sus primeros años de ejercicio docente.    

 

    El proyecto no surgió de la improvisación. Fueron necesarios cuatro años de planeación estratégica, acercamientos institucionales, construcción de acuerdos y perseverancia para dar forma a una iniciativa que finalmente adquirió personalidad jurídica mediante su constitución ante notario como Clúster de Educación y Desarrollo, A. C.

 

    Esta asociación busca integrar los esfuerzos de instituciones educativas, empresas y especialistas a través de una comunidad multidisciplinaria de conocimiento, orientada a la innovación, la investigación, la formación académica y el desarrollo tecnológico.
Entre las instituciones y organizaciones vinculadas con esta iniciativa se encuentran la Universidad Tecnológica de Parral, la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, el Instituto Tecnológico de Ciudad Juárez, la comunidad docente del municipio de Balleza, Tamuse Systems Technologies Solutions, el Centro de Acopio y Procesamiento de Residuos Alimenticios, el Instituto Marcaluss de Innovación y Transferencia, Placara, S. A. de C. V., y Productos Lácteos ALE, S. de R. L. de C. V.

 

    Uno de los aportes más relevantes del doctor Colomo Chavoya es la creación de la metodología DMILC (Desarrollo Humano, Miscelánea Cognitiva, Investigación, Lecturas, Ciencia y Tecnología), cuyos contenidos, objetivos de aprendizaje y materiales ha puesto a disposición del Clúster, otorgándole su titularidad.

 

    Esta propuesta formativa pretende atender deficiencias pedagógicas, fortalecer las capacidades cognitivas y promover una educación integral que vincule el desarrollo humano con la investigación, la lectura, la ciencia y la tecnología. Su propósito constituye un desafío importante: contribuir a que las nuevas generaciones dispongan de mejores herramientas para desenvolverse en un mundo cada vez más complejo y exigente.

 

    En este proceso también ha sido significativo el apoyo y respaldo del C. Jesús Augusto Medina Aguirre, entonces presidente municipal de Balleza, cuya participación favoreció el impulso de esta iniciativa.

 

    Hoy, el proyecto continúa avanzando hacia nuevas posibilidades de colaboración. El próximo 12 de noviembre de 2026 está prevista la firma de un convenio con el Instituto de Capacitación para el Trabajo del Estado de Chihuahua (ICATECH), acontecimiento que representa una oportunidad para fortalecer la vinculación entre la formación académica, la capacitación laboral y las necesidades de desarrollo de las comunidades.

 

    Pudiera pensarse que quienes trabajan en proyectos sociales en beneficio de los sectores más vulnerables de la población, haciendo del altruismo y el compromiso social una verdadera vocación de servicio, permanecen invisibles ante los ojos de la sociedad. Sin embargo, hay esfuerzos cuya trascendencia logra romper las barreras del anonimato y alcanzar el merecido reconocimiento. Prueba de ello es el Doctorado Honoris Causa, una de las máximas distinciones honoríficas académicas, otorgado recientemente por la Federación Internacional de Especialistas en una ceremonia celebrada en la capital del estado.    

     

    Este invaluable reconocimiento reviste especial significado, pues constituye un testimonio del esfuerzo, la perseverancia, la sensibilidad humana y el compromiso social que han acompañado la gestación y el desarrollo de un proyecto de gran trascendencia, cuya noble finalidad es tender puentes entre la educación, la ciencia, la innovación y el desarrollo comunitario. Es también un reconocimiento a la convicción de que el conocimiento y la voluntad de servir pueden convertirse en poderosas herramientas de transformación social, capaces de abrir caminos de esperanza y generar mejores oportunidades para quienes más lo necesitan.

 

    En lo personal, me siento profundamente afortunada de haber sido alumna del doctor Luis Alberto Colomo Chavoya. Han transcurrido varias décadas desde aquellos años de secundaria y, sin embargo, la semilla que depositó en el jardín de mi alma juvenil continúa germinando y dando frutos. Sus enseñanzas permanecen vivas en mi vocación por la lectura, la escritura, el aprendizaje y el servicio a los demás.

 

Me congratulo, además, de formar parte de este proyecto que hoy reúne voluntades y abre caminos de esperanza. Conozco y reconozco el esfuerzo, la perseverancia y el trabajo incansable que implica establecer conexiones, vencer obstáculos y encontrar los mecanismos necesarios para convertir una idea en una realidad tangible.
Resulta especialmente conmovedor comprender que aquel joven maestro que nos enseñaba a descubrir el mundo desde un salón de clases en Balleza, hoy busca acercar ese mismo mundo de conocimientos, ciencia y oportunidades a las nuevas generaciones de nuestra comunidad.

 

    Porque la verdadera grandeza de un educador no se mide únicamente por los conocimientos que transmite, sino por aquello que sus alumnos son capaces de construir después de haber aprendido de él.

 

    Doctor Luis Alberto Colomo Chavoya: reciba mi reconocimiento, gratitud y admiración por una vida dedicada a sembrar conocimiento, tender puentes y abrir horizontes.

 

    Que este Clúster de Educación y Desarrollo sea una muestra perdurable de que los sueños, cuando se acompañan de visión, perseverancia y compromiso social, pueden transformarse en oportunidades para muchos.

 

    Y que las semillas sembradas ayer continúen floreciendo mañana, porque el legado más valioso de un maestro no termina cuando abandona las aulas: permanece vivo en cada generación que encuentra, gracias a sus enseñanzas, nuevos caminos para aprender, crecer y transformar su realidad.

domingo, 18 de octubre de 2026

Entre libros


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https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-entre-libros-32651491


    Ser mediadora de lectura representa un desafío constante y, al mismo tiempo, una de las experiencias más enriquecedoras de mi vida. Implica mantenerse en permanente búsqueda e interacción con las diversas manifestaciones literarias, pero, sobre todo, asumir el compromiso de despertar en los demás el interés por descubrir los innumerables beneficios que nos ofrece la lectura.

    Mediar es compartir tiempo, experiencias, conocimientos y sensibilidades; es sembrar la curiosidad por descubrir los secretos que se esconden entre las páginas de un libro. Es despertar el deseo de profundizar en su contenido, analizar el contexto histórico y cultural, adentrarse en la trama, recorrer sus escenarios y descubrir la complejidad de los personajes, con sus virtudes, contradicciones y sentimientos.

    La lectura constituye una extraordinaria expansión de los sentidos . Nos enseña a mirar con otros ojos, percibir aromas de lugares desconocidos, escuchar voces que emergen del silencio de las páginas y experimentar emociones que trascienden nuestra realidad. Entre líneas podemos reír, llorar, estremecernos, sentir angustia, asombro o esperanza. Nos convertimos en cómplices de los personajes, anticipamos sus decisiones e imaginamos desenlaces.

La mediación lectora es voluntaria , requiere convicción, sensibilidad y compromiso. Antes de invitar a otros a recorrer los senderos de la literatura, resulta indispensable reconocer los beneficios que hemos recibido de ella. No se trata únicamente de acumular conocimientos, sino de ampliar nuestra comprensión del mundo , acercarnos a otras épocas y culturas, cuestionar nuestras certezas y desarrollar una mirada más humana y crítica ante la realidad.

    Cada obra representa una oportunidad para dialogar con su autor , incluso cuando nos separan siglos o continentes. De ahí la importancia de cultivar nuestra propia experiencia lectora, pues, como expresa el dicho popular: “Nadie da lo que no tiene”.

Sin embargo, también comprendió que ser mediadora no significa imponer interpretaciones ni transmitir respuestas definitivas, sino propiciar preguntas, encuentros y descubrimientos . Es tender puentes entre los libros y las personas, abrir caminos y construir andamios que permitan a cada lector avanzar a su propio ritmo, reconociendo que ninguna experiencia lectora es idéntica a otra.

    Mi acercamiento a la lectura comenzó desde muy temprana edad, cuando descubrí aquel universo maravilloso, sembrado de jardines de letras donde la imaginación florecía sin límites. Posteriormente, mi profesión docente me permitió encontrar tierra fértil para extender esos horizontes y compartir con numerosas generaciones el placer de leer, imaginar y reflexionar.

    En las aulas confirmé que un libro puede convertirse en una ventana hacia lo desconocido, pero también en un espejo donde reconocemos fragmentos de nuestra existencia. Comprender que enseñar a leer constituye apenas el comienzo de una tarea más profunda: encontrar sentido en las palabras y reconocer su capacidad para transformar el pensamiento.

    Hoy, a nueve años de mi jubilación, descubro con satisfacción que mi vocación no se concluyó al cerrar las puertas del aula. Por el contrario, encontré nuevos senderos y oportunidades para continuar compartiendo aquello que ha dado significado a una parte esencial de mi vida.

    Así nació la Sala de Lectura “Leyendo y Reconstruyendo” , nombre que expresa movimiento y transformación. Leer es interpretar, relacionar, cuestionar y construir significados; reconstruir supone recuperar recuerdos, confrontar experiencias y modificar percepciones. Cada nueva lectura dialoga con nuestros conocimientos previos y nos ofrece la posibilidad de comprender de otra manera el mundo que habitamos.

    En este espacio hemos compartido más de sesenta libros de diversos géneros literarios, escritos por autores de distintos países y continentes. Sin embargo, su mayor riqueza no radica solamente en la cantidad de obras leídas, sino en las conversaciones que han surgido alrededor de ellas, en las opiniones que se entrelazan, los recuerdos que afloran y las emociones que encuentran un espacio para expresarse.

    Descubrió que una misma historia puede provocar interpretaciones distintas e incluso contrapuestas. Precisamente ahí reside uno de los mayores encantos de la literatura : comprender que no exige uniformidad de pensamiento, sino apertura para escuchar, dialogar y reconocer la mirada del otro.

    También he aprendido que la mediación es un ejercicio de reciprocidad . Aunque mi propósito sea acercar a los participantes al universo de los libros, en cada encuentro enseñanza recibos que enriquecen mi propia formación. Así, lejos de considerarme una autoridad absoluta, me reconozco como una lectora más, dispuesta a aprender y dejarme sorprender.

    Con el tiempo, nuestros encuentros han trascendido el análisis literario para convertirse en espacios de convivencia, confianza y pertenencia. Entre páginas y conversaciones hemos vínculos tejidos afectivos, experiencias compartidas y fortalecido esa necesidad profundamente humana de encontrarnos a través de la palabra.

    Al mirar el camino recorrido, comprendiendo que la mediación lectora no se mide exclusivamente por el número de participantes o las obras concluidas. Su verdadero alcance puede manifestarse en alguien que descubre el placer de leer, una persona que se atreve a expresar su opinión o un lector que, después de cerrar un libro, ya no contempla la realidad de la misma manera.

    No pretendo que todos amen los mismos libros ni encuentren en ellos las respuestas que yo he descubierto. Mi mayor aspiración es que cada persona tenga la oportunidad de acercarse a la literatura , elegir sus propios caminos y reconocer en la palabra escrita una posibilidad de libertad, conocimiento y encuentro consigo misma.

sábado, 10 de octubre de 2026

Ser poeta



Por Cuquis Sandoval Olivas

    Quien escribe poesía se convierte en guardián de la belleza, tejedor de sueños y bordador de versos que ofrecen catarsis al alma. Es como un fotógrafo de lo invisible : retrata sentimientos y emociones, revela sus luces y sus sombras, y los viste de esperanza, de denuncia, de memoria y de amor.

    El poeta es también un arquitecto que construye puentes entre lo tangible y lo invisible; una voz que concede alas a las palabras para que levanten el vuelo, crucen fronteras y resuenen en otros espacios, en otros tiempos, en otros corazones. Cada poema firmado es un pacto con lo infinito, un desafío lanzado al tiempo y al olvido. En cada verso, en cada estrofa, se deposita un fragmento de eternidad, tejido en el aire con los hilos del lenguaje y adornado con los matices del ritmo y la armonía.

    Para quien escribe poesía , el punto final no existe. Cuando un poema parece concluir, otros comienzan a germinar en la mente, porque todo cuanto nos rodea puede transformarse en materia poética: el rumor de la lluvia, una ausencia, la voz de la memoria, la herida, el júbilo, la injusticia o el temblor de una mirada. Ya sea mediante las formas clásicas, el verso blanco o el verso libre, la poesía encuentra siempre un cauce por donde respirar.

Escribir poesía es un ejercicio constante de expresión, una ceremonia íntima en la que se lavan y sanan los dolores, las heridas y las afrentas. Es descender a los territorios más hondos del ser para rescatar aquello que parecía perdido y devolverlo convertido en luz. Pero también es vestir las palabras de gala y acudir con ellas a un festín literario preparado en su honor, donde cada metáfora enciende una lámpara y cada imagen abre una ventana hacia lo inesperado.

    El poema es fuego , porque abre, ilumina y transforma. Es agua , porque sacia la seda del espíritu y devuelve vida a los paisajes interiores. Es viento , porque viaja, se rebela contra el silencio y se resiste al olvido. Es tierra fecunda donde la memoria hunde sus raíces, y es universo en expansión : latido convertido en verbo, emoción transfigurada en sustantivo, misterio que busca un nombre sin dejar de ser misterio.

    Es tempestad que fluye entre ritmos y silencios; relámpago que alumbra por un instante aquello que permanecía oculto. Es eco del alma , espacio de introspección y espejo donde el ser humano contempla su propia hondura. Allí, entre pausas y palabras, se escucha el murmullo de lo que somos, de lo que fuimos y de aquello que todavía soñamos llegar a ser.

    La poesía es la esencia del ser y del estar, del sentir, del hacer y del escribir. Convierte las ideas en melodías y los pensamientos en pulsaciones rítmicas capaces de alcanzar al lector o al oyente, de tocar su sensibilidad y abrir canales de comunicación allí donde antes solo había distancia. Un poema puede ser puente, abrazo, grito, plegaria o semilla; puede nombrar la herida y, al nombrarla, comenzar a curarla.

    El poeta es raíz que se extiende bajo la tierra, sostén y fortaleza del árbol de la vida. Es tronco que guarda las cicatrices de los años; rama que se eleva en busca de otros cielos; hoja donde la luz escribe sus mensajes. Es color y belleza impresos en cada verso, sombra y cobijo para quien se acerca a leer. Sus palabras, como frutos maduros, alimentan la memoria y dejan semillas en el corazón de los demás.

    Porque la poesía es, en sí misma, una casa de puertas abiertas : un refugio de palabras donde el fuego interior encuentra su propia voz. En ella caben la alegría y la pérdida, el amor y el desencanto, la rebeldía y la esperanza. Y quien entra en esa casa nunca sale siendo el mismo, pues lleva consigo un eco que habrá de acompañarlo más allá de las páginas.

    Ser poeta es escuchar ese eco, darle cuerpo y permitir que resuene a través del tiempo. Es convertir la fugacidad de la vida en una forma de eternidad .

    Pero para ser poeta , primero hay que descubrir la poesía , aprender a amarla, vibrar bajo sus versos, estremecerse ante el mensaje y conocer a sus creadores. Porque quien escribe poesía, es un artesano de la palabra.

domingo, 4 de octubre de 2026

Más allá del sol (25 de marzo de 1952-29 de septiembre 2026)


Sus señores padres
Sus padrinos de bautizo: Sr. Felix Villanueva ((†)) y María Luisa Hinojos ((†)).


Manuel, Humberto, Martha, Raúl 
((†)), Jesús ((†)), Fernando, María dolores, Lucía Fernández Villalobos  y sus señores padres. 
Reunión familiar en Balleza, Chihuahua en el año 2020

Reencuentro de compañeros de secundaria: Amparo Medina y Ángel Garfio

Celebrando su 72 aniversario de vida
En su 73 aniversario.

Fotografías proporcionadas por la maestra María Dolores Fernández Villalobos
Por Cuquis Sandoval Olivas

    Al crecer en un pueblo pudiera pensarse que los límites geográficos son pequeños; sin embargo, la expansión de los afectos no conoce fronteras: se extiende hacia el horizonte y, muchas veces, alcanza el mismo cielo.

    La comunidad de Balleza, Chihuahua, sigue latiendo en el corazón y en el pensamiento de cada uno de sus paisanos porque, aunque la vida nos haya deparado caminos distintos y algunos nos hayan llevado lejos del terruño, los recuerdos se encargan de mantener vivos los vínculos, los afectos y ese profundo sentido de pertenencia que el tiempo y la distancia no consiguen borrar. Por el contrario, muchas veces los engrandecen.

    Vivimos con intensidad y cercanía las alegrías de nuestros coterráneos, pero también hacemos nuestras sus tristezas. Sabemos que cada persona que se adelanta en el camino se lleva consigo una parte de nuestra propia historia, porque en el entramado de la vida comunitaria hemos ido tejiendo memorias compartidas que permanecen y vibran en las palabras, en las anécdotas, en las fotografías y hasta en el recuerdo de cada calle, cada casa, cada sendero y cada rincón transitado.

    Recientemente entregamos a la madre tierra a un ballezano muy querido y apreciado por la comunidad: Jesús Inés Fernández Villalobos, mejor conocido como “Churris”. 

    La noticia de su partida cimbró muchos corazones. Fue inesperada. Jesús no se encontraba enfermo, no estaba hospitalizado ni atravesaba un largo padecimiento. La vida simplemente cerró su ciclo de manera serena. Se fue tranquilo, casi en silencio, dejando tras de sí el desconcierto propio de aquellas despedidas para las que nadie alcanza a prepararse.

    El eco de los lamentos, los suspiros y las expresiones de cariño por su pérdida inundó las redes sociales y las conversaciones de quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Cada mensaje parecía confirmar algo que quizá él mismo nunca dimensionó del todo: cuánto cariño había sembrado a lo largo de su existencia.

    Proveniente de una familia numerosa, dejó Balleza durante su juventud para recorrer otros caminos; sin embargo, con el paso de los años volvió con mayor fuerza y arraigo a sus raíces. Regresó al pueblo no solamente de manera física, sino también desde el afecto, desde el deseo de reencontrarse con su gente y desde ese sentimiento profundo que hace que uno vuelva siempre al lugar al que verdaderamente pertenece.

    Se integró nuevamente a la vida cotidiana de la comunidad: a jugar béisbol, a compartir anécdotas, chistes y recuerdos; a encontrarse con amigos y conocidos; a conversar sobre aquellos tiempos que permanecían intactos en la memoria. También dedicó tiempo y esfuerzo al cuidado de la huerta de su hermana Lucía, dejando en ella sus manos, su trabajo y su paciencia. Cada fruto sembrado y cada cosecha levantada llevaron algo de su dedicación, como si también en la tierra fuera dejando pequeñas huellas de su paso por la vida.

    Muchas fueron las emociones que inundaron el ambiente al momento de despedirlo y entregarlo nuevamente a la tierra de la que alguna vez surgieron sus primeros pasos. Dolía profundamente ser testigos del sufrimiento de su familia y comprender el vacío que comenzaba a abrirse con su ausencia.

    Pero, entre el dolor, también resultó reconfortante escuchar de voz de sus hermanos y de su sobrina cuánto amor profesó Jesús por la vida, por su familia, por los animales y por cada una de las personas de su pueblo. Sus palabras fueron revelando al hombre sencillo que supo encontrar riqueza en aquello que para otros pudiera parecer cotidiano: una conversación, una broma, un juego de béisbol, una tarde en la huerta, la compañía de los suyos o el encuentro inesperado con algún amigo.

    Jesús Inés vivió con plenitud. Supo disfrutar el regalo de cada día, los amaneceres que iluminaban las montañas, el encanto de los atardeceres, el cambio de las estaciones, la tierra húmeda, los frutos naciendo de la huerta y, sobre todo, el crecimiento y la cercanía de su familia.

    Tal vez ahí radique una de las enseñanzas más grandes que deja su partida: la vida no siempre necesita acontecimientos extraordinarios para ser valiosa. A veces su grandeza se encuentra precisamente en haber sabido vivirla, compartirla y disfrutarla.

El humor fue uno de sus mejores aliados. Con la broma oportuna, la sonrisa franca y el afecto hacia los demás tendió puentes de simpatía, solidaridad y amistad tan fuertes que hoy su ausencia parece abrir una grieta en el paisaje afectivo de Balleza.

Porque hay personas cuya presencia se vuelve parte de la cotidianidad de un pueblo. Parecen formar parte de sus calles, de sus reuniones, de sus historias y hasta de sus silencios. Solo cuando parten comprendemos que también ellas eran parte del paisaje.

    En nombre de mi querida comunidad hago patente nuestra solidaridad con su familia en estos momentos de profundo dolor y dejo estas palabras como un sencillo obituario en memoria de Jesús Inés Fernández Villalobos.

    Sé de antemano que estas letras  no   disminuirán la tristeza, porque existen ausencias para las que ninguna palabra resulta suficiente. Deseo  solamente abrazar con la memoria a quienes hoy lo extrañan y recordar que un ser humano no desaparece mientras permanezca viviendo en el corazón de quienes lo amaron.

    Jesús se fue sin prolongadas despedidas, sin habitaciones de hospital, sin una enfermedad que poco a poco fuera apagando su existencia. Se fue tranquilo, después de haber vivido, reído, amado, sembrado, cosechado y compartido. Quizá la muerte lo encontró precisamente así: viviendo.

    Y aunque hoy su familia y su pueblo miren con tristeza el lugar que ha quedado vacío, habrá muchas maneras de volver a encontrarlo: en una anécdota que provoque una sonrisa, en el eco de alguna broma o en la sombra generosa de un árbol. Entonces comprenderemos que algunas personas no se marchan del todo: se convierten en recuerdo, se vuelven raíz y se transforman en historia.  

    Y cuando llegue algún atardecer especialmente hermoso sobre los cerros de Balleza, quizá alguien levante la mirada y piense que Jesús simplemente emprendió otro camino, uno que esta vez conduce más allá del sol.

    Descanse en paz Jesús Inés Fernández Villalobos. Que la tierra de Balleza, la misma que tanto quiso y a la que regresó una y otra vez, lo  haya recibido con la ternura de una madre. Y que allá, donde ya no existen despedidas, siga sonriendo, contando historias y contemplando eternamente los amaneceres.



sábado, 3 de octubre de 2026

México, revolución y conciencia



Del latín, revolución es una "vuelta",

 al orden de un sistema ya en decadencia.

 Romper estructuras, encender  revuelta

 contra el poder que impone brutal violencia.


Porfiriato: crisis en lo nacional,

 opresión que daña a los desposeídos.

 Ya sin el yugo virreinal colonial,

 una nueva lucha gritan los vencidos.


Tienda de raya, haciendas, latifundistas,

 abusos que arrastran al pobre más pobre.

 Sin tierra, ni amparo, ni leyes previstas,

 sin voz ni justicia digna para el hombre.


El Plan de San Luis proclama don Madero,

 llama a tomar las armas con esperanza.

 “No reelección”,  mensaje verdadero,

 lo lleva a presidir con luz y confianza.


Desazón que llevó a  trágica decena

Félix Díaz y Bernardo  confabulan

Huerta traiciona y de sangre es la condena

y al tomar el poder, las leyes se anulan.


Pancha Villa  avanza con voz decidida

 Zapata clama justicia en  sur ardiente

 “Alcohol mata al pobre, no da salida”

 Tierra y Libertad, gritaba así  la gente


 Carranza instaura: Plan de Guadalupe fiel

 desde tierras norteñas alza  protesta

 los campos teñidos de verde laurel 

 la sangre regada,  causa manifiesta


 Derrota a Zapata y  Villa en el combate

 llega al poder con la ley como  bandera

 reforma la Constitución, fiel debate

 y promulga la justicia que se espera


Por eso al preguntar qué se celebra hoy

responde con orgullo: inicia  jornada

lucha por justicia,  patria y lo que soy,

prendieron la llama: ¡libertad ganada!