Sus señores padres
Sus padrinos de bautizo: Sr. Felix Villanueva ((†)) y María Luisa Hinojos ((†)).
Manuel, Humberto, Martha, Raúl ((†)), Jesús ((†)), Fernando, María dolores, Lucía Fernández Villalobos y sus señores padres.
Reunión familiar en Balleza, Chihuahua en el año 2020
Por Cuquis Sandoval Olivas
Al crecer en un pueblo pudiera pensarse que los límites geográficos son pequeños; sin embargo, la expansión de los afectos no conoce fronteras: se extiende hacia el horizonte y, muchas veces, alcanza el mismo cielo.
La comunidad de Balleza, Chihuahua, sigue latiendo en el corazón y en el pensamiento de cada uno de sus paisanos porque, aunque la vida nos haya deparado caminos distintos y algunos nos hayan llevado lejos del terruño, los recuerdos se encargan de mantener vivos los vínculos, los afectos y ese profundo sentido de pertenencia que el tiempo y la distancia no consiguen borrar. Por el contrario, muchas veces los engrandecen.
Vivimos con intensidad y cercanía las alegrías de nuestros coterráneos, pero también hacemos nuestras sus tristezas. Sabemos que cada persona que se adelanta en el camino se lleva consigo una parte de nuestra propia historia, porque en el entramado de la vida comunitaria hemos ido tejiendo memorias compartidas que permanecen y vibran en las palabras, en las anécdotas, en las fotografías y hasta en el recuerdo de cada calle, cada casa, cada sendero y cada rincón transitado.
Recientemente entregamos a la madre tierra a un ballezano muy querido y apreciado por la comunidad: Jesús Inés Fernández Villalobos, mejor conocido como “Churris”.
La noticia de su partida cimbró muchos corazones. Fue inesperada. Jesús no se encontraba enfermo, no estaba hospitalizado ni atravesaba un largo padecimiento. La vida simplemente cerró su ciclo de manera serena. Se fue tranquilo, casi en silencio, dejando tras de sí el desconcierto propio de aquellas despedidas para las que nadie alcanza a prepararse.
El eco de los lamentos, los suspiros y las expresiones de cariño por su pérdida inundó las redes sociales y las conversaciones de quienes tuvieron la fortuna de conocerlo. Cada mensaje parecía confirmar algo que quizá él mismo nunca dimensionó del todo: cuánto cariño había sembrado a lo largo de su existencia.
Proveniente de una familia numerosa, dejó Balleza durante su juventud para recorrer otros caminos; sin embargo, con el paso de los años volvió con mayor fuerza y arraigo a sus raíces. Regresó al pueblo no solamente de manera física, sino también desde el afecto, desde el deseo de reencontrarse con su gente y desde ese sentimiento profundo que hace que uno vuelva siempre al lugar al que verdaderamente pertenece.
Se integró nuevamente a la vida cotidiana de la comunidad: a jugar béisbol, a compartir anécdotas, chistes y recuerdos; a encontrarse con amigos y conocidos; a conversar sobre aquellos tiempos que permanecían intactos en la memoria. También dedicó tiempo y esfuerzo al cuidado de la huerta de su hermana Lucía, dejando en ella sus manos, su trabajo y su paciencia. Cada fruto sembrado y cada cosecha levantada llevaron algo de su dedicación, como si también en la tierra fuera dejando pequeñas huellas de su paso por la vida.
Muchas fueron las emociones que inundaron el ambiente al momento de despedirlo y entregarlo nuevamente a la tierra de la que alguna vez surgieron sus primeros pasos. Dolía profundamente ser testigos del sufrimiento de su familia y comprender el vacío que comenzaba a abrirse con su ausencia.
Pero, entre el dolor, también resultó reconfortante escuchar de voz de sus hermanos y de su sobrina cuánto amor profesó Jesús por la vida, por su familia, por los animales y por cada una de las personas de su pueblo. Sus palabras fueron revelando al hombre sencillo que supo encontrar riqueza en aquello que para otros pudiera parecer cotidiano: una conversación, una broma, un juego de béisbol, una tarde en la huerta, la compañía de los suyos o el encuentro inesperado con algún amigo.
Jesús Inés vivió con plenitud. Supo disfrutar el regalo de cada día, los amaneceres que iluminaban las montañas, el encanto de los atardeceres, el cambio de las estaciones, la tierra húmeda, los frutos naciendo de la huerta y, sobre todo, el crecimiento y la cercanía de su familia.
Tal vez ahí radique una de las enseñanzas más grandes que deja su partida: la vida no siempre necesita acontecimientos extraordinarios para ser valiosa. A veces su grandeza se encuentra precisamente en haber sabido vivirla, compartirla y disfrutarla.
El humor fue uno de sus mejores aliados. Con la broma oportuna, la sonrisa franca y el afecto hacia los demás tendió puentes de simpatía, solidaridad y amistad tan fuertes que hoy su ausencia parece abrir una grieta en el paisaje afectivo de Balleza.
Porque hay personas cuya presencia se vuelve parte de la cotidianidad de un pueblo. Parecen formar parte de sus calles, de sus reuniones, de sus historias y hasta de sus silencios. Solo cuando parten comprendemos que también ellas eran parte del paisaje.
En nombre de mi querida comunidad hago patente nuestra solidaridad con su familia en estos momentos de profundo dolor y dejo estas palabras como un sencillo obituario en memoria de Jesús Inés Fernández Villalobos.
Sé de antemano que estas letras no disminuirán la tristeza, porque existen ausencias para las que ninguna palabra resulta suficiente. Deseo solamente abrazar con la memoria a quienes hoy lo extrañan y recordar que un ser humano no desaparece mientras permanezca viviendo en el corazón de quienes lo amaron.
Jesús se fue sin prolongadas despedidas, sin habitaciones de hospital, sin una enfermedad que poco a poco fuera apagando su existencia. Se fue tranquilo, después de haber vivido, reído, amado, sembrado, cosechado y compartido. Quizá la muerte lo encontró precisamente así: viviendo.
Y aunque hoy su familia y su pueblo miren con tristeza el lugar que ha quedado vacío, habrá muchas maneras de volver a encontrarlo: en una anécdota que provoque una sonrisa, en el eco de alguna broma o en la sombra generosa de un árbol. Entonces comprenderemos que algunas personas no se marchan del todo: se convierten en recuerdo, se vuelven raíz y se transforman en historia.
Y cuando llegue algún atardecer especialmente hermoso sobre los cerros de Balleza, quizá alguien levante la mirada y piense que Jesús simplemente emprendió otro camino, uno que esta vez conduce más allá del sol.
Descanse en paz Jesús Inés Fernández Villalobos. Que la tierra de Balleza, la misma que tanto quiso y a la que regresó una y otra vez, lo haya recibido con la ternura de una madre. Y que allá, donde ya no existen despedidas, siga sonriendo, contando historias y contemplando eternamente los amaneceres.
No hay comentarios:
Publicar un comentario
Bienvenido a mi blog, no te retires sin dejar tus comentarios.