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viernes, 3 de abril de 2026

En nuestro aniversario

                                        




























































En nuestro aniversario

Por Cuquis Sandoval Olivas

Tres de abril de 1982: el día en que caminamos juntos hacia el altar. Ese momento en el que, mirándonos a los ojos, hicimos promesas de amor sostenidas por la fuerza y el vigor de la juventud, por el impulso de la pasión y por la certeza —tan firme entonces como hoy— de haber elegido a la persona ideal para compartir la vida en esa gran aventura llamada matrimonio.

Han transcurrido cuarenta y cuatro años. Si quisiéramos encerrar el tiempo en cifras, diríamos: cinco hijos y diez nietos, que se erigen como el más hermoso testimonio de nuestro paso por el mundo. También nos acompañan cientos de fotografías, fieles guardianas de instantes que intentaron capturar la esencia de lo vivido; piezas de un inmenso rompecabezas que, al reconstruirlo, revela cómo el tiempo ha difuminado algunos recuerdos, aunque jamás ha borrado lo esencial.

Porque, a pesar de los años, permanecen vivas las experiencias que nos han marcado. Sabemos que no hemos sido perfectos porque  —la perfección no habita en lo humano—, pero sí hemos aprendido a moldearnos, a comprendernos y a ajustarnos a las necesidades del otro. En esa negociación constante, en ese dar y recibir, se han ido forjando los cimientos que sostienen nuestra relación, alimentada por la siembra y puesta en práctica de valores universales, como el respeto, la responsabilidad y muchos otros más.  

Como toda historia verdadera, la nuestra ha transitado por caminos luminosos, llenos de alegría y plenitud, pero también ha conocido la sombra, el miedo y la incertidumbre frente a los embates de la vida. Hemos llorado juntos las pérdidas de seres profundamente amados —nuestros padres, nuestra querida nieta—, familiares y amistades cercanas; momentos en los que el dolor nos enseñó el verdadero significado de acompañarnos en silencio, de sostenernos incluso cuando las palabras no alcanzan. Al mismo tiempo, hemos sido testigos y partícipes de los triunfos y tropiezos de cada uno de nuestros hijos, celebrando sus logros con orgullo y abrazando sus caídas con amor, aprendiendo junto a ellos que la vida se construye tanto en las victorias como en las lecciones que dejan los desafíos.

También hemos enfrentado pruebas silenciosas, como aquellas enfermedades que llegaron a nuestro organismo para quedarse, recordándonos la fragilidad de la vida, pero también la fortaleza que nace del amor y del cuidado mutuo. Hemos visto crecer nuestra descendencia  no solo en número, sino en afecto: nuestras familias de origen se entrelazaron entre sí, formando una red de cariño, apoyo y pertenencia que nos ha sostenido a lo largo del tiempo. Y, en paralelo, hemos construido caminos propios, alcanzando logros en el ámbito personal, familiar y laboral que nos llenan de satisfacción y que han dado sentido a muchos de nuestros esfuerzos compartidos.

Otro de nuestros grandes triunfos es haber arribado a la etapa de la jubilación, un tiempo que nos regala nuevas oportunidades: más horas compartidas, la posibilidad de viajar, de redescubrir lugares y de reencontrarnos con los demás. Es una etapa distinta, más serena, en la que el tiempo parece adquirir otro valor, y donde cada encuentro, cada conversación y cada recuerdo compartido se vuelve aún más significativo.

No ha sido un camino fácil, pero sí de gran alcance y  profundidad. Un sendero colmado de retos, aprendizajes y oportunidades que, lejos de debilitarnos, ha fortalecido cada uno de los eslabones que sostienen nuestro matrimonio.

Hoy celebramos no solo el tiempo compartido, sino la historia construida día a día, con paciencia, amor y compromiso. Festejamos  la vida que hemos formado, las raíces que echamos y las generaciones que florecieron a partir de nosotros. Y, sobre todo, conmemoramos  la decisión tomada hace cuarenta y cuatro años:  de seguir caminando juntos, de elegirnos  en cada etapa, en cada dificultad y en cada alegría.

Porque al final, más allá del tiempo, de las pruebas y de los recuerdos, lo que permanece es esto: nosotros, tomados de la mano, agradecidos por lo vivido y con el corazón dispuesto a seguir escribiendo, juntos, la historia que aún nos queda por vivir.




jueves, 2 de abril de 2026

Huella eterna


 
                                     






 














Fotografías proporcionadas por la maestra Heimy  García Wong. 


“Un maestro trabaja para la eternidad; nunca puede decir dónde acaba su influencia” 

Henry Brooks Adams.

E

l verbo escribir tiene múltiples connotaciones: sirve para rescatar información, para expresar, para sanar, entre muchas otras acepciones que le confieren el poder de captar en signos las ideas, emociones, saberes y pensamientos. Es, en sí mismo, un puente entre lo interno y lo externo, entre lo que se siente y lo que se comparte.

Esos y muchos otros usos le confiero a este arte dentro de mi proceso de vida. Porque no solo capto lo que a mi alma le grita o, en ocasiones, le susurra desde los recónditos lugares de la mente, esa que trabaja incansablemente llevando y trayendo imágenes que buscan su acomodo en la memoria selectiva, sino que también encuentro en la escritura una forma de ordenar el caos, de dar sentido a lo vivido y de honrar aquello que deja huella.

Y así, en ese constante vaivén de sucesos y hechos que acontecen en nuestro diario vivir, traigo a colación aquellos que cimbran y estrujan desde lo más profundo del ser: algunos con la urgencia de salir, otros que desean colocarse en el camino de los lectores para, en ese diálogo recíproco, intercambiar coincidencias y, por qué no, también discrepancias que enriquecen la mirada humana.

Estoy consciente de los hilos invisibles que nos unen con todas las personas. Algunos están tan escondidos que resultan difíciles de encontrar, pero incluso en ese lugar recóndito siguen formándose cadenas, vínculos que, de alguna manera, nos hacen más humanos, más sensibles y más necesarios unos para otros. Son esos lazos los que dan sentido a nuestra existencia compartida.

Cada uno de nosotros forma parte del todo, y cuando algún eslabón se rompe, surge un desequilibrio emocional que fragmenta y mueve los esquemas preestablecidos, dejando vacíos, añoranzas y el profundo deseo de aprisionar en la memoria aquellos momentos en los que tuvimos la fortuna de coincidir. Tal es el caso del joven maestro Jesús Antonio Gutiérrez Villescas, de quien deseo hacer mención a través de recuerdos atesorados y del cariño especial que supo albergar en mi persona y en mi familia.

Lo conocí como estudiante de la Escuela Normal Superior Profesor José E. Medrano, cursando la especialidad de español. Un joven con grandes atributos, irradiando simpatía, alegría, dinamismo y una creatividad desbordante. Cultivó su amor por las artes al cursar la carrera de Técnico Folclorista, además de poseer una voz armoniosa que transmitía emoción y sensibilidad.

Como formadora de formadores, de inmediato captaba estos atributos, porque un docente no sólo se debe a la enseñanza de contenidos de su asignatura, sino que ha de fomentar el amor por la lectura, la poesía, la investigación y tantas otras bifurcaciones del conocimiento, para que los alumnos encuentren y desarrollen su potencial. Y en ese camino, Jesús Antonio destacaba con naturalidad: era siempre punta de lanza, ya fuera en la conformación de la escolta, en la preparación de festivales, como maestro de ceremonias o en distintos eventos literarios y culturales.

Generalmente, tras las graduaciones, las redes siguen propagándose con un impacto aún más profundo, porque la teoría y la práctica se entrelazan, así como la experiencia y el aprendizaje constante. Él supo mantener vivos esos vínculos.

Se identificó plenamente con mis hijas: con una, en su amor por la danza; con la otra, en el ámbito musical, cautivando su afecto y reconocimiento por su pasión artística. Ese es el sello de los grandes maestros: trascender más allá del aula.

Como docente, tocó tantos corazones como su breve estancia en la tierra se lo permitió, mostrando con el ejemplo, la cercanía y el juego, las múltiples maravillas del conocimiento y la fuerza transformadora del saber.

Una persona es grande por lo que es, por lo que proyecta y por lo que hace por los demás. Fue un hijo amoroso, un hermano responsable y un tío comprometido en mostrar el camino recto a sus sobrinos, dejando en cada uno de ellos una huella significativa.

He leído que el monstruo de la depresión es como un perro rabioso que crece dentro de las personas, arrebatando la calma y la felicidad. No es fácil explicar un fenómeno que, afortunadamente, no conozco en carne propia, pero puedo imaginar su fuerza devastadora cuando lleva a alguien al límite de sus fuerzas, en un silencio que muchas veces no logra ser escuchado.

Hago patente, de esta manera, mi solidaridad y afecto hacia su familia, hacia sus compañeros de estudio, de trabajo y de comunidad. Porque él era grande entre los grandes: una estrella que brillaba con luz propia en cada escenario donde se presentó.

Y aunque hoy su presencia física se haya apagado, su esencia permanece. Porque un verdadero maestro —como bien lo dijo Adams— nunca deja de enseñar. Su influencia no termina, se transforma. Vive en cada recuerdo, en cada enseñanza compartida, en cada vida que tocó.

Por eso y más, tu memoria quedará sembrada en la eternidad. 

martes, 31 de marzo de 2026

Eva Luna





Autor:  Isabel Allende

Título: Eva Luna

Primera edición: 1987

Lugar de publicación: Colombia 

Género: Novela de realismo mágico


Sinopsis

En una búsqueda de identidad personal y para mitigar su soledad, desarrolló la magia de la narración oral, viviendo muchos mundos y aventuras. 

Reseña


Este libro  narra la vida de una joven marcada por el abandono y la pobreza desde su nacimiento. Hija de una sirvienta indígena y de un hombre sin identidad definida. Su madre la nombró Eva Luna, simbolizando el origen de la vida y la luz. Tras quedar huérfana a temprana edad, queda bajo el cuidado de su madrina, quien fue  incapaz de brindarle afecto, pero sí de imponerle maltrato y trabajo desde los siete años, sin embargo, al paso del tiempo, Eva se encarga de cuidarla durante su enfermedad y vejez. 

A lo largo de su vida, Eva pasa por distintos hogares y experiencias que forjan su carácter. En uno de sus empleos conoce a Elvira, la figura más cercana a una madre. En medio de sus desventuras, Eva descubre su mayor talento: la narración, que utiliza como forma de supervivencia, intercambiando historias por alimento, protección o afecto.

Durante su vida también experimenta el amor, la pasión y la amistad, mientras se enfrenta a un entorno social marcado por la injusticia y la desigualdad. La obra funciona como un homenaje implícito a  Venezuela  y a la compleja realidad de latinoamérica .

La protagonista  muestra cómo la imaginación y la palabra pueden transformar el dolor en esperanza, convirtiendo la narración en un acto de resistencia, identidad y libertad.


Reseña ofrecida por Cuquis Sandoval Olivas 

Web personal https://cuquissandovalolivasletrasypoemas.blogspot.com/




sábado, 28 de marzo de 2026

Semilla de eternidad




Por Cuquis Sandoval Olivas

Semilla de eternidad
https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-semilla-de-eternidad-29205546

Este escrito nace desde un lugar donde convergen el dolor y la memoria. Es de esos que llevan impresa la angustia, pero que al mismo tiempo buscan convertirse en un cauce para sanar el alma. Pretende, además, llegar hasta ese hogar hoy maltrecho por la ausencia, hasta esos corazones quebrantados por el duelo, y ofrecer, a través de las palabras, un tributo que rescate y enaltezca las múltiples cualidades que distinguieron en vida a Ever Fabián Sandoval Díaz. Así, sus huellas —ya esparcidas a lo largo de su sendero— se reúnen para fortalecer su recuerdo y perpetuar su legado.

Sabemos que somos mortales, que nuestra existencia está trazada por una línea que inevitablemente llega a su fin. Sin embargo, esta certeza no disminuye el impacto de la pérdida; por el contrario, nos vuelve más sensibles ante la partida de quienes amamos y nos confronta con la fragilidad de la vida. Nos coloca, también, frente al dolor profundo de la familia que permanece, intentando comprender lo incomprensible.

Antes de abordar estas líneas, dejé transcurrir un tiempo prudente. Primero, porque soy madre y conozco la profundidad inconmensurable del amor hacia los hijos; y segundo, porque las emociones requerían reposo, silencio y maduración, para poder encontrar las palabras justas, aquellas que cumplan con la delicada tarea de honrar sin herir, de recordar sin desgarrar.

En nuestra cultura, los lazos familiares —y en particular los de los primos hermanos— poseen una fuerza especial. Representan la continuidad de nuestras raíces, la conexión viva con padres, abuelos y generaciones anteriores. Por ello, sus hijos se integran de manera natural a ese entramado afectivo donde se entrelazan la memoria del pasado y las esperanzas del presente.

Ever Fabián Sandoval Díaz, cuarto y último hijo del matrimonio conformado por Nicanor Sandoval Hernández y Lupita Díaz, fue un luchador desde antes de nacer. Llegó al mundo mucho antes de lo previsto, enfrentando desde sus primeros días desafíos que requirieron cuidados especiales por tres meses en una incubadora. Aquella fragilidad inicial pronto dio paso a una vida marcada por la fortaleza, la determinación y una voluntad inquebrantable.

Desde su infancia destacó de manera notable. A la corta edad de cuatro años, declamó una poesía ante el entonces presidente de México, Miguel de la Madrid Hurtado en una visita a Santa Gertrudis, Chihuahua, mostrando ya una extraordinaria capacidad de expresión y seguridad escénica. En cada espacio donde se desenvolvía —familiar, escolar o cultural— dejaba una huella imborrable: su carisma, su elocuencia y una mirada en la que siempre se percibía una profunda calidez humana.

Cursó la licenciatura en Derecho en el Tecnológico de Monterrey, donde se graduó con honores. Posteriormente, continuó su formación académica con dos maestrías y un Doctorado en Derecho Penal, consolidando una trayectoria intelectual sólida y comprometida. Se desempeñó como catedrático en su alma mater y en la Universidad de Ciudad Juárez, compartiendo con generosidad su conocimiento y vocación formativa. Asimismo, laboró en el Tribunal Supremo de Justicia del Estado, fungiendo como Juez de Primera Instancia y participando como ponente en escenarios internacionales, entre muchos otros cargos que desempeñó con profesionalismo, ética y una profunda vocación de servicio.

En lo personal, tuve la oportunidad de conocerlo desde su niñez y ser testigo de distintas etapas de su vida. Siempre admiré su entrega, su disciplina y su lealtad. No solo destacó en el ámbito profesional, sino también en su vida familiar: fue un hijo ejemplar, un hermano solidario y un tío amoroso que asumió con responsabilidad y cariño la crianza de su sobrino, dejando en ello una de las expresiones más profundas de su generosidad.

Hoy, su ausencia duele, pero su vida permanece como testimonio de esfuerzo, inteligencia y nobleza. Recordarlo es también reconocer que, aunque el tiempo marque finales, hay existencias cuya huella trasciende y se convierte en luz para quienes continúan el camino.