“Un maestro trabaja para la eternidad; nunca puede decir dónde acaba su influencia”
Henry Brooks Adams.
E
Esos y muchos otros usos le confiero a este arte dentro de mi proceso de vida. Porque no solo capto lo que a mi alma le grita o, en ocasiones, le susurra desde los recónditos lugares de la mente, esa que trabaja incansablemente llevando y trayendo imágenes que buscan su acomodo en la memoria selectiva, sino que también encuentro en la escritura una forma de ordenar el caos, de dar sentido a lo vivido y de honrar aquello que deja huella.
Y así, en ese constante vaivén de sucesos y hechos que acontecen en nuestro diario vivir, traigo a colación aquellos que cimbran y estrujan desde lo más profundo del ser: algunos con la urgencia de salir, otros que desean colocarse en el camino de los lectores para, en ese diálogo recíproco, intercambiar coincidencias y, por qué no, también discrepancias que enriquecen la mirada humana.
Estoy consciente de los hilos invisibles que nos unen con todas las personas. Algunos están tan escondidos que resultan difíciles de encontrar, pero incluso en ese lugar recóndito siguen formándose cadenas, vínculos que, de alguna manera, nos hacen más humanos, más sensibles y más necesarios unos para otros. Son esos lazos los que dan sentido a nuestra existencia compartida.
Cada uno de nosotros forma parte del todo, y cuando algún eslabón se rompe, surge un desequilibrio emocional que fragmenta y mueve los esquemas preestablecidos, dejando vacíos, añoranzas y el profundo deseo de aprisionar en la memoria aquellos momentos en los que tuvimos la fortuna de coincidir. Tal es el caso del joven maestro Jesús Antonio Gutiérrez Villescas, de quien deseo hacer mención a través de recuerdos atesorados y del cariño especial que supo albergar en mi persona y en mi familia.
Lo conocí como estudiante de la Escuela Normal Superior Profesor José E. Medrano, cursando la especialidad de español. Un joven con grandes atributos, irradiando simpatía, alegría, dinamismo y una creatividad desbordante. Cultivó su amor por las artes al cursar la carrera de Técnico Folclorista, además de poseer una voz armoniosa que transmitía emoción y sensibilidad.
Como formadora de formadores, de inmediato captaba estos atributos, porque un docente no sólo se debe a la enseñanza de contenidos de su asignatura, sino que ha de fomentar el amor por la lectura, la poesía, la investigación y tantas otras bifurcaciones del conocimiento, para que los alumnos encuentren y desarrollen su potencial. Y en ese camino, Jesús Antonio destacaba con naturalidad: era siempre punta de lanza, ya fuera en la conformación de la escolta, en la preparación de festivales, como maestro de ceremonias o en distintos eventos literarios y culturales.
Generalmente, tras las graduaciones, las redes siguen propagándose con un impacto aún más profundo, porque la teoría y la práctica se entrelazan, así como la experiencia y el aprendizaje constante. Él supo mantener vivos esos vínculos.
Se identificó plenamente con mis hijas: con una, en su amor por la danza; con la otra, en el ámbito musical, cautivando su afecto y reconocimiento por su pasión artística. Ese es el sello de los grandes maestros: trascender más allá del aula.
Como docente, tocó tantos corazones como su breve estancia en la tierra se lo permitió, mostrando con el ejemplo, la cercanía y el juego, las múltiples maravillas del conocimiento y la fuerza transformadora del saber.
Una persona es grande por lo que es, por lo que proyecta y por lo que hace por los demás. Fue un hijo amoroso, un hermano responsable y un tío comprometido en mostrar el camino recto a sus sobrinos, dejando en cada uno de ellos una huella significativa.
He leído que el monstruo de la depresión es como un perro rabioso que crece dentro de las personas, arrebatando la calma y la felicidad. No es fácil explicar un fenómeno que, afortunadamente, no conozco en carne propia, pero puedo imaginar su fuerza devastadora cuando lleva a alguien al límite de sus fuerzas, en un silencio que muchas veces no logra ser escuchado.
Hago patente, de esta manera, mi solidaridad y afecto hacia su familia, hacia sus compañeros de estudio, de trabajo y de comunidad. Porque él era grande entre los grandes: una estrella que brillaba con luz propia en cada escenario donde se presentó.
Y aunque hoy su presencia física se haya apagado, su esencia permanece. Porque un verdadero maestro —como bien lo dijo Adams— nunca deja de enseñar. Su influencia no termina, se transforma. Vive en cada recuerdo, en cada enseñanza compartida, en cada vida que tocó.
Por eso y más, tu memoria quedará sembrada en la eternidad.
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