En nuestro aniversario
Por Cuquis Sandoval Olivas
Tres de abril de 1982: el día en que caminamos juntos hacia el altar. Ese momento en el que, mirándonos a los ojos, hicimos promesas de amor sostenidas por la fuerza y el vigor de la juventud, por el impulso de la pasión y por la certeza —tan firme entonces como hoy— de haber elegido a la persona ideal para compartir la vida en esa gran aventura llamada matrimonio.
Han transcurrido cuarenta y cuatro años. Si quisiéramos encerrar el tiempo en cifras, diríamos: cinco hijos y diez nietos, que se erigen como el más hermoso testimonio de nuestro paso por el mundo. También nos acompañan cientos de fotografías, fieles guardianas de instantes que intentaron capturar la esencia de lo vivido; piezas de un inmenso rompecabezas que, al reconstruirlo, revela cómo el tiempo ha difuminado algunos recuerdos, aunque jamás ha borrado lo esencial.
Porque, a pesar de los años, permanecen vivas las experiencias que nos han marcado. Sabemos que no hemos sido perfectos porque —la perfección no habita en lo humano—, pero sí hemos aprendido a moldearnos, a comprendernos y a ajustarnos a las necesidades del otro. En esa negociación constante, en ese dar y recibir, se han ido forjando los cimientos que sostienen nuestra relación, alimentada por la siembra y puesta en práctica de valores universales, como el respeto, la responsabilidad y muchos otros más.
Como toda historia verdadera, la nuestra ha transitado por caminos luminosos, llenos de alegría y plenitud, pero también ha conocido la sombra, el miedo y la incertidumbre frente a los embates de la vida. Hemos llorado juntos las pérdidas de seres profundamente amados —nuestros padres, nuestra querida nieta—, familiares y amistades cercanas; momentos en los que el dolor nos enseñó el verdadero significado de acompañarnos en silencio, de sostenernos incluso cuando las palabras no alcanzan. Al mismo tiempo, hemos sido testigos y partícipes de los triunfos y tropiezos de cada uno de nuestros hijos, celebrando sus logros con orgullo y abrazando sus caídas con amor, aprendiendo junto a ellos que la vida se construye tanto en las victorias como en las lecciones que dejan los desafíos.
También hemos enfrentado pruebas silenciosas, como aquellas enfermedades que llegaron a nuestro organismo para quedarse, recordándonos la fragilidad de la vida, pero también la fortaleza que nace del amor y del cuidado mutuo. Hemos visto crecer nuestra descendencia no solo en número, sino en afecto: nuestras familias de origen se entrelazaron entre sí, formando una red de cariño, apoyo y pertenencia que nos ha sostenido a lo largo del tiempo. Y, en paralelo, hemos construido caminos propios, alcanzando logros en el ámbito personal, familiar y laboral que nos llenan de satisfacción y que han dado sentido a muchos de nuestros esfuerzos compartidos.
Otro de nuestros grandes triunfos es haber arribado a la etapa de la jubilación, un tiempo que nos regala nuevas oportunidades: más horas compartidas, la posibilidad de viajar, de redescubrir lugares y de reencontrarnos con los demás. Es una etapa distinta, más serena, en la que el tiempo parece adquirir otro valor, y donde cada encuentro, cada conversación y cada recuerdo compartido se vuelve aún más significativo.
No ha sido un camino fácil, pero sí de gran alcance y profundidad. Un sendero colmado de retos, aprendizajes y oportunidades que, lejos de debilitarnos, ha fortalecido cada uno de los eslabones que sostienen nuestro matrimonio.
Hoy celebramos no solo el tiempo compartido, sino la historia construida día a día, con paciencia, amor y compromiso. Festejamos la vida que hemos formado, las raíces que echamos y las generaciones que florecieron a partir de nosotros. Y, sobre todo, conmemoramos la decisión tomada hace cuarenta y cuatro años: de seguir caminando juntos, de elegirnos en cada etapa, en cada dificultad y en cada alegría.
Porque al final, más allá del tiempo, de las pruebas y de los recuerdos, lo que permanece es esto: nosotros, tomados de la mano, agradecidos por lo vivido y con el corazón dispuesto a seguir escribiendo, juntos, la historia que aún nos queda por vivir.















































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