Las manos de mamá
«Recuerdo sus manos, sus valientes manos, las que nacieron para darnos y señalar… Son las que nos entregaron a la vida… Son las que hicieron la señal de la cruz en nuestra frente y las que hicieron florecer el trigo en racimos de tortillas».
Nelly Campobello
Por Cuquis sandoval Olivas
Hace algunos ayeres, mientras sostenía las manos de mi madre entre las mías, me detuve a observarlas con detenimiento. Descubrí en ellas las manchas y las arrugas propias de la edad, pero también las huellas de toda una vida de esfuerzo. Cada línea parecía guardar una historia; cada callosidad hablaba de los trabajos realizados para brindarnos alimento, vestido y protección.
Eran las manos que habían trabajado incansablemente para sostener nuestro hogar, pero también las de la lavandera que enfrentaba el agua fría y el jabón; las de la planchadora que alisaba prendas ajenas con paciencia; las de la mujer que preparaba alimentos, limpiaba casas grandes y regresaba a la nuestra para continuar con las labores cotidianas. Manos que pocas veces descansaron y que, sin embargo, siempre encontraron fuerzas para acariciarnos.
Aquel día experimenté el deseo profundo de detener el tiempo. Quería conservar para siempre el calor de sus manos, sentirlas nuevamente sobre mi rostro y evitar que los días me arrebataran ese contacto. Con la nostalgia de quien sabe que los momentos son irrepetibles, me senté a escribir unos versos que hicieran visibles las emociones y los sentimientos que me acompañaban.
En aquel poema plasmé las vivencias de sus manos sobre mi cuerpo y mi memoria: su presencia en la sazón de los alimentos, en la masa convertida en tortillas, en la ropa limpia y cuidadosamente doblada, en la caricia que calmaba mis temores y hasta en los correctivos que, aunque en su momento me parecieron severos, fueron parte de su manera de educarnos y conducirnos por el camino de la vida.
Sus manos sabían curar una herida, persignar nuestra frente, acomodar nuestro cabello y señalar el rumbo correcto. También sabían espantar el miedo durante las noches difíciles y convertir los alimentos más sencillos en verdaderos banquetes. Con ellas no solamente trabajaba: también bendecía, protegía, enseñaba y amaba.
Cuando llegó el doloroso momento de entregar su cuerpo a la madre tierra, quisimos compartir con quienes nos acompañaron una tarjeta conmemorativa en la que aparecía impreso aquel poema. Era nuestra manera de prolongar su presencia y decirles a todos que aquellas manos, aunque ya no pudiéramos tocarlas, continuarían vivas en nuestra memoria. El poema se convirtió entonces en un testimonio de gratitud, pero también en una despedida amorosa.
Pasó el tiempo y, entre lecturas, encuentros y textos compartidos, llegó a nuestra sala de lectura el libro Mujer de manos rojas, dedicado a la vida y la obra de Nellie Campobello. Desde el primer momento atrajo nuestra atención porque hablaba de una mujer polifacética, capaz de destacar en la danza, la escritura, la investigación y la promoción cultural. Además, Nellie era originaria de nuestra región: nació en Villa Ocampo, Durango, pero su vida y su obra permanecen profundamente vinculadas con Parral y con el norte de México.
Yo ya conocía algunos aspectos de su trayectoria. Había leído Cartucho, había consultado parte de su biografía y conocía su imagen de cera en uno de los museos de la ciudad, donde aparece como una de las figuras representativas de nuestra historia cultural. Sabía que había dejado plasmadas muchas de sus vivencias relacionadas con la Revolución mexicana y que había transformado los recuerdos de su infancia en una literatura breve, intensa y profundamente humana.
Sin embargo, en aquel momento todavía no comprendía por completo la fuerza simbólica del título Mujer de manos rojas. Fue necesario acercarme con mayor sensibilidad a su obra y a su historia para descubrir que las manos, en el universo de Nellie Campobello, representan mucho más que una parte del cuerpo. Son símbolo de trabajo, ternura, fortaleza, protección, memoria y pertenencia.
Junto con otras integrantes de la sala de lectura participé en la elaboración de textos para la revista Voces de Papel, como parte del homenaje conmemorativo realizado en su memoria, a cuarenta años de su fallecimiento, ocurrido el 9 de julio de 1986. Aquella experiencia despertó en mí una curiosidad más profunda y me llevó a acercarme a Las manos de mamá, obra publicada en 1937.
Desde sus primeras páginas encontré una prosa poética tan intensa y conmovedora que cimbró cada parte de mi ser. No estaba solamente frente a un libro de recuerdos, sino ante una declaración de amor filial. Nellie Campobello reconstruye la figura de su madre, Rafaela Luna, a través de imágenes fragmentarias, emociones, colores, sonidos y escenas de la infancia.
La autora emplea una gran variedad de recursos literarios para enaltecer la memoria materna. Las manos de su madre son personificadas, magnificadas y convertidas en símbolo. Su madre aparece como la artista principal de aquel mundo: una mujer capaz de bordar sueños en el alma de sus hijos, de borrar las tristezas y de levantar una barrera protectora frente a la violencia que los rodeaba. Sus manos no solamente cocinaban, cosían o trabajaban; también construían refugios emocionales y sostenían la esperanza en medio de la incertidumbre.
Nellie recuerda la tierra roja sobre la cual aquellas manos sanas jugaban y elaboraban los juegos propios de la inocencia. Con piedras pequeñas formaban corralitos donde habitaba un ganado imaginario. En esas escenas aparentemente sencillas se encuentra la grandeza de la infancia: la posibilidad de inventar mundos completos con los elementos más humildes.
La tierra roja no es únicamente un escenario geográfico. Es también raíz, sangre, origen y memoria. Es el territorio donde las niñas aprendieron a mirar el mundo, donde jugaron y soñaron, pero también donde presenciaron algunos de los acontecimientos más dolorosos de la Revolución. El rojo de la tierra parece confundirse con el de la violencia, pero también con el de la vida que se niega a desaparecer.
La obra nos presenta los recuerdos fragmentarios de una época cruenta, poblada de soldados, balazos, persecuciones y muertes. La tragedia acechaba en cada esquina y podía irrumpir de manera inesperada en la vida cotidiana. Sin embargo, en medio de aquel panorama desolador, la madre sabía transformar la realidad mediante sus relatos, leyendas y enseñanzas.
Mientras avanzaba en la lectura, fue inevitable pensar en mi propia madre. Las manos descritas por Nellie comenzaron a confundirse con aquellas que yo había sostenido entre las mías. Aunque pertenecían a mujeres distintas, compartían una misma esencia: eran manos trabajadoras, valientes, protectoras y amorosas. Ambas habían aprendido a transformar la escasez en abundancia y las dificultades en lecciones de vida.
Comprendí entonces que las manos de una madre conforman una especie de biografía silenciosa. En ellas se escribe la historia familiar sin necesidad de palabras. Las manos maternas permanecen en los gestos que heredamos, en la manera de cocinar, de acariciar, de cuidar a nuestros hijos y de enfrentar las adversidades. Incluso cuando la madre ya no está físicamente, sus movimientos continúan habitando nuestra memoria. A veces regresan a través de un aroma, de una receta, de una oración o de una fotografía antigua.
Escribir sobre las manos de mamá es reconstruir su vida, reconocer sus sacrificios y devolverle, aunque sea mediante las palabras, un poco de todo lo que nos entregó. Es mirarlas nuevamente y descubrir que en ellas florecieron nuestras propias vidas.
Las manos de mi madre descansan ahora bajo la tierra, pero siguen presentes en mí. Las encuentro en los alimentos que preparo, en las caricias que brindo, en las oraciones que pronuncio y en cada acto de amor que realizo. Porque las manos de mamá nunca desaparecen del todo. Se convierten en raíces que nos mantienen firmes, en alas que nos impulsan y en una luz que, aun después de la muerte, continúa señalándome el camino.
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