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lunes, 6 de julio de 2026

Amor entre hermanos, memoria, refugio y legado.


https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-amor-entre-hermanos-memoria-refugio-y-legado-30785806

/ Foto: Cortesía / Cuquis Sandoval (Retocada con IA)

“Nuestros hermanos están con nosotros desde el amanecer de nuestra historia personal hasta el inevitable atardecer.”
                                                                                                 Susan Scarf Merrell

    Cuatro letras que mueven al mundo. Es motor de arranque, fuerza de sinergia y raíz de los vínculos más profundos. En su nombre se han cometido barbaries, pero también se han escrito las mejores historias: esas que, a pesar del tiempo transcurrido, aún nos estremecen y nos hacen vibrar al compás de la sinfonía orquestada por el universo.

    Desde la cuna de la civilización griega se buscó explicar y categorizar este valor universal, entendiendo que todo parte del amor por uno mismo, del propio cuidado y reconocimiento, para que después pueda fluir y esparcirse hacia los demás.

    Tuve la gran fortuna, como muchos de mis contemporáneos, de crecer en un ambiente con muchas carencias materiales, pero con abundancia de amor, familiaridad y lazos compartidos. No solo con la familia, sino también con los vecinos y la comunidad en general. Era un tiempo en el que las alegrías y los sinsabores se vivían en conjunto; se lloraba en un hombro cercano y se reía a carcajada abierta ante las ocurrencias, las fiestas, las penas y las circunstancias que la vida iba presentando.

    Dentro de esas benevolencias, mis hermanos han ocupado desde siempre un lugar preponderante en el orden de mis afectos. Quizá con los mayores no compartí tantas experiencias de vida debido a la brecha generacional; sin embargo, recibí de ellos cuidado, abrazo protector y una seguridad que me hizo sentir acompañada. Con el paso del tiempo, sigo refugiándome en su consejo, en su presencia y en ese manto protector que no desaparece, aunque los años avancen. Disfruto enormemente volver a recrear nuestras historias, traer al presente los recuerdos y descubrir que, aunque cada quien tomó su propio camino, seguimos unidos por una raíz común.

    Cada uno de nosotros formó su propio núcleo familiar; sin embargo, los nexos que nos unen se han seguido fortaleciendo. Son hilos invisibles que continúan tejiéndose y extendiéndose hacia nuestros hijos, nietos y nuevas generaciones. No es un proceso fácil, porque ellos pertenecen a otros contextos y sería imposible que vivieran y experimentaran exactamente lo mismo que nosotros. No obstante, debemos insistir en la importancia de esta labor: enseñarles que la familia no solo se hereda por la sangre, sino que se cultiva con presencia, memoria, respeto y amor.

Porque los hermanos son eso: testigos de nuestro origen, guardianes de una infancia compartida y compañeros silenciosos en la travesía de la vida. Con ellos aprendimos a disputar un espacio, a compartir el pan, a defendernos, a reconciliarnos y a comprender que el amor no siempre necesita grandes discursos; a veces basta una llamada, una mirada cómplice, una anécdota repetida o el simple consuelo de saber que siguen ahí.

    Y quizá, cuando llegue el inevitable atardecer del que habla Susan Scarf Merrell, comprendamos que ninguna posesión material habrá sido tan valiosa como esos lazos que resistieron el tiempo. Entonces sabremos que el verdadero legado no estuvo en lo que acumulamos, sino en el amor que fuimos capaces de sembrar, cuidar y mantener vivo entre quienes caminaron con nosotros desde el amanecer de nuestra historia.

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