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Entre el birrete y la esperanza
Por Cuquis Sandoval Olivas
La etimología de la palabra graduación proviene del latín gradus, que significa avanzar un paso o subir un escalón más en el camino de la preparación académica. Esta celebración tiene sus antecedentes en Europa, durante los siglos XII y XIII. Para el siglo XIX, Gran Bretaña inició la práctica de realizar bailes para conmemorar este acontecimiento; posteriormente, en el siglo XX, la tradición se implementó en Estados Unidos y, poco a poco, comenzó a diseminarse por otros países y niveles educativos.
En México, como bien lo señaló Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad, la fiesta es inherente al mexicano: una manera de despojarse de la máscara de apatía cotidiana para entregarse a los colores, los excesos y las celebraciones. Es así como los meses de junio y julio se llenan de ceremonias de graduación, con un derroche de optimismo, regalos, comidas y actos solemnes que enaltecen la labor de las comunidades educativas, de los padres de familia y, por supuesto, de los graduandos, quienes tuvieron la resiliencia necesaria para concluir un ciclo más de su formación.
En nuestra ciudad, atendemos invitaciones a graduaciones desde el Centro Asistencial de Desarrollo Infantil, preescolar, primaria, secundaria, preparatoria o equivalente, universidad y posgrado. Sin lugar a dudas, participamos con entusiasmo y entramos al círculo exacerbado del consumismo: compra de ropa adecuada para los eventos, fotografías, renta de togas, birretes, ramilletes especiales, salidas a restaurantes y todo tipo de detalle que permita hacerle saber al graduando, a la familia y a la comunidad en general, la alegría que nos embarga por el paso avanzado.
Tenemos tan arraigada la tradición festiva que el desfase en los gastos suele asumirse como una necesidad prioritaria, aunque posteriormente debamos ajustarnos el cinturón. La Secretaría de Educación Pública ha implementado una serie de sugerencias para evitar los altos costos que estas celebraciones generan, como utilizar el mismo recinto escolar, no rentar togas ni birretes, entre otras medidas. Sin embargo, muchas veces son los propios padres de familia quienes insisten en que los festejos se lleven a cabo de manera tradicional.
Por ello, aplaudo la iniciativa de muchas instituciones académicas que solicitan con antelación el uso de gimnasios municipales o escolares, con el fin de economizar en la renta de salones que, además de ser excesivamente caros, no siempre ofrecen buena visibilidad ni acomodo suficiente para todos los asistentes.
La finalidad de emitir y compartir estas observaciones nace de la experiencia personal, familiar y profesional como docente y parte de equipos directivos en el ámbito educativo. Desde estos distintos lugares me ha tocado ser protagonista, integrante del público o miembro de la mesa de invitados especiales. En cada uno de esos espacios he disfrutado, como la mayoría de la población, esos breves segundos en los que el estudiante graduando es nombrado y ovacionado por familiares y amistades; ese instante simbólico en el que unos cuantos pasos separan la silla asignada de la mesa donde recibe el ansiado documento, testimonio tangible del esfuerzo, perseverancia y avance académico.
Celebrar una graduación es, sin duda, reconocer el esfuerzo, la constancia y la confianza depositada en cada estudiante. No obstante, quizá valga la pena recordar que el verdadero valor de este acto no está en el lujo de la ceremonia, sino en el significado profundo del logro alcanzado. Graduarse es avanzar, subir un peldaño, mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con responsabilidad. Que la fiesta no opaque la esencia: celebrar el aprendizaje, la perseverancia y la promesa de un nuevo comienzo.
Aprovecho este espacio para felicitar amplia y cariñosamente a mis queridos nietos graduandos: África Pérez Cázares, quien concluye su educación primaria; Dulcinea Pérez Cázares, egresada de educación secundaria; y Edgar Johan Pérez Galarza, quien culmina su Maestría en Educación. Para ellos, mi reconocimiento, mi orgullo y mi deseo profundo de que cada peldaño alcanzado sea el impulso para seguir avanzando con entusiasmo, responsabilidad y esperanza.
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