Desde hace algunos ayeres inicié en este maravilloso y sorprendente sendero de la literatura, y en esta travesía he encontrado tesoros invaluables, cuyo contenido no ha perdido su valía, sino que se encuentra en constante crecimiento. Es como si las letras fueran formando una escalinata que apunta hacia el infinito, intentando capturar la esencia del pensamiento y de las ideas para luego darles forma a través de los textos, que —al igual que la mar— continúan alimentándose del cauce de los ríos que desembocan en su inmensidad.
Este camino no solo implica voluntad y perseverancia en la formación y consolidación de hábitos; también demanda la construcción permanente de los pilares que dan cimiento y fortaleza a esta vocación. Entre ellos se encuentran los talleres literarios, los mentores que la vida ha puesto en mi ruta, los libros abordados y las múltiples historias, culturas y contextos que se revelan en cada lectura. Y, por supuesto, la poesía: esa sustancia invisible que sostiene el alma, nutre el espíritu y borda el mundo interior con hilos de sensibilidad y conciencia.
A todo ello se suman las valiosas personas con quienes comparto tertulias, retos, publicaciones y espacios de creación. En esos encuentros, cada texto se teje con hilado fino, con puntadas delicadas que van conformando una trama de voces, emociones y perspectivas, como una colorimetría que ilumina y expande el aura colectiva.
Cuando se me otorgó la distinción de nombrar este espacio en el periódico El Sol de Parral, muchos títulos rondaron por mi mente. Sin embargo, de pronto llegó uno, de manera espontánea, breve, conciso y cargado de significado: “Espejos del alma”. Un nombre que invita a la mirada retrospectiva y a la introspección; un lugar donde las palabras hurgan en los territorios más íntimos, incluso en aquellos rincones inhóspitos donde habitan la memoria, la emoción y la experiencia.
Y así, por varios años, he compartido palabras que nacen del silencio, del dolor, del asombro y de las muchas emociones que me acompañan en el diario vivir. Algunas son vivencias tan cercanas, que cuando constato que han traspasado los umbrales hacia los lectores, llenan el caleidoscopio de mi alma, de múltiples colores y formas.
En Espejos del alma, cada texto emite sus propios reflejos, mismos que expanden su luz sobre los paisajes interiores que todos habitamos. Aquí las memorias se transforman en voz, los recuerdos en presencia, y las emociones en agua viva que intenta tocar otras orillas. Tal vez, en alguna línea, alguien se reconozca; tal vez, en alguna palabra, encuentre consuelo, compañía o sentido. Porque las letras, cuando nacen del corazón, no pertenecen a quien las escribe: se vuelven puente, eco y encuentro.
Agradezco a los lectores por brindar un tiempo y un espacio de pausa en medio del ajetreo. Deseo que cada entrega semanal siga siendo una invitación a mirarnos por dentro, a reconciliarnos con nuestras luces y sombras, y a descubrir que, en el fondo, todos compartimos la misma necesidad de comprender, de sentir y de trascender.
Y si en el trayecto alguna palabra logra iluminar un recuerdo, despertar una emoción dormida o sembrar una pequeña esperanza, entonces el propósito estará cumplido… porque el alma, al verse reflejada, también aprende a reconocerse, a abrazarse y a seguir su camino con un poco más de luz.
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