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Recientemente, cerca de ciento cincuenta usuarios de La Casa de los Abuelos realizamos un viaje a Cancún. Fue una experiencia maravillosa en la que se conjugaron el deleite de los sentidos, la armonía de la convivencia y el asombro ante la belleza de cada uno de los escenarios visitados.
Mi compañera de viaje insistía en conocer un templo. Más por compañerismo que por verdadera convicción, acepté acompañarla, sin imaginar que aquella decisión aparentemente sencilla terminaría convirtiéndose en un regalo invaluable de fe, reflexión y amor.
La fe pertenece al terreno de lo intangible y de lo invisible. No puede tocarse con las manos ni comprobarse con los ojos; se percibe de una manera distinta. Quizá solo puede experimentarla plenamente quien abre el corazón y dispone sus sentidos para recibir aquello que no siempre necesita explicación.
Me refiero al Santuario de María Desatadora de Nudos.
Los datos históricos que a continuación se detallan, fueron localizados en internet, pero considero fundamental el citarlos, para entender el significado de sus milagros.
La tradición que dio origen a esta advocación mariana se remonta a Alemania, a principios del siglo XVII. Alrededor de 1612, Wolfgang Langenmantel atravesaba una grave crisis matrimonial junto con su esposa, Sophia. Ante la posibilidad de una separación, acudió al sacerdote jesuita Jakob Rem, quien oró por la reconciliación de la pareja y utilizó simbólicamente el lazo matrimonial para representar aquellos conflictos que necesitaban ser “desatados”. La pareja logró reconciliarse y permanecer unida.
Décadas después, hacia 1700, un nieto de aquel matrimonio, Hieronymus Ambrosius Langenmantel, mandó realizar una pintura en agradecimiento por aquel acontecimiento familiar. La obra, atribuida al pintor Johann Georg Melchior Schmidtner, representa a la Virgen María desatando los nudos de una larga cinta blanca. La imagen quedó resguardada en la iglesia de San Pedro de Perlach, en Augsburgo, Alemania, y con el tiempo comenzó a despertar una profunda devoción.
Siglos más tarde, esa imagen llamaría la atención del sacerdote argentino Jorge Mario Bergoglio durante una estancia en Alemania en 1986. Años después, aquel sacerdote sería conocido mundialmente como el papa Francisco. Bergoglio contribuyó de manera importante a difundir esta advocación en Argentina y, posteriormente, su devoción se extendió por numerosos países.
Mucho tiempo después y a miles de kilómetros de aquel lugar, el 22 de marzo de 2016 comenzó en Cancún la historia del Santuario de María Desatadora de Nudos, un espacio que hoy recibe a peregrinos de distintas nacionalidades, cada uno con su propia historia, sus necesidades, sus heridas y sus esperanzas.
Quienes llegan depositan simbólicamente sus preocupaciones escribiéndolas en listones blancos que después anudan en los espacios destinados para ello. Las peticiones respondidas se representan con listones de colores, convirtiendo el lugar en una especie de testimonio colectivo de agradecimiento y esperanza.
Al entrar en el santuario se percibe algo difícil de describir. Hay paz, pero también puede sentirse el peso del dolor humano depositado en cientos de plegarias que parecen elevarse, en silencio, hacia el infinito.
No existen grandes paredes ni imponentes muros de concreto. La vegetación rodea el lugar y le otorga un aire de sencillez y humildad. Tampoco predominan los pisos lujosos ni las estructuras ostentosas; bajo nuestros pasos se extienden pequeñas piedras blancas que armonizan con la naturaleza y con la serenidad del entorno.
Listones, marcadores y todo lo necesario para escribir una petición permanecen ordenados y al alcance de los visitantes. De esta manera, cada persona puede detenerse, escribir aquello que pesa en su corazón, guardar silencio, entablar un diálogo íntimo con la presencia divina y, quizá, salir de ahí con un poco más de esperanza de la que llevaba al entrar.
Resulta casi imposible caminar por el santuario sin detenerse a leer los mensajes distribuidos entre sus espacios. Cada frase parece poseer una fuerza particular y, curiosamente, algunas dan la impresión de haber sido escritas justo para quien se encuentra frente a ellas. Tal vez sea por la universalidad de sus palabras o porque, al final, los seres humanos compartimos temores, pérdidas, dudas, anhelos y esperanzas mucho más parecidos de lo que imaginamos.
Sin lugar a dudas, la humanidad ha avanzado a pasos agigantados. Hemos conquistado distancias, desarrollado tecnologías inimaginables y encontrado respuestas para preguntas que durante siglos parecieron imposibles de resolver. Sin embargo, aun con todo nuestro conocimiento, seguimos postrándonos ante aquello que nos supera; seguimos buscando consuelo cuando la razón ya no alcanza y seguimos necesitando esperanza cuando la vida aprieta demasiado fuerte.
Quizá porque todos, en algún momento, llevamos un nudo dentro.
Un nudo provocado por una ausencia, una enfermedad, un conflicto familiar, una preocupación, una culpa, un miedo o una herida que no hemos conseguido sanar. Algunos son pequeños y se deshacen con el tiempo; otros se aprietan tanto que creemos imposible liberarnos de ellos.
Aquel día comprendí que visitar ese santuario no era solamente conocer un lugar religioso. Era asomarme a cientos de historias humanas y reconocer que detrás de cada listón había alguien que había decidido no perder la esperanza.
Llegué acompañando a una amiga, más por compañerismo que por convicción, y salí comprendiendo que existen encuentros que no planeamos y lugares a los que creemos llegar por casualidad, pero que terminan hablándonos de una manera inesperada.
No sé si todos nuestros nudos llegarán a desatarse como deseamos. Lo que sí sé es que mientras exista la capacidad de creer, de pedir, de agradecer y de volver a levantarnos, siempre habrá una hebra de esperanza de la cual tirar.
Y quizá sea precisamente ahí, cuando nuestras propias manos ya no encuentran la manera de deshacer el nudo, donde comienza la fe.
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