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lunes, 28 de septiembre de 2026

El recuento de los días

Presentación del Libro Una Rosa sin Espinas
lectoras y reseñista del libro Una Rosa sin espinas


Equipo de Cachibol de Platinas
Comité Delegacional de jubilados y Pensionados


Profesor Eloy Caro Hernández y Cuquis Sandoval Olivas. Reyes de Jubilados y Pensionados 
Delegación D-IV-2

Escribir es, por antonomasia, una forma de nombrar la vida, de conceder voz a los sucesos, a las memorias y a aquellas experiencias que han dejado una huella profunda en mi persona. Es también una manera de preservar aquello que considero significativo y de ofrecerlo a los lectores con la esperanza de que, entre las palabras, encuentren algún reflejo de su propia historia.

Agradezco infinitamente al periódico local El Sol de Parral por brindarme, desde hace más de quince años, este espacio donde han quedado plasmados sueños, fantasías, metas, reseñas, dolores, alegrías, evocaciones y muchos otros textos que, semana tras semana, han encontrado un lugar en la columna “Espejos de vida”.

No existe una musa específica que haga sonar una campana para anunciarme que he encontrado el tema adecuado, ni una varita mágica capaz de delimitar las fronteras entre decir poco en extensión y mucho en significado. Mis principales referentes suelen ser las lecturas realizadas, las experiencias vividas, las conversaciones, los acontecimientos cotidianos y, sobre todo, la memoria.

Acudo a ella y me conecto con emociones y pensamientos íntimos. Escudriño recuerdos, los ordeno y trato de clarificarlos, primero para mí misma. Después, las ideas comienzan a trasladarse al papel. Leo el texto en voz alta, corrijo, borro, sustituyo palabras, modifico frases y vuelvo a escribir tantas veces como sea necesario, hasta sentirme complacida con aquello que finalmente he logrado expresar.

Entonces, el escrito es enviado a la editorial periodística. Aunque actualmente ya no todos los textos encuentran espacio en la edición impresa, reciben las alas de la virtualidad y emprenden otro recorrido, quedando a merced de la voluntad de los lectores: de quienes deciden detenerse, leer, compartir, comentar o simplemente dejar una señal de que estuvieron allí.

En lo personal, algunas estadísticas de lectura me resultan profundamente satisfactorias. En otras ocasiones comprendo que quizá la temática elegida, el inicio o el desarrollo del texto no consiguieron despertar el mismo interés y únicamente aparecen algunos íconos de “me gusta”. También eso forma parte del oficio de escribir: aprender que las palabras encuentran distintos ecos y que no todas las historias llegan de la misma manera a todos los lectores.

Sin embargo, considero que la escritura cumple siempre una misión más profunda. Todo acto de escribir puede convertirse en un proceso de catarsis e introspección. Es hacer un alto en la rueda vertiginosa de la vida, en medio de la multiplicidad de actividades y compromisos que tantas veces nos abruman. Durante ese instante se establece una conexión íntima entre pensamiento, corazón y mano; las palabras comienzan a fluir y, casi sin advertirlo, se fortalece también el hábito de reencontrarse con una misma.

La periodicidad semanal representa para mí un ejercicio extraordinario. Siete días parecen poco tiempo y, sin embargo, pueden contener una vida entera de acontecimientos: encuentros, despedidas, celebraciones, pérdidas, noticias, recuerdos, aprendizajes, incertidumbres y pequeñas escenas cotidianas. Por ello debo ser meticulosa al elegir y delimitar el tópico sobre el cual escribir.

Y justamente, al hacer el recuento de estos días, encuentro razones suficientes para detenerme y agradecer.

Mi gratitud a la Delegación de Jubilados y Pensionados, por la organización del evento conmemorativo del Día de los Jubilados, una celebración que me permitió reencontrarme con compañeros, compartir recuerdos y disfrutar de una jornada especialmente significativa. El azar tuvo además un hermoso gesto conmigo al permitirme ser elegida reina de este año, acompañada por el profesor Eloy Caro, con quien compartí esta experiencia llena de alegría, compañerismo y recuerdos que guardaré con especial cariño.

Agradezco igualmente a la Casa de los Abuelos, por abrirme sus puertas y brindarme la oportunidad de presentar mi libro Una Rosa sin Espinas. Compartir una obra tan entrañable para mí, nacida de experiencias, emociones y fragmentos de vida, en un espacio de encuentro y sensibilidad, fue un privilegio y una experiencia profundamente emotiva.

También forma parte de este recuento mi convivencia con el equipo de cachibol Las Platinas, con quienes asistimos al cuadrangular celebrado en la vecina ciudad de Jiménez, Chihuahua. Más allá del resultado deportivo, quedaron la camaradería, las risas, el entusiasmo, el compañerismo y la satisfacción de continuar activos, compartiendo experiencias y demostrando que cada etapa de la vida puede vivirse con plenitud, energía y nuevos retos.

Cuando se observan en conjunto estas experiencias, resulta evidente cuánto puede albergar una sola semana. La vida no siempre necesita acontecimientos extraordinarios para convertirse en historia; basta con detenerse a mirar con atención aquello que nos ocurre, reconocer a quienes caminan a nuestro lado y aprender a agradecer los instantes que nos permiten sentirnos vivos.

Cada semana supone volver la mirada hacia los días transcurridos y preguntarme qué merece ser rescatado del vértigo del tiempo. A veces será una experiencia personal; otras, un recuerdo lejano, una lectura, una ausencia, una injusticia, una alegría sencilla o una reflexión nacida casi por accidente.

Así he comprendido que escribir “Espejos de vida” también es realizar, semana tras semana, un particular recuento de los días.

No se trata únicamente de registrar lo sucedido, sino de descubrir qué dejaron esos días en nosotros, qué palabra merece permanecer y qué emoción necesita ser nombrada antes de que el tiempo la diluya. Porque los días pasan inevitablemente, pero algunas experiencias pueden quedarse a vivir en la memoria cuando encuentran refugio en la palabra escrita.

Quizá eso sea, finalmente, escribir: recoger pequeños fragmentos de existencia antes de que se pierdan, convertirlos en palabras y ofrecerlos a otros.

Y mientras haya días que contar, recuerdos que rescatar, emociones que comprender, personas a quienes agradecer y lectores dispuestos a encontrarse frente a un espejo de palabras, seguiré escribiendo.

Porque, al final, el recuento de los días también es el recuento de la vida.


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