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sábado, 29 de agosto de 2026

Asomos a la felicidad




Por Cuquis Sandoval Olivas

    El origen etimológico de la palabra felicidad proviene del latín y se relaciona con conceptos como éxito, prosperidad y buena suerte; en la antigua Roma, incluso, se vinculaba con la fertilidad y la productividad. Desde siempre, la humanidad ha buscado esa fuente de bienestar y satisfacción, ya sea por medios físicos o espirituales, caminando hacia ese lugar utópico donde espera encontrar el placer y el beneplácito que produce sentirse plenamente realizado.

    La felicidad ha sido abordada desde distintos contextos, fuentes y perspectivas, no necesariamente para ofrecerla como una receta o fórmula mágica, sino para compartir con la otredad los atisbos de ella, esos pequeños destellos que se manifiestan a través de las sensaciones, emociones y efectos que experimentamos al encontrarla.

    Desde la perspectiva filosófica, los griegos hablaban de ese bien supremo, de la ausencia de turbación en el alma, del conocimiento de sí mismos y del dominio de las emociones. Los estoicos, por su parte, encontraron en la virtud, la razón y el autodominio una vía hacia la serenidad. En cuanto a los místicos, descubrieron otros senderos hacia ella: los de la paz interior y la unión con lo divino, alejándose de los placeres mundanos y canalizando su fuerza y energía hacia el amor, la entrega y el servicio a los demás; hacia ese acto generoso de dar, incluso hasta que duela.

    Son muchos los pensadores que han aportado su propia visión desde las distintas ramas del conocimiento y las disciplinas que los identifican. Sin embargo, para los fines de este artículo, me quedo con una frase atribuida a Buda Gautama que, por su sencillez y profundidad, resume una de las grandes enseñanzas sobre este estado del ser: “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”.

    Sentado este breve preámbulo, hago también un somero recorrido por la celebración del Día Nacional de las Personas Mayores, que en México se conmemora cada veintiocho  de agosto, como una oportunidad para reconocer su valor dentro de la familia y la sociedad, así como la riqueza de sus experiencias, la sabiduría acumulada a través de los años y ese amor que se construye con el paso del tiempo.

    Mis letras nacen tanto de los textos que leo como de mis memorias y de la observación cotidiana de los acontecimientos. Cuando me siento frente a la hoja en blanco de la pantalla, comienzan a tomar forma los recuerdos, las imágenes y las sensaciones; todos ellos buscan las palabras precisas que puedan describirlos. En primera instancia, escribo para reinterpretar y comprender mi propia experiencia; después, para compartirla con esos amables lectores que brindan cobijo a mis palabras y les otorgan un nuevo significado desde sus propias vivencias.

    La Casa de los Abuelos de nuestra localidad es un semillero constante de felicidad. Pudiera pensarse que quienes la frecuentan son personas que ya no tienen otras ocupaciones, responsabilidades o metas; sin embargo, nada está más alejado de la realidad. Quienes asisten lo hacen porque han decidido seguir aprendiendo, creando, conviviendo y, sobre todo, porque han encontrado en ese espacio una oportunidad para ser felices.

    Algunos descubren esas pequeñas parcelas de felicidad en los talleres que ahí se imparten, de acuerdo con sus intereses y habilidades, pues existe una amplia variedad: cocina, coro, karaoke, activación física, bisutería, amigurumis, teatro, guitarra, danza, redes sociales, cachibol, motricidad y literatura, entre otros.

    Es común observar en sus rostros la sonrisa de satisfacción, escuchar el saludo afectuoso y contemplar el abrazo sincero; pero, sobre todo, se percibe la convivencia que ahí se genera y la satisfacción de sentirse parte de una comunidad. Ser y sentirse útil para sí mismo y para los demás constituye, sin duda, una de las formas más gratificantes de experimentar la felicidad.

    Tan pronto comienzan a sonar los primeros acordes de las notas musicales, el cuerpo parece olvidarse de sus dolencias y de los males añejos. Los años quedan momentáneamente suspendidos y brota un espíritu de jovialidad, entusiasmo y alegría. Los pasos quizá ya no tengan la misma firmeza de antes, pero llevan consigo la libertad de quien ha decidido seguir disfrutando de la vida.

    Vaya mi reconocimiento y gratitud para los coordinadores de nuestra Casa, Erik Ramírez Torres y Judith Flores Sáenz, por su excelente desempeño, sensibilidad y entrega incondicional, que hacen posible el florecimiento de tantas actividades y, con ellas, de tantos sueños, encuentros y momentos felices.

    Una mención muy especial merece el taller literario, espacio donde las palabras se convierten en memoria, reflexión y compañía. Allí, las experiencias de vida encuentran una voz; los recuerdos se transforman en relatos y las emociones adquieren forma en cada página. Escribir permite mirar hacia atrás sin quedarse atrapado en el pasado y reconocer que cada historia vivida tiene algo que decir y algo que aportar.

    Quizá la felicidad no sea ese estado permanente y perfecto que tantas veces imaginamos. Tal vez se encuentre, más bien, en pequeños asomos: una sonrisa, una canción, un abrazo, una conversación, una palabra compartida, el placer de aprender algo nuevo, la satisfacción de sentirse escuchado o la dicha sencilla de pertenecer.

    La felicidad puede estar escondida en lo cotidiano, esperando que aprendamos a reconocerla. Puede habitar en una taza de café, en una página escrita, en una melodía, en la amistad, en la familia o en ese espacio donde alguien nos recibe con una sonrisa y nos hace sentir que todavía tenemos mucho por vivir, aprender y ofrecer.

    Por eso, cuando observo a los adultos mayores de nuestra Casa cantar, bailar, escribir, crear, reír y compartir, comprendo que no están buscando la felicidad como quien persigue algo lejano e inalcanzable: la están construyendo con cada encuentro, con cada actividad y con cada instante compartido.

    Quizá esos sean precisamente los asomos a la felicidad: breves destellos que nos recuerdan que la vida no se mide únicamente por los años vividos, sino por la capacidad de seguir encontrando motivos para agradecer, para amar, para crear y para sonreír.

    Y entonces vuelvo a aquella frase: “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”. Porque, al final, ser feliz consiste simplemente en aprender a reconocer esos pequeños caminos que la vida, generosamente, va colocando frente a nosotros.




1 comentario:

  1. Así es Maestra Cuquis, somos felices en el diario convivir en nuestra segunda casa; nuestro Jardín del Abuelo.
    En la cual hemos cultivado amistades, conocimientos, experiencias, alegrías y también hemos llorado por tristezas, fallecimiento de compañeras o familiares de ellas.
    En el taller de Literatura, descubrimos el gusto por la 📖 lectura y escritura ✍️ que nos llevan a lugares inimaginables e increíbles, a soñar y conocer países de otros continentes, nos enseñan a dialogar y diversificar nuestra cultura y aprender de otras.
    La Casa del Jardín del Abuelo, ha sido un espacio abierto donde practicamos y hacemos lo que más nos gusta y nos permite disfrutar la vida, cuidar nuestra salud , sentirnos joviales y tener una ilusión, valorarnos, ser útiles, capaces de afrontar nuestras propias necesidades, festejar con cariño 🫶 nuestros cumpleaños 🎂 y viajar a diferentes lugares.
    Agradezco a Dios 🙏 a nuestros directivos del Jardín, que con su esfuerzo, trabajo y dedicación hacen realidad nuestros proyectos y deseos! 🙏😘♥️🤗👏

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