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viernes, 19 de junio de 2026

Nombrar la vida


 

 “Uno tiene que trabajar con sus propias realidades” 
 Gabriel García Márquez 

    
Por Cuquis Sandoval Olivas

    Escribir desde las bases sentadas por los grandes literatos nos permite analizar y reflexionar sobre quiénes somos, por qué y para qué escribimos, a quién le interesa nuestra producción literaria y qué huella deseamos dejar a través de la palabra. Son preguntas que no tienen una respuesta inmediata ni única; más bien, se van revelando con el paso del tiempo, ese maestro silencioso que registra cuanto ocurre y, al mismo tiempo, esculpe los senderos de nuestro entendimiento.

    Con los años, entre lecturas, intentos, dudas y hallazgos, comenzamos a vislumbrar destellos de luz que cimentan la pasión por registrar los hechos: los del pasado, los del presente y, también, aquellas predicciones ficcionales del futuro. 
    Para ello nos apoyamos en los distintos géneros literarios, así como en la orientación de personas más diestras que, con generosidad, construyen andamios seguros para transitar por los intrincados caminos de las letras.

    Las rutas de quien escribe están plagadas de obstáculos, silencios ensordecedores y vacíos inundados de palabras que, en una danza constante, buscan su acomodo. Hay ideas que penden en una oscuridad brillante: de pronto centellean, se opacan, vuelven a resplandecer y se transforman en ecos que dan génesis a la propia voz. Porque, finalmente, quien escribe emite gritos mudos que esperan ser escuchados en el laberinto cronológico de la existencia.

    Hay premisas básicas que sigo con lealtad y compromiso: situarme en los caminos donde pueda aprender constantemente, compartir con otros lo aprendido y buscar los espacios idóneos para que mis letras no caigan en la vacuidad. Escribir no solo implica producir textos; también exige mirar con profundidad, escuchar con humildad y reconocer que toda palabra nace de una realidad concreta, de una experiencia vivida, soñada, heredada o imaginada.

    En ese caminar constante, no dejo de asombrarme ante la percepción de los grandes maestros que dejaron impresos sus conocimientos y sus ideas. Sus obras son antorchas cuya luz no se extingue; al contrario, transita de mano en mano, iluminando senderos para quienes llegan después. Leerlos es dialogar con otras épocas, con otras conciencias y con otras formas de entender el mundo.

    La oscuridad suele ser sinónimo de ignorancia, porque para percibir el mundo requerimos luz, y para comprenderlo necesitamos conocimiento y discernimiento.
 
    Abrir ventanas en nuestra mente es una necesidad imperante, pero también lo es aprender a situarnos en ambientes donde podamos impregnarnos de esa claridad. Nadie escribe desde la nada: se escribe desde la memoria, desde la herida, desde la esperanza, desde la observación y desde las propias realidades.

    Por eso, la frase de Gabriel García Márquez adquiere un sentido profundo: trabajar con nuestras propias realidades no significa encerrarnos en lo inmediato, sino reconocer el valor de aquello que somos y de aquello que nos rodea. La literatura nace cuando la mirada cotidiana se vuelve conciencia, cuando hay éxtasis en el  placer contemplativo, entonces  la experiencia personal se transforma en lenguaje y la palabra logra tender puentes. 

    Escribir, entonces, es un acto de búsqueda, de revelación y de permanencia. Es abrirse paso entre sombras para nombrar la luz; es convertir la realidad en testimonio, la emoción en pensamiento y la palabra en legado. Quien escribe no solo deja constancia de su tiempo: también siembra una posibilidad de encuentro para quienes, algún día, habrán de leerse en esas mismas letras.

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