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viernes, 5 de junio de 2026

La pausa luminosa


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Por Cuquis Sandoval Olivas

Entre las muchas bondades que la escritura brinda al ser humano, se encuentra la noble ejercitación del pensamiento, la búsqueda constante de la palabra precisa, el intento amoroso de hacer visibles y perceptibles las emociones que nos embargan en determinados momentos. Escribir es también una forma de enaltecer a las personas, los lugares, las cosas y las situaciones que nos sorprenden; es abrir una ventana interior para mirar con mayor hondura aquello que, por cotidiano, a veces dejamos pasar inadvertido.

La capacidad de asombro, como bien lo sugiere Antoine de Saint-Exupéry en su obra maestra El principito, es una virtud que jamás deberíamos olvidar, porque nos permite conservar viva la curiosidad, otorgar valor y sentido a quienes somos, y reconocer la riqueza de nuestro contexto mediato e inmediato. El asombro habita en todo momento y en todo lugar; solo hace falta abrir los sentidos, aquietar la prisa y permitir que el alma dialogue con aquello que la rodea. De la misma manera, el agradecimiento se convierte en una expresión luminosa hacia quienes, con su presencia, sus gestos o sus acciones, han contribuido a embellecer nuestro camino.

Esta premisa también ha sido abordada por Platón, quien señala que el asombro conlleva alegría, maravilla y sabiduría. Y es que, cuando el asombro se asoma, se crean espacios donde el tiempo parece detenerse; la mente se sosiega, el espíritu respira y uno puede adentrarse, sin ruido, en los territorios más íntimos de sí mismo.

Nuestra ciudad ha crecido a pasos agigantados. A partir de su nombramiento como Pueblo Mágico, el turismo se ha multiplicado, los comercios se han expandido y los espacios de encuentro han buscado ofrecer al público una mejor atención, mayor calidad en sus servicios y experiencias cada vez más significativas. Como habitantes de esta ciudad, nos maravillamos ante el despliegue de actividades, carteleras culturales, propuestas gastronómicas y espacios renovados que se ofrecen a la comunidad. Sin embargo, no siempre es posible asistir y gozar de cada una de estas experiencias, ni conocer todos los sitios que se han abierto para enriquecer la vida social, cultural y turística de nuestro entorno.

En días recientes fui invitada por mi amiga y compañera docente, Alma Rosa Chavira Quiñónez, a degustar un delicioso desayuno en el hotel y restaurante El Maderal. Desde el primer momento, la impresión fue de profundo beneplácito. Los sentidos fueron recibidos con generosidad: la vista se recreó en la belleza del lugar y el olfato fue acariciado por los aromas cálidos provenientes de la cocina. Había en el ambiente una armonía silenciosa, una especie de bienvenida delicada que anunciaba que la experiencia no sería únicamente gastronómica, sino también sensorial y afectiva.

A ello se sumó la atención esmerada y cuidadosa del propietario, quien se acercó a nuestra mesa para saludar y compartir una breve y amable charla. Su gesto, sencillo pero significativo, habló de una hospitalidad que no se limita al cumplimiento de un servicio, sino que nace de la conciencia de hacer sentir bienvenido al otro. De igual manera, la joven encargada de atender las mesas mostró amabilidad, respeto y disposición, detalles que, aunque pudieran parecer pequeños, son los que terminan por construir la memoria grata de un lugar.

Cada uno de esos elementos contribuyó a crear el clima perfecto: pausas que invitaban a observar con profundidad, una música tranquila envolviendo la conversación, el café humeante como pequeño ritual de la mañana, la belleza del entorno y todos aquellos detonantes que ayudan a formar una atmósfera propicia para despejar el sendero del ruido, de las prisas y de las preocupaciones cotidianas.

Ahí no había premura. No se sentía la urgencia por abandonar la mesa ni por dejar los diálogos inconclusos. Al contrario, el lugar invitaba a permanecer, a mirar, a saborear lentamente, a conversar sin sobresaltos. Se respiraba tranquilidad, asomos de paz y una alegría serena, de esas que no hacen estruendo, pero se quedan flotando suavemente en el alma.

La cereza del pastel fue colocada por el joven Alejandro González Cano, encargado de preparar las bebidas, quien además añade un toque personal de creatividad al diseño de los platos. En ellos deja ver su capacidad artística, ya sea para felicitar, agradecer o simplemente provocar una sonrisa en los comensales. Con trazos delicados y espontáneos, convierte un plato en un pequeño lienzo; la loza se vuelve escenario, el chocolate líquido se transforma en tinta y el gesto cotidiano de servir adquiere una dimensión estética y emotiva.

Alejandro es un joven de apenas veintiún años que realiza sus tareas con entusiasmo, sensibilidad y la convicción de dar lo mejor de sí mismo. Su trabajo despierta admiración, alegría y sorpresa en quienes reciben su atención. En sus detalles se percibe algo más que habilidad: se advierte vocación, gusto por lo que hace y una manera muy personal de ofrecer belleza en medio de lo cotidiano.

Esa entrega a lo que se hace no representa únicamente el cumplimiento de una función para la que se ha sido contratado. Es ofrecer más. Es poner una parte del alma en la tarea diaria. Esa es, quizá, la esencia del verdadero artista: brindar su arte aun sabiendo que puede ser efímero. Porque aunque esté plasmado sobre loza y su tinta sea chocolate líquido, su magia no desaparece; queda atrapada en la memoria, en el corazón de quien la recibe y en el lente de las cámaras que inmortalizan, aunque sea por un instante, la belleza de su esencia.

Así, una mañana de desayuno se convirtió en una experiencia de gratitud, contemplación y asombro. Una prueba sencilla de que la poesía no siempre se encuentra en los libros; a veces aparece en una taza de café, en una charla amable, en la música que acompaña el silencio, en la atención cuidadosa de quienes sirven con alegría o en un dibujo de chocolate que, antes de desvanecerse, logra tocar el alma.


1 comentario:

  1. Mis respetos amiga y admiración lograste transportarme a ese momento de una forma extraordinaria gracias por compartir por destacar las cualidades del artista, las bondades del lugar y sobre todo tu forma tan hermosa de escribir

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