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martes, 7 de julio de 2026

En memoria de Odetthe Griseld



La noche más larga

Y ella, parte del corazón mío

resplandecía mi amor de abuela,

sin embargo la he perdido.

Dos mil once año aciago

y mencionarlo es preciso. 

el firmamento sin soles

y sin trino los pajarillos.

Era una rosa sin espinas

con grandes dones recibidos

y su ausencia aún afronto

como estando en laberintos.

Sus labios secos, sin agua

voz opaca sin sonido

como un tramo de vereda

sin el canto de los grillos.

Sin soldados y sin tropas

los años se nos han ido

y a pesar de mis mil  yerros,

que alberga el corazón mío.

Alucinaciones reveladoras,

los niños, árboles y los pinos 

en el agua del riachuelo

es inútil, ¡lloro y gimo!

Yo, soñadora innata.

Ella, se instituyó en lo más querido.

Yo, quiero  el tiempo devolver,

ella, dueña de mis cariños.

Ni fulgores ni aureolas,

iluminan mi camino,

ni esplendores de fortuna

nada lo encontré sencillo.

Sus ojitos me miraban

como dardos dirigidos,

la duda de  incertidumbre, 

la noche  de gran sombrío.

Con ella también recorrí

el dolor de sus espinos

sus tristezas sin opacar, 

sin combatir los crueles motivos. 

Lloré y exclamé su nombre,

tomé en mis manos el crucifijo.

y entonces el pensamiento

me informa que ella se ha ido. 

Por eso sufro esta pena,

yo, como flor sin rocío.

En mis sueños aparecían,

el féretro entre cirios.

Me quiebro hasta el día de hoy

como nave sin timón ni farol marítimo.

mi encanto  verdadero

amor de abuela satisfizo.

y fue imposible ocuparme

de recobrar su latido

me dejó, ¡su esencia vuela!

perdí lo que era tan  mío.



Taller de rimas

Casa EyAm

Tutora: Ada Zagaglia

Tallerista: Cuquis Sandoval Olivas

15 de enero del 2025

Título de mi poema: La noche más larga

lunes, 6 de julio de 2026

Amor entre hermanos, memoria, refugio y legado.


https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-amor-entre-hermanos-memoria-refugio-y-legado-30785806

/ Foto: Cortesía / Cuquis Sandoval (Retocada con IA)

“Nuestros hermanos están con nosotros desde el amanecer de nuestra historia personal hasta el inevitable atardecer.”
                                                                                                 Susan Scarf Merrell

    Cuatro letras que mueven al mundo. Es motor de arranque, fuerza de sinergia y raíz de los vínculos más profundos. En su nombre se han cometido barbaries, pero también se han escrito las mejores historias: esas que, a pesar del tiempo transcurrido, aún nos estremecen y nos hacen vibrar al compás de la sinfonía orquestada por el universo.

    Desde la cuna de la civilización griega se buscó explicar y categorizar este valor universal, entendiendo que todo parte del amor por uno mismo, del propio cuidado y reconocimiento, para que después pueda fluir y esparcirse hacia los demás.

    Tuve la gran fortuna, como muchos de mis contemporáneos, de crecer en un ambiente con muchas carencias materiales, pero con abundancia de amor, familiaridad y lazos compartidos. No solo con la familia, sino también con los vecinos y la comunidad en general. Era un tiempo en el que las alegrías y los sinsabores se vivían en conjunto; se lloraba en un hombro cercano y se reía a carcajada abierta ante las ocurrencias, las fiestas, las penas y las circunstancias que la vida iba presentando.

    Dentro de esas benevolencias, mis hermanos han ocupado desde siempre un lugar preponderante en el orden de mis afectos. Quizá con los mayores no compartí tantas experiencias de vida debido a la brecha generacional; sin embargo, recibí de ellos cuidado, abrazo protector y una seguridad que me hizo sentir acompañada. Con el paso del tiempo, sigo refugiándome en su consejo, en su presencia y en ese manto protector que no desaparece, aunque los años avancen. Disfruto enormemente volver a recrear nuestras historias, traer al presente los recuerdos y descubrir que, aunque cada quien tomó su propio camino, seguimos unidos por una raíz común.

    Cada uno de nosotros formó su propio núcleo familiar; sin embargo, los nexos que nos unen se han seguido fortaleciendo. Son hilos invisibles que continúan tejiéndose y extendiéndose hacia nuestros hijos, nietos y nuevas generaciones. No es un proceso fácil, porque ellos pertenecen a otros contextos y sería imposible que vivieran y experimentaran exactamente lo mismo que nosotros. No obstante, debemos insistir en la importancia de esta labor: enseñarles que la familia no solo se hereda por la sangre, sino que se cultiva con presencia, memoria, respeto y amor.

Porque los hermanos son eso: testigos de nuestro origen, guardianes de una infancia compartida y compañeros silenciosos en la travesía de la vida. Con ellos aprendimos a disputar un espacio, a compartir el pan, a defendernos, a reconciliarnos y a comprender que el amor no siempre necesita grandes discursos; a veces basta una llamada, una mirada cómplice, una anécdota repetida o el simple consuelo de saber que siguen ahí.

    Y quizá, cuando llegue el inevitable atardecer del que habla Susan Scarf Merrell, comprendamos que ninguna posesión material habrá sido tan valiosa como esos lazos que resistieron el tiempo. Entonces sabremos que el verdadero legado no estuvo en lo que acumulamos, sino en el amor que fuimos capaces de sembrar, cuidar y mantener vivo entre quienes caminaron con nosotros desde el amanecer de nuestra historia.

Entre el birrete y la esperanza

 





https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-entre-el-birrete-y-la-esperanza-30929249


Entre el birrete y la esperanza

Por Cuquis Sandoval Olivas

La etimología de la palabra graduación proviene del latín gradus, que significa avanzar un paso o subir un escalón más en el camino de la preparación académica. Esta celebración tiene sus antecedentes en Europa, durante los siglos XII y XIII. Para el siglo XIX, Gran Bretaña inició la práctica de realizar bailes para conmemorar este acontecimiento; posteriormente, en el siglo XX, la tradición se implementó en Estados Unidos y, poco a poco, comenzó a diseminarse por otros países y niveles educativos.

En México, como bien lo señaló Octavio Paz en su ensayo El laberinto de la soledad, la fiesta es inherente al mexicano: una manera de despojarse de la máscara de apatía cotidiana para entregarse a los colores, los excesos y las celebraciones. Es así como los meses de junio y julio se llenan de ceremonias de graduación, con un derroche de optimismo, regalos, comidas y actos solemnes que enaltecen la labor de las comunidades educativas, de los padres de familia y, por supuesto, de los graduandos, quienes tuvieron la resiliencia necesaria para concluir un ciclo más de su formación.

En nuestra ciudad, atendemos invitaciones a graduaciones desde el Centro Asistencial de Desarrollo Infantil, preescolar, primaria, secundaria, preparatoria o equivalente, universidad y posgrado. Sin lugar a dudas, participamos con entusiasmo y entramos al círculo exacerbado del consumismo: compra de ropa adecuada para los eventos, fotografías, renta de togas, birretes, ramilletes especiales, salidas a restaurantes y todo tipo de detalle que permita hacerle saber al graduando, a la familia y a la comunidad en general, la alegría que nos embarga por el paso avanzado.

Tenemos tan arraigada la tradición festiva que el desfase en los gastos suele asumirse como una necesidad prioritaria, aunque posteriormente debamos ajustarnos el cinturón. La Secretaría de Educación Pública ha implementado una serie de sugerencias para evitar los altos costos que estas celebraciones generan, como utilizar el mismo recinto escolar, no rentar togas ni birretes, entre otras medidas. Sin embargo, muchas veces son los propios padres de familia quienes insisten en que los festejos se lleven a cabo de manera tradicional.

Por ello, aplaudo la iniciativa de muchas instituciones académicas que solicitan con antelación el uso de gimnasios municipales o escolares, con el fin de economizar en la renta de salones que, además de ser excesivamente caros, no siempre ofrecen buena visibilidad ni acomodo suficiente para todos los asistentes.

La finalidad de emitir y compartir  estas observaciones nace de la experiencia personal, familiar y profesional como docente y parte de equipos directivos en el ámbito educativo. Desde estos distintos lugares me ha tocado ser protagonista, integrante del público o miembro de la mesa de invitados especiales. En cada uno de esos espacios he disfrutado, como la mayoría de la población, esos breves segundos en los que el estudiante graduando es nombrado y ovacionado por familiares y amistades; ese instante simbólico en el que unos cuantos pasos separan la silla asignada de la mesa donde recibe el ansiado documento, testimonio tangible del esfuerzo, perseverancia y avance académico.

Celebrar una graduación es, sin duda, reconocer el esfuerzo, la constancia y la confianza  depositada en cada estudiante. No obstante, quizá valga la pena recordar que el verdadero valor de este acto no está en el lujo de la ceremonia, sino en el significado profundo del logro alcanzado. Graduarse es avanzar, subir un peldaño, mirar hacia atrás con gratitud y hacia adelante con responsabilidad. Que la fiesta no opaque la esencia: celebrar el aprendizaje, la perseverancia y la promesa de un nuevo comienzo.

Aprovecho este espacio para felicitar amplia y cariñosamente a mis queridos nietos graduandos: África Pérez Cázares, quien concluye su educación primaria; Dulcinea Pérez Cázares, egresada de educación secundaria; y Edgar Johan Pérez Galarza, quien culmina su Maestría en Educación. Para ellos, mi reconocimiento, mi orgullo y mi deseo profundo de que cada peldaño alcanzado sea el impulso para seguir avanzando con entusiasmo, responsabilidad y esperanza.




 

domingo, 5 de julio de 2026

Mi padre en la bruma




                                    Única foto con mi padre. Ese día cumplía un año de edad. 

                                                       Dedicatoria con su puño y letra. 

                                                      Sr. Nicanor Sandoval Medina (+)



                                https://online.fliphtml5.com/ujwzj/iidv/#google_vignette

Cuquis Sandoval Olivas

D.A.R. por el Tratado de Berna

Mi padre en la bruma

La vida es como el vaivén de las olas del mar: a veces golpea con fuerza; otras tantas, su oleaje suave acaricia, lleva y trae, sube y baja. Esa parece ser su función secreta: llegar a la orilla, rozar la arena y volver a las profundidades, para continuar con el espectáculo eterno de lo que nace, se aleja y regresa transformado.

Mi cuerpo ha sido un pergamino donde se escriben las historias con tinta endeble, una tinta que se difumina entre las grietas abiertas por el tiempo. Por eso, no siempre las palabras son visibles ni perceptibles a los sentidos; a veces se pierden en los orificios cóncavos de los cráteres del alma, como si quisieran escapar de la mirada curiosa, dejando paso a la duda, a la vacilación y a la búsqueda constante del recuerdo.

A más de medio siglo de su ausencia, la imagen de mi padre se desvanece lentamente, como si en el lienzo del pintor apenas hubieran quedado breves pinceladas, trazos frágiles hechos con una tinta seca que perdió parte de su esencia. Me esfuerzo por traerlo de vuelta, por rescatar su rostro de las sombras del olvido, y solo encuentro esa figura detenida en una fotografía: su mirada quieta, suspendida en el tiempo, esperando quizá encontrarse con la mía.

Quisiera que sus ojos me hablaran. Que desde ese silencio antiguo surgieran las palabras que tanto he esperado escuchar; palabras que llegaran a mis oídos como música celestial del alma, como un murmullo sagrado capaz de aquietar la tristeza que aún habita en mí. Entonces me invade el cansancio, las ganas de abrazarlo, de llorar sin medida, de seguir excavando en la memoria hasta encontrar algún fragmento luminoso que logre aliviar la desazón, la soledad y ese hueco que dejó su partida.

Dentro de esa finitud que marca la existencia humana, lo perdí siendo apenas una niña de nueve años. Desde entonces, sus memorias se han ido dispersando en las estelas de la mar, como barcas pequeñas arrastradas por la corriente del tiempo. Algunas vuelven convertidas en destellos; otras se hunden en lo profundo, donde solo el corazón puede buscarlas.

Me quitaron su presencia física, pero no pudieron quitarme las ansias de amarlo. Me arrebataron sus pasos, su voz, sus manos, su cercanía; pero no pudieron arrancarme el deseo de nombrarlo, de soñarlo, de reconstruirlo con los pedazos que aún permanecen vivos en mí.

Me rompieron, sí; pero como alfarera de mi propia historia, vuelvo a levantarme. Uno los fragmentos dispersos, junto los pedazos de aquello que sí tuve, y con el dolor a flor de piel intento recrear la presencia que el destino me negó demasiado pronto. En esa reconstrucción íntima me sostienen los muros edificados por las manos amorosas de mi madre y de mis hermanos mayores, quienes, con su ternura y fortaleza, fueron amparo, raíz y refugio.

Quizá recordar sea también una forma de rezar. Quizá cada memoria, por pequeña que sea, encienda una lámpara en la oscuridad. Y aunque su rostro se difumine, aunque su voz ya no alcance a regresar completa desde los corredores del tiempo, mi alma continúa buscándolo en cada ola, en cada fotografía, en cada silencio, en cada grieta donde todavía late su nombre.

Porque la ausencia no siempre es vacío. A veces es presencia invisible. A veces es una luz que no se mira, pero acompaña. Y yo, desde esta orilla de la vida, sigo esperando que el mar me devuelva, aunque sea por un instante, el eco sagrado de mi padre.



Criaturas luminosas




Autor: Shelby Van Pelt

Título: Criaturas luminosas

Primera edición: 2022

Lugar de publicación: Estados Unidos

Género: Ficción contemporánea


Sinopsis

Una mujer madura que trabaja en un acuario entabla una entrañable amistad con un pulpo de inteligencia luminosa. A partir de ese vínculo, se teje una cadena de relaciones, secretos y casualidades que conduce a un final inesperado, emotivo y esperanzador.


Reseña

La soledad y el aislamiento en la madurez son componentes esenciales de esta obra, pues se convierten, en Tova, en detonantes de una obsesión compulsiva por la limpieza. Otro punto central es la pérdida de la libertad, física y emocional, así como los ciclos de duelo inconcluso de una madre que busca cerrar su herida mediante respuestas.

El personaje principal es un pulpo rescatado del océano y confinado en un acuario. Aunque pudiera pensarse que vive en cautiverio, conserva la libertad del pensamiento: observa, aprende de las personas que lo visitan, se camufla y escapa, aun a costa de su vida. Es protagonista, símbolo, narrador y conciencia crítica; enseña a tender puentes de amistad  y escucha activa, además de mirar con detenimiento creando lazos de comunicación con Tova.

En cuanto a los personajes secundarios, cada uno posee anclas que lo sujetan al pasado. Cameron busca a un padre desconocido; añora y culpa a la vez a la madre que lo dejó al cuidado de su tía debido a sus adicciones, y encuentra en la música una forma de liberación.

Así, entre causalidades y casualidades, se entreteje una trama que se esclarece hasta llegar a un final profundamente emotivo: el reencuentro entre abuela y nieto, el amor, el desapego, los nuevos comienzos y las criaturas luminosas que encontramos en el camino. 

Reseña ofrecida por Cuquis Sandoval Olivas 

Web personal https://cuquissandovalolivasletrasypoemas.blogspot.com/






Más allá de la noche oscura




Reseña publicada en la Real Orden Poética Literaria Juan Benito


Autor:  Ada Zaglalia

Título: Más allá de la noche oscura

Primera edición: 2026

Lugar de publicación: Dublín (Irlanda)

Género: Místico


Sinopsis

De la mano de grandes maestros de la mística se incursiona en un viaje introspectivo, donde cada cita, frase y ejercicio, se lee y se experimenta con intensidad. 


Reseña

La autora nos invita a viajar hacia la interioridad, ahí donde mirar de frente al yo íntimo, deja de ser una tarea sencilla y se convierte en un ejercicio de conciencia, contemplación y fe.  Sus páginas nos llevan por senderos místicos en los que el pensamiento se expande y descubre significados antes ocultos trás la niebla del dolor, el miedo y la incertidumbre y, los transforma en palabras, en frases y en versos, pero sobre todo, en acciones interiores por medio de ejercicios de escritura propuestos. 

En sus páginas nos muestra que la fuerza nace de la percepción profunda, de saber escucharse, reconocerse en la otredad y comprender que cada Ser forma parte de una unidad mayor, porque no estamos solos en el universo, somos fragmentos que al encontrarse, revelan la totalidad. 

La espiritualidad, el alma, la naturaleza, la fe, los sentimientos y las heridas, aparecen como elementos necesarios en este transitar luminoso. Más que hablar y profundizar en la oscuridad, el libro propone estrategias para  atravesarlas; más que negar las penumbras, nos enseña a habitarlas con esperanza hasta descubrir en ellas una posible transformación.

Es una lectura sensible, que nos invita a reinterpretar el silencio y poner nuestros sentidos en alerta, recordándonos que aún en medio de la oscuridad, siempre habrá una luz interior en espera de ser encendida. 

Reseña ofrecida por Cuquis Sandoval Olivas 

Web personal https://cuquissandovalolivasletrasypoemas.blogspot.com/





Reseña: Un monstruo viene a verme




viernes, 19 de junio de 2026

Nombrar la vida


 

 “Uno tiene que trabajar con sus propias realidades” 
 Gabriel García Márquez 

    
Por Cuquis Sandoval Olivas

    Escribir desde las bases sentadas por los grandes literatos nos permite analizar y reflexionar sobre quiénes somos, por qué y para qué escribimos, a quién le interesa nuestra producción literaria y qué huella deseamos dejar a través de la palabra. Son preguntas que no tienen una respuesta inmediata ni única; más bien, se van revelando con el paso del tiempo, ese maestro silencioso que registra cuanto ocurre y, al mismo tiempo, esculpe los senderos de nuestro entendimiento.

    Con los años, entre lecturas, intentos, dudas y hallazgos, comenzamos a vislumbrar destellos de luz que cimentan la pasión por registrar los hechos: los del pasado, los del presente y, también, aquellas predicciones ficcionales del futuro. 
    Para ello nos apoyamos en los distintos géneros literarios, así como en la orientación de personas más diestras que, con generosidad, construyen andamios seguros para transitar por los intrincados caminos de las letras.

    Las rutas de quien escribe están plagadas de obstáculos, silencios ensordecedores y vacíos inundados de palabras que, en una danza constante, buscan su acomodo. Hay ideas que penden en una oscuridad brillante: de pronto centellean, se opacan, vuelven a resplandecer y se transforman en ecos que dan génesis a la propia voz. Porque, finalmente, quien escribe emite gritos mudos que esperan ser escuchados en el laberinto cronológico de la existencia.

    Hay premisas básicas que sigo con lealtad y compromiso: situarme en los caminos donde pueda aprender constantemente, compartir con otros lo aprendido y buscar los espacios idóneos para que mis letras no caigan en la vacuidad. Escribir no solo implica producir textos; también exige mirar con profundidad, escuchar con humildad y reconocer que toda palabra nace de una realidad concreta, de una experiencia vivida, soñada, heredada o imaginada.

    En ese caminar constante, no dejo de asombrarme ante la percepción de los grandes maestros que dejaron impresos sus conocimientos y sus ideas. Sus obras son antorchas cuya luz no se extingue; al contrario, transita de mano en mano, iluminando senderos para quienes llegan después. Leerlos es dialogar con otras épocas, con otras conciencias y con otras formas de entender el mundo.

    La oscuridad suele ser sinónimo de ignorancia, porque para percibir el mundo requerimos luz, y para comprenderlo necesitamos conocimiento y discernimiento.
 
    Abrir ventanas en nuestra mente es una necesidad imperante, pero también lo es aprender a situarnos en ambientes donde podamos impregnarnos de esa claridad. Nadie escribe desde la nada: se escribe desde la memoria, desde la herida, desde la esperanza, desde la observación y desde las propias realidades.

    Por eso, la frase de Gabriel García Márquez adquiere un sentido profundo: trabajar con nuestras propias realidades no significa encerrarnos en lo inmediato, sino reconocer el valor de aquello que somos y de aquello que nos rodea. La literatura nace cuando la mirada cotidiana se vuelve conciencia, cuando hay éxtasis en el  placer contemplativo, entonces  la experiencia personal se transforma en lenguaje y la palabra logra tender puentes. 

    Escribir, entonces, es un acto de búsqueda, de revelación y de permanencia. Es abrirse paso entre sombras para nombrar la luz; es convertir la realidad en testimonio, la emoción en pensamiento y la palabra en legado. Quien escribe no solo deja constancia de su tiempo: también siembra una posibilidad de encuentro para quienes, algún día, habrán de leerse en esas mismas letras.

sábado, 13 de junio de 2026

Educar para iluminar destinos

 



    Hay una energía vital que sostiene, impulsa y conecta toda forma de vida. Desde el instante en que somos concebidos, comienzan a tejerse los primeros lazos de unión con el vientre materno; después, al nacer, esos hilos se prolongan hacia la familia, hacia la comunidad y hacia los distintos espacios donde vamos construyendo nuestra historia. Así, aprendemos a integrar nuevas personas, experiencias y actividades a nuestra cotidianidad, mismas que, sin duda, se convierten en detonantes de bienestar, crecimiento y felicidad.

    Nos alimentamos de esa fuente inagotable de luz que nace del encuentro con los demás, de la convivencia, del aprendizaje compartido y de la posibilidad de seguir brillando aun en medio de la oscuridad. Porque vivir no solo implica transitar el tiempo, sino también dejar huella, sembrar afectos, compartir saberes y permanecer en la memoria de quienes caminan a nuestro lado.

    La escuela es, por antonomasia, una de las instituciones donde más personas se reúnen con un propósito común: aprender, formar, acompañar y transformar. En ella confluyen sueños, esfuerzos, responsabilidades y metas que la Secretaría de Educación Pública ha organizado por niveles educativos, con el fin de atender a niños, adolescentes y jóvenes de acuerdo con su etapa de desarrollo, brindándoles las herramientas necesarias para avanzar hacia el siguiente peldaño de su formación académica y humana.

    En otros tiempos, culminar una carrera profesional parecía suficiente para ejercer durante toda la vida. Sin embargo, hoy la realidad es distinta: todas las áreas del conocimiento exigen innovación constante, apertura al cambio y capacidad de adaptación, debido al acelerado y vertiginoso avance del tiempo, de la ciencia, de la tecnología. La educación, por supuesto, no es la excepción; por el contrario, es una de las áreas que más compromiso exige. 

    En esta ocasión, deseo centrar estas letras en la Escuela Normal Experimental Miguel Hidalgo, un espacio educativo de profunda relevancia, donde se forman los formadores de México. Sus aulas reciben a jóvenes que, después de concluir la preparatoria, emprenden durante cuatro años consecutivos una formación profesional orientada al servicio, a la enseñanza y al acompañamiento de las nuevas generaciones. En este trayecto adquieren herramientas pedagógicas, didácticas, éticas y humanas que les permitirán responder a las necesidades de la niñez  en contextos cada vez más diversos y complejos.

    Este centro educativo inició sus labores en 1975. En sus primeros años, quienes egresaron de sus aulas obtenían el título de profesores de educación primaria; posteriormente, a partir de 1984, con los cambios establecidos en la formación docente, la carrera adquirió el nivel de licenciatura, por lo que sus egresados comenzaron a titularse como licenciados en Educación. Desde entonces, la institución ha experimentado diversas reformas, transformaciones curriculares y cambios educativos; sin embargo, su esencia permanece intacta: preparar a jóvenes comprometidos con la noble tarea de educar.

    Ser maestro implica mucho más que transmitir contenidos. Significa acompañar procesos, escuchar historias, reconocer talentos, orientar emociones, despertar curiosidades y sembrar esperanza. Por ello, cada actividad realizada dentro de la Escuela Normal representa una oportunidad para que los futuros docentes fortalezcan su creatividad, su liderazgo, su sensibilidad y su capacidad de trabajar en equipo.

    Desde hace más de veinticinco años, los jóvenes normalistas organizan un macrofestival que, en sus inicios, se realizaba con motivo del “Día del Niño” y que actualmente lleva el nombre de “Festival de fin de curso”. Esta actividad se ha convertido en una tradición significativa para la institución, pues permite que cada grupo prepare un número artístico con dedicación, entusiasmo y sentido pedagógico. Para ello, diseñan escenarios, elaboran vestuarios, construyen caracterizaciones, seleccionan música, organizan coreografías y cuidan cada detalle necesario para recibir a los alumnos de las escuelas primarias invitadas.

    En este festival se percibe un verdadero derroche de creatividad, iniciativa, organización y lucimiento. Los niños bailan, cantan, observan, ríen y disfrutan al máximo, porque cada uno de los números preparados suele estar inspirado en caricaturas, cuentos, películas o personajes conocidos por ellos. De esta manera, el arte se convierte en puente entre la imaginación infantil y la formación docente; entre la alegría de los niños y el compromiso de quienes se preparan para educarlos.

    El “Festival de fin de curso” no solo representa un momento de recreación. También es una experiencia formativa donde los futuros maestros ponen en práctica habilidades esenciales para su profesión: la planeación, la comunicación, la expresión corporal, la creatividad, la gestión de grupos, la resolución de problemas y el trabajo colaborativo. Cada ensayo, cada vestuario, cada escenografía y cada presentación reflejan horas de esfuerzo, acuerdos, organización y entrega.

    Asimismo, esta actividad fortalece los vínculos entre la Escuela Normal y las escuelas primarias de la comunidad. Los niños invitados no solo asisten como espectadores, sino como protagonistas de una experiencia que alimenta su imaginación y les permite vivir la escuela desde la alegría, el arte y la convivencia. Para los normalistas, en cambio, representa una oportunidad invaluable para acercarse a la infancia desde otro lenguaje: el de la música, el movimiento, la fantasía y la emoción.

    Por ello, hablar de la Escuela Normal Experimental Miguel Hidalgo es hablar de una institución que no solo conserva su historia, sino que la renueva a través de sus prácticas, de sus tradiciones y de la vocación de sus estudiantes. Es hablar de un espacio donde la educación se piensa, se vive y se celebra; donde la formación docente se construye entre libros, aulas, proyectos, escenarios, risas infantiles y sueños compartidos.

    En cada generación que egresa, la Normal deja una semilla. Esa semilla viaja a distintas escuelas, comunidades y contextos, donde germina en forma de enseñanza, paciencia, compromiso y esperanza. Porque formar docentes es también formar futuro; es preparar manos que guiarán otras manos, voces que despertarán otras voces y corazones capaces de comprender que educar es, como decía Paulo Freire: “un acto profundamente humano”.

    Así, el festival, la convivencia, la creatividad y la entrega de los estudiantes normalistas se convierten en testimonio vivo de esa energía vital que nos une desde el origen. Una energía que se transforma en aprendizaje, en servicio, en comunidad y en luz; una luz que sigue brillando en la niñez, en cada maestro en servicio o en formación y en cada historia que nace dentro de las aulas de este centro educativo.