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viernes, 19 de junio de 2026

Nombrar la vida


 

 “Uno tiene que trabajar con sus propias realidades” 
 Gabriel García Márquez 

    
Por Cuquis Sandoval Olivas

    Escribir desde las bases sentadas por los grandes literatos nos permite analizar y reflexionar sobre quiénes somos, por qué y para qué escribimos, a quién le interesa nuestra producción literaria y qué huella deseamos dejar a través de la palabra. Son preguntas que no tienen una respuesta inmediata ni única; más bien, se van revelando con el paso del tiempo, ese maestro silencioso que registra cuanto ocurre y, al mismo tiempo, esculpe los senderos de nuestro entendimiento.

    Con los años, entre lecturas, intentos, dudas y hallazgos, comenzamos a vislumbrar destellos de luz que cimentan la pasión por registrar los hechos: los del pasado, los del presente y, también, aquellas predicciones ficcionales del futuro. 
    Para ello nos apoyamos en los distintos géneros literarios, así como en la orientación de personas más diestras que, con generosidad, construyen andamios seguros para transitar por los intrincados caminos de las letras.

    Las rutas de quien escribe están plagadas de obstáculos, silencios ensordecedores y vacíos inundados de palabras que, en una danza constante, buscan su acomodo. Hay ideas que penden en una oscuridad brillante: de pronto centellean, se opacan, vuelven a resplandecer y se transforman en ecos que dan génesis a la propia voz. Porque, finalmente, quien escribe emite gritos mudos que esperan ser escuchados en el laberinto cronológico de la existencia.

    Hay premisas básicas que sigo con lealtad y compromiso: situarme en los caminos donde pueda aprender constantemente, compartir con otros lo aprendido y buscar los espacios idóneos para que mis letras no caigan en la vacuidad. Escribir no solo implica producir textos; también exige mirar con profundidad, escuchar con humildad y reconocer que toda palabra nace de una realidad concreta, de una experiencia vivida, soñada, heredada o imaginada.

    En ese caminar constante, no dejo de asombrarme ante la percepción de los grandes maestros que dejaron impresos sus conocimientos y sus ideas. Sus obras son antorchas cuya luz no se extingue; al contrario, transita de mano en mano, iluminando senderos para quienes llegan después. Leerlos es dialogar con otras épocas, con otras conciencias y con otras formas de entender el mundo.

    La oscuridad suele ser sinónimo de ignorancia, porque para percibir el mundo requerimos luz, y para comprenderlo necesitamos conocimiento y discernimiento.
 
    Abrir ventanas en nuestra mente es una necesidad imperante, pero también lo es aprender a situarnos en ambientes donde podamos impregnarnos de esa claridad. Nadie escribe desde la nada: se escribe desde la memoria, desde la herida, desde la esperanza, desde la observación y desde las propias realidades.

    Por eso, la frase de Gabriel García Márquez adquiere un sentido profundo: trabajar con nuestras propias realidades no significa encerrarnos en lo inmediato, sino reconocer el valor de aquello que somos y de aquello que nos rodea. La literatura nace cuando la mirada cotidiana se vuelve conciencia, cuando hay éxtasis en el  placer contemplativo, entonces  la experiencia personal se transforma en lenguaje y la palabra logra tender puentes. 

    Escribir, entonces, es un acto de búsqueda, de revelación y de permanencia. Es abrirse paso entre sombras para nombrar la luz; es convertir la realidad en testimonio, la emoción en pensamiento y la palabra en legado. Quien escribe no solo deja constancia de su tiempo: también siembra una posibilidad de encuentro para quienes, algún día, habrán de leerse en esas mismas letras.

sábado, 13 de junio de 2026

Educar para iluminar destinos

 



    Hay una energía vital que sostiene, impulsa y conecta toda forma de vida. Desde el instante en que somos concebidos, comienzan a tejerse los primeros lazos de unión con el vientre materno; después, al nacer, esos hilos se prolongan hacia la familia, hacia la comunidad y hacia los distintos espacios donde vamos construyendo nuestra historia. Así, aprendemos a integrar nuevas personas, experiencias y actividades a nuestra cotidianidad, mismas que, sin duda, se convierten en detonantes de bienestar, crecimiento y felicidad.

    Nos alimentamos de esa fuente inagotable de luz que nace del encuentro con los demás, de la convivencia, del aprendizaje compartido y de la posibilidad de seguir brillando aun en medio de la oscuridad. Porque vivir no solo implica transitar el tiempo, sino también dejar huella, sembrar afectos, compartir saberes y permanecer en la memoria de quienes caminan a nuestro lado.

    La escuela es, por antonomasia, una de las instituciones donde más personas se reúnen con un propósito común: aprender, formar, acompañar y transformar. En ella confluyen sueños, esfuerzos, responsabilidades y metas que la Secretaría de Educación Pública ha organizado por niveles educativos, con el fin de atender a niños, adolescentes y jóvenes de acuerdo con su etapa de desarrollo, brindándoles las herramientas necesarias para avanzar hacia el siguiente peldaño de su formación académica y humana.

    En otros tiempos, culminar una carrera profesional parecía suficiente para ejercer durante toda la vida. Sin embargo, hoy la realidad es distinta: todas las áreas del conocimiento exigen innovación constante, apertura al cambio y capacidad de adaptación, debido al acelerado y vertiginoso avance del tiempo, de la ciencia, de la tecnología. La educación, por supuesto, no es la excepción; por el contrario, es una de las áreas que más compromiso exige. 

    En esta ocasión, deseo centrar estas letras en la Escuela Normal Experimental Miguel Hidalgo, un espacio educativo de profunda relevancia, donde se forman los formadores de México. Sus aulas reciben a jóvenes que, después de concluir la preparatoria, emprenden durante cuatro años consecutivos una formación profesional orientada al servicio, a la enseñanza y al acompañamiento de las nuevas generaciones. En este trayecto adquieren herramientas pedagógicas, didácticas, éticas y humanas que les permitirán responder a las necesidades de la niñez  en contextos cada vez más diversos y complejos.

    Este centro educativo inició sus labores en 1975. En sus primeros años, quienes egresaron de sus aulas obtenían el título de profesores de educación primaria; posteriormente, a partir de 1984, con los cambios establecidos en la formación docente, la carrera adquirió el nivel de licenciatura, por lo que sus egresados comenzaron a titularse como licenciados en Educación. Desde entonces, la institución ha experimentado diversas reformas, transformaciones curriculares y cambios educativos; sin embargo, su esencia permanece intacta: preparar a jóvenes comprometidos con la noble tarea de educar.

    Ser maestro implica mucho más que transmitir contenidos. Significa acompañar procesos, escuchar historias, reconocer talentos, orientar emociones, despertar curiosidades y sembrar esperanza. Por ello, cada actividad realizada dentro de la Escuela Normal representa una oportunidad para que los futuros docentes fortalezcan su creatividad, su liderazgo, su sensibilidad y su capacidad de trabajar en equipo.

    Desde hace más de veinticinco años, los jóvenes normalistas organizan un macrofestival que, en sus inicios, se realizaba con motivo del “Día del Niño” y que actualmente lleva el nombre de “Festival de fin de curso”. Esta actividad se ha convertido en una tradición significativa para la institución, pues permite que cada grupo prepare un número artístico con dedicación, entusiasmo y sentido pedagógico. Para ello, diseñan escenarios, elaboran vestuarios, construyen caracterizaciones, seleccionan música, organizan coreografías y cuidan cada detalle necesario para recibir a los alumnos de las escuelas primarias invitadas.

    En este festival se percibe un verdadero derroche de creatividad, iniciativa, organización y lucimiento. Los niños bailan, cantan, observan, ríen y disfrutan al máximo, porque cada uno de los números preparados suele estar inspirado en caricaturas, cuentos, películas o personajes conocidos por ellos. De esta manera, el arte se convierte en puente entre la imaginación infantil y la formación docente; entre la alegría de los niños y el compromiso de quienes se preparan para educarlos.

    El “Festival de fin de curso” no solo representa un momento de recreación. También es una experiencia formativa donde los futuros maestros ponen en práctica habilidades esenciales para su profesión: la planeación, la comunicación, la expresión corporal, la creatividad, la gestión de grupos, la resolución de problemas y el trabajo colaborativo. Cada ensayo, cada vestuario, cada escenografía y cada presentación reflejan horas de esfuerzo, acuerdos, organización y entrega.

    Asimismo, esta actividad fortalece los vínculos entre la Escuela Normal y las escuelas primarias de la comunidad. Los niños invitados no solo asisten como espectadores, sino como protagonistas de una experiencia que alimenta su imaginación y les permite vivir la escuela desde la alegría, el arte y la convivencia. Para los normalistas, en cambio, representa una oportunidad invaluable para acercarse a la infancia desde otro lenguaje: el de la música, el movimiento, la fantasía y la emoción.

    Por ello, hablar de la Escuela Normal Experimental Miguel Hidalgo es hablar de una institución que no solo conserva su historia, sino que la renueva a través de sus prácticas, de sus tradiciones y de la vocación de sus estudiantes. Es hablar de un espacio donde la educación se piensa, se vive y se celebra; donde la formación docente se construye entre libros, aulas, proyectos, escenarios, risas infantiles y sueños compartidos.

    En cada generación que egresa, la Normal deja una semilla. Esa semilla viaja a distintas escuelas, comunidades y contextos, donde germina en forma de enseñanza, paciencia, compromiso y esperanza. Porque formar docentes es también formar futuro; es preparar manos que guiarán otras manos, voces que despertarán otras voces y corazones capaces de comprender que educar es, como decía Paulo Freire: “un acto profundamente humano”.

    Así, el festival, la convivencia, la creatividad y la entrega de los estudiantes normalistas se convierten en testimonio vivo de esa energía vital que nos une desde el origen. Una energía que se transforma en aprendizaje, en servicio, en comunidad y en luz; una luz que sigue brillando en la niñez, en cada maestro en servicio o en formación y en cada historia que nace dentro de las aulas de este centro educativo.

viernes, 5 de junio de 2026

Tomo VII Demac

https://drive.google.com/file/d/1k3v0N-2-hdE5repqdyvTQoMqh-4x10JR/view?usp=sharing

La pausa luminosa


                                     https://www.facebook.com/share/p/1GAqvFLfc9/

Por Cuquis Sandoval Olivas

Entre las muchas bondades que la escritura brinda al ser humano, se encuentra la noble ejercitación del pensamiento, la búsqueda constante de la palabra precisa, el intento amoroso de hacer visibles y perceptibles las emociones que nos embargan en determinados momentos. Escribir es también una forma de enaltecer a las personas, los lugares, las cosas y las situaciones que nos sorprenden; es abrir una ventana interior para mirar con mayor hondura aquello que, por cotidiano, a veces dejamos pasar inadvertido.

La capacidad de asombro, como bien lo sugiere Antoine de Saint-Exupéry en su obra maestra El principito, es una virtud que jamás deberíamos olvidar, porque nos permite conservar viva la curiosidad, otorgar valor y sentido a quienes somos, y reconocer la riqueza de nuestro contexto mediato e inmediato. El asombro habita en todo momento y en todo lugar; solo hace falta abrir los sentidos, aquietar la prisa y permitir que el alma dialogue con aquello que la rodea. De la misma manera, el agradecimiento se convierte en una expresión luminosa hacia quienes, con su presencia, sus gestos o sus acciones, han contribuido a embellecer nuestro camino.

Esta premisa también ha sido abordada por Platón, quien señala que el asombro conlleva alegría, maravilla y sabiduría. Y es que, cuando el asombro se asoma, se crean espacios donde el tiempo parece detenerse; la mente se sosiega, el espíritu respira y uno puede adentrarse, sin ruido, en los territorios más íntimos de sí mismo.

Nuestra ciudad ha crecido a pasos agigantados. A partir de su nombramiento como Pueblo Mágico, el turismo se ha multiplicado, los comercios se han expandido y los espacios de encuentro han buscado ofrecer al público una mejor atención, mayor calidad en sus servicios y experiencias cada vez más significativas. Como habitantes de esta ciudad, nos maravillamos ante el despliegue de actividades, carteleras culturales, propuestas gastronómicas y espacios renovados que se ofrecen a la comunidad. Sin embargo, no siempre es posible asistir y gozar de cada una de estas experiencias, ni conocer todos los sitios que se han abierto para enriquecer la vida social, cultural y turística de nuestro entorno.

En días recientes fui invitada por mi amiga y compañera docente, Alma Rosa Chavira Quiñónez, a degustar un delicioso desayuno en el hotel y restaurante El Maderal. Desde el primer momento, la impresión fue de profundo beneplácito. Los sentidos fueron recibidos con generosidad: la vista se recreó en la belleza del lugar y el olfato fue acariciado por los aromas cálidos provenientes de la cocina. Había en el ambiente una armonía silenciosa, una especie de bienvenida delicada que anunciaba que la experiencia no sería únicamente gastronómica, sino también sensorial y afectiva.

A ello se sumó la atención esmerada y cuidadosa del propietario, quien se acercó a nuestra mesa para saludar y compartir una breve y amable charla. Su gesto, sencillo pero significativo, habló de una hospitalidad que no se limita al cumplimiento de un servicio, sino que nace de la conciencia de hacer sentir bienvenido al otro. De igual manera, la joven encargada de atender las mesas mostró amabilidad, respeto y disposición, detalles que, aunque pudieran parecer pequeños, son los que terminan por construir la memoria grata de un lugar.

Cada uno de esos elementos contribuyó a crear el clima perfecto: pausas que invitaban a observar con profundidad, una música tranquila envolviendo la conversación, el café humeante como pequeño ritual de la mañana, la belleza del entorno y todos aquellos detonantes que ayudan a formar una atmósfera propicia para despejar el sendero del ruido, de las prisas y de las preocupaciones cotidianas.

Ahí no había premura. No se sentía la urgencia por abandonar la mesa ni por dejar los diálogos inconclusos. Al contrario, el lugar invitaba a permanecer, a mirar, a saborear lentamente, a conversar sin sobresaltos. Se respiraba tranquilidad, asomos de paz y una alegría serena, de esas que no hacen estruendo, pero se quedan flotando suavemente en el alma.

La cereza del pastel fue colocada por el joven Alejandro González Cano, encargado de preparar las bebidas, quien además añade un toque personal de creatividad al diseño de los platos. En ellos deja ver su capacidad artística, ya sea para felicitar, agradecer o simplemente provocar una sonrisa en los comensales. Con trazos delicados y espontáneos, convierte un plato en un pequeño lienzo; la loza se vuelve escenario, el chocolate líquido se transforma en tinta y el gesto cotidiano de servir adquiere una dimensión estética y emotiva.

Alejandro es un joven de apenas veintiún años que realiza sus tareas con entusiasmo, sensibilidad y la convicción de dar lo mejor de sí mismo. Su trabajo despierta admiración, alegría y sorpresa en quienes reciben su atención. En sus detalles se percibe algo más que habilidad: se advierte vocación, gusto por lo que hace y una manera muy personal de ofrecer belleza en medio de lo cotidiano.

Esa entrega a lo que se hace no representa únicamente el cumplimiento de una función para la que se ha sido contratado. Es ofrecer más. Es poner una parte del alma en la tarea diaria. Esa es, quizá, la esencia del verdadero artista: brindar su arte aun sabiendo que puede ser efímero. Porque aunque esté plasmado sobre loza y su tinta sea chocolate líquido, su magia no desaparece; queda atrapada en la memoria, en el corazón de quien la recibe y en el lente de las cámaras que inmortalizan, aunque sea por un instante, la belleza de su esencia.

Así, una mañana de desayuno se convirtió en una experiencia de gratitud, contemplación y asombro. Una prueba sencilla de que la poesía no siempre se encuentra en los libros; a veces aparece en una taza de café, en una charla amable, en la música que acompaña el silencio, en la atención cuidadosa de quienes sirven con alegría o en un dibujo de chocolate que, antes de desvanecerse, logra tocar el alma.


Congreso Internacional de la Rima Jotabé. Mi ponencia en el minuto 1.19

sábado, 30 de mayo de 2026

Alquimia del verbo








https://oem.com.mx/elsoldeparral/analisis/espejos-de-vida-alquimia-del-verbo-30262913

Por Cuquis Sandoval Olivas

    Soy un fuego constante alimentado por las chispas del ayer, las mismas que avivan y enlazan esas realidades distantes que continúan iluminando mi presente y me permiten vislumbrar el sendero del mañana. Abro mis brazos a la vida, extendidos hacia el horizonte, en disposición de recibir, pero también de entregar; porque de eso trata esta sinfonía orquestada por el universo, cuyas notas vibran en la naturaleza y se manifiestan en la magnificencia del cosmos, en cada amanecer y en cada ocaso que incendia el firmamento.

    Esas melodías viajan a través de los elementos para ejecutar los ritmos que acompañan el compás de mis pasos; para percibir, desde el alma, las notas musicales, los blancos y silencios donde la alquimia del verbo danza a su propio ritmo y da refugio a las emociones más profundas. La palabra funciona entonces como puente que conecta los recuerdos, como catarsis, resonancia, éxtasis y evocación.

    Mis manos palpan la música invisible; escucho a través de la mirada para arribar a esa exposición magistral erigida en la catedral de las palabras. Ahí, donde se conjugan los tiempos, las emociones y los sentimientos, las letras buscan su acomodo entre los cimientos y pilares de la escritura, convirtiéndose en escenario para la ejecución de ese vals infinito que intenta atrapar los sentidos y expresar el más absoluto agradecimiento por el regalo de la vida.
Estas abstracciones brotan de la reflexión y del análisis de existir, de la confabulación del universo que derrama, sin descanso, una lluvia de bendiciones. Algunas veces llegan con el nombre de “oportunidades”; otras, bajo la forma del reconocimiento, de la mano amiga, de la mirada que abraza, de la compañía fraterna, de los nuevos umbrales que traen consigo rostros hasta entonces desconocidos, así como de las huellas e impactos que cada encuentro deja, incluso en medio de la cotidianidad.

    Seis décadas y tres años cumplidos: una historia que aún tiene mucho que aportar y todavía más por aprender de todo cuanto nos rodea. Mantengo la mirada firme en la esperanza, en el regocijo de los colores del arcoíris, en la vibración del alma y en la fuerza transformadora del amor.
Expreso mi más sincero agradecimiento a todas las personas que me acompañan en este viaje; a mis maestros, con sus lecciones constantes, tanto presenciales como virtuales, pero también a cada ser humano que, de manera consciente o inadvertida, ha dejado una enseñanza en mi camino. Porque todos, en algún momento de la existencia, nos convertimos en maestros del otro: a través de la palabra, del ejemplo, de la ausencia, de las caídas compartidas o de la mano tendida en medio de la tormenta. Cada encuentro posee una lección silenciosa que transforma, moldea y da sentido al trayecto recorrido.

    Gracias a ellos continúo caminando hacia la utopía en búsqueda de mi propia libertad, hacia esa nueva marea del tiempo fundida con el infinito. Porque el tiempo no puede atraparse en las redes del cautiverio: es el escultor que ha marcado arrugas en mi rostro; el pintor que tiñó de gris y blanco mis cabellos, como nieve de inviernos pasados; el reloj silencioso que registra horas, días, meses y años en el calendario íntimo de mi existencia.

    Gracias infinitas a mi familia. Ellos son refugio de raíces; son árboles y ramas mecidas por el viento. Son un mapa cartográfico de amor que me sostiene en medio de las tormentas; faro luminoso que guía mis pasos hacia puerto seguro; constelación de afectos, pilar y latido vital que sincroniza mi pulso cada día.

    A todas las personas que forman parte de mi entorno: gracias mil por esas conexiones que nos vinculan, por la superación compartida de los desafíos, por ser tejedores de sueños y notas irrepetibles dentro de esta sinfonía humana que juntos interpretamos.

    Y así, en este contar del tiempo, sé que continuará escribiendo sus páginas sobre mi piel y mi memoria, agregando historias, anécdotas y aprendizajes; yo, seguiré abrazando la vida y a todas las personas con gratitud, permitiendo que cada experiencia, cada palabra y cada encuentro se conviertan en esa chispa tan necesaria para alimentar el fuego interior que aún arde con esperanza, amor, fe  y plenitud.


    Gracias, gracias, gracias. 

viernes, 22 de mayo de 2026

Un corazón de pueblo

















/ Fotos: Cortesía / Verenice Tarin Madrid.
Imagen retocada con Inteligencia Artificial.

Me permito ser portavoz del pueblo ballezano, para expresar a la familia Tarín Madrid, nuestras más sinceras condolencias ante la sensible partida del señor Francisco Tarín Castillo (1942–2026),  hombre entrañable cuya vida dejó una huella imborrable en el corazón de su familia,  de todo el pueblo de Balleza y de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.

Sabemos que la palabra escrita posee la virtud de inmortalizar el pensamiento y transformar las emociones en memoria viva; esta permite expresar aquello que muchas veces quedó resguardado en el silencio del corazón, pero que hoy busca emerger como testimonio de amor, gratitud y reconocimiento. Este escrito nace precisamente con esa encomienda: honrar su vida, enaltecer su memoria y rendir tributo a las cualidades que hicieron de él, un ser humano excepcional.

Reconocemos que, dentro de la fugacidad de nuestra existencia, cada persona deja destellos que iluminan el sendero de las generaciones venideras. Somos estelas luminosas que, con nuestros actos y afectos, sembramos ilusiones, enseñanzas y esperanzas en quienes coinciden con nosotros en este viaje llamado vida. Y aun después de trascender de este plano terrenal, permanece la brisa del recuerdo: primero en forma de lágrimas que buscan aliviar el dolor de la ausencia, y después convertida en un caudal de memorias, anécdotas y enseñanzas que mantienen viva la esencia de quien parte.

Así será recordado Paco: como un hombre cuya presencia llenaba los espacios de alegría y cercanía humana. Comerciante conocido y apreciado, hermano, esposo y padre amoroso, abuelo orgulloso, tío entrañable, compadre leal y amigo sincero del pueblo. Su nombre siempre estuvo acompañado del respeto, del afecto y de fuertes lazos de familiaridad construidos a lo largo de toda una vida vivida con autenticidad y generosidad.

Las calles de Balleza, el pueblo que lo vio nacer y crecer, fueron testigo de cada una de sus etapas: niño inquieto, joven soñador, esposo comprometido, trabajador incansable y hombre de familia. En cada encuentro dejó sembrada una amistad, una sonrisa, una palabra amable y una muestra de compañerismo que hoy permanece viva en la memoria colectiva de su comunidad.

Quienes tuvimos la dicha de conocerlo y convivir de cerca, recordamos su alegría contagiosa, la sonrisa siempre dispuesta y esa capacidad tan natural para hacer de cualquier momento una ocasión especial. Gustaba profundamente de vivir, de compartir, de conversar y de celebrar la vida al son del mariachi. Amante de la música, del canto y del baile, encontraba en las reuniones familiares y en la convivencia con los amigos una de las expresiones más genuinas de felicidad. Su espíritu festivo no nacía de la superficialidad, sino de un profundo amor por la vida y por las personas que lo rodeaban.

Fue un hombre trabajador y perseverante, que supo construir con esfuerzo y dignidad el sustento de su familia, enseñando con el ejemplo el valor de la honestidad, la responsabilidad y el compromiso. Su legado no se limita únicamente a los recuerdos compartidos, sino que permanece en los valores que sembró, en las enseñanzas transmitidas y en el cariño que cultivó a lo largo de los años.

Hoy, aunque sé del dolor tan grande que su familia experimenta ante su partida,  reconozco la inmensa gratitud en sus corazones por el regalo  de su vida,  por los recuerdos construídos en su compañía, por sus palabras, por sus consejos y por cada instante compartido. 

Su partida deja un vacío imposible de llenar, pero también deja una historia digna de ser contada y recordada. Mientras exista alguien que evoque su risa, que recuerde una anécdota suya o que escuche la melodía de “Ella” u otras interpretaciones musicales del mariachi, su imagen llegará al pensamiento y  su esencia continuará viva entre nosotros.

Que descanse en paz el señor Francisco Tarín Castillo, y que su memoria permanezca por siempre como ejemplo de alegría, nobleza, amistad y amor por la vida.







jueves, 14 de mayo de 2026

El grito de los silencios


                                     https://www.facebook.com/share/p/1DpPe7YYGP/
Por Cuquis Sandoval Olivas

Cito una frase de Don Quijote de la Mancha: “Quien viaja mucho y lee mucho, sabe mucho”. “Mucho” es un cuantificador indefinido relacionado con la intensidad, la amplitud y, en ocasiones, con la demasía. Esta idea me conduce a uno de los versos del poema Desiderata: “siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú”. Desde esa perspectiva, los verbos viajar, leer y saber adquieren dimensiones distintas según la experiencia y la sensibilidad de cada ser humano. Hay quienes, sin haber recorrido grandes distancias, han leído profundamente y alcanzado un conocimiento inmenso. Tal es el caso del escritor y poeta español Vicente Aleixandre, cuya frágil salud lo mantuvo postrado durante largos períodos y, aun así, logró conquistar la universalidad de la palabra, obteniendo el Premio Nobel de Literatura en 1977.

Sin embargo, aplico esta premisa a la singularidad de mi propia experiencia, reconociendo la grandeza de la frase atribuida a Sócrates: “Yo solo sé que no sé nada”, porque mientras más incursiono en este maravilloso universo del saber, más consciente soy de todo aquello que ignoro. El conocimiento, lejos de colmarnos, nos revela nuestra pequeñez frente a la inmensidad de la historia, de la memoria y de la condición humana.

Por ello me visto de humildad y acudo a las palabras de Gabriel García Márquez: “Quiero escribir sobre esto que pienso que merece ser contado”. Él sostenía que la escritura surge de la reinterpretación y resignificación de lo vivido; es decir, de esa necesidad íntima de transformar la experiencia en memoria y la memoria en conciencia.

En una reciente visita familiar a Estados Unidos, cruzamos los estados de Luisiana, Misisipi y Alabama. No pude evitar un profundo sentimiento de nostalgia al recorrer calles y edificaciones cargadas de una historia dolorosa que aún parece respirarse en el ambiente. En esos lugares habita el alma profunda del sur estadounidense: una región marcada por las huellas de colonizadores españoles y franceses, por la riqueza de las plantaciones de algodón y de otros cultivos agrícolas, y, sobre todo, por la tragedia humana edificada sobre el trabajo forzado de millones de esclavos africanos.

Luisiana se convirtió en el estado número dieciocho de la unión; Misisipi, en el vigésimo; y Alabama, en el vigésimo primero. Sus tierras crecieron económicamente gracias a una estructura social profundamente desigual, sostenida por la explotación y la negación de la dignidad humana. El puerto de Charleston fue una de las principales puertas de entrada de esclavos africanos, quienes viajaban hacinados y en condiciones infrahumanas hasta llegar a mercados como el de Luisiana, donde eran vendidos y sometidos a toda clase de abusos y vejaciones. La población afrodescendiente llegó a ser tan numerosa en algunas regiones que incluso superó a la población blanca.

El sur profundo se convirtió así en escenario central de la Guerra Civil Estadounidense (1860-18659. La elección presidencial de Abraham Lincoln y su oposición a la expansión de la esclavitud intensificaron el conflicto entre el norte y el sur. Aunque la guerra concluyó con la abolición formal de la esclavitud, la igualdad real tardaría aún muchas décadas en abrirse paso. Cerca de un siglo después, persistían leyes segregacionistas y prácticas sistemáticas de discriminación contra esta  población.

Fue precisamente en esta región donde la voz de Martin Luther King Jr. emergió desde los púlpitos de las iglesias y desde las marchas multitudinarias para denunciar la injusticia racial. El boicot a los autobuses de Montgomery, las marchas de Selma y las protestas pacíficas impulsaron una transformación histórica que culminó con el reconocimiento efectivo del derecho al voto para la comunidad afroamericana en 1965. Sin embargo, las heridas de siglos de exclusión no desaparecen únicamente mediante decretos o reformas legales.

Aún hoy, los estados del sur concentran una importante proporción de población afroamericana que continúa enfrentando profundas disparidades socioeconómicas frente a la población blanca. Persisten las brechas de ingresos, la segregación ocupacional y las limitadas oportunidades de acceso equitativo a educación, salud y empleo. El sur profundo registra algunos de los índices de pobreza más elevados del país, situación que incrementa la vulnerabilidad social y la exposición a fenómenos como la criminalidad y el encarcelamiento masivo, donde la población afroamericana sigue estando sobrerrepresentada.

Este ligero asomo a la historia, construido a partir de lecturas, observaciones e investigación factual, me permite comprender que la humanidad aún tiene un largo camino por recorrer. Las constituciones y las cartas magnas pueden proclamar igualdad y libertad, pero la verdadera justicia solo existe cuando dichas palabras logran encarnarse en la vida cotidiana de las personas. De lo contrario, la promesa de dignidad humana permanece incompleta, incluso en aquel territorio que muchos continúan llamando “el país de los sueños”.

Quizá por eso viajar no consiste únicamente en desplazarse de un lugar a otro. Viajar también es aprender a mirar; es permitir que la memoria de los pueblos dialogue con nuestras propias preguntas. Leer, por su parte, no significa acumular conocimientos, sino ampliar la sensibilidad frente al sufrimiento, la belleza y la complejidad del ser humano. Y saber, finalmente, tal vez sea comprender que ninguna sociedad puede considerarse plenamente civilizada mientras existan seres humanos condenados a la marginación, al olvido o a la desigualdad.

Al final, las palabras de Cervantes adquieren un sentido más profundo: quien viaja y lee mucho no solo sabe más, sino que también aprende a reconocer las luces y sombras de la condición humana. Y en ese reconocimiento nace quizá la verdadera sabiduría: la capacidad de contemplar la historia con espíritu crítico, de asumir la humildad frente a lo desconocido y de mantener viva la esperanza de construir un mundo más justo, donde la memoria no sea una carga silenciosa, sino una lección permanente para las generaciones futuras.

miércoles, 13 de mayo de 2026

Revista "Pórtico" de Editorial Artificios.


Mi colaboración: "Después de la ola".
https://artificiosmedia.com/fbs/RP7/external/pdfjs-2.1.266-dist/web/viewer.html

viernes, 8 de mayo de 2026

Amor por la literatura






Por cuquis Sandoval Olivas

    La literatura es un arte que engloba el uso de la palabra, tanto en su forma oral como escrita, creando belleza y sentido estético al explorar el entorno y la condición humana. A través de ella se rescatan conocimientos, saberes, experiencias, sensaciones, ideas y pensamientos cuya trascendencia ha perdurado a lo largo del tiempo. Su recorrido ha transitado por diversas etapas, épocas, contextos y figuras representativas; sin embargo, su impacto se ha mantenido vigente, sobreviviendo gracias a su profundidad y fuerza expresiva. Muchas de estas obras se han consolidado como verdaderos hitos que funcionan como puentes culturales y referentes indispensables para comprender su legado, como "Don Quijote de la Mancha", "La odisea", "Ulises", "Cien años de soledad", entre otros. 

    Podría pensarse que, en la actualidad, contamos con todas las facilidades para incursionar tanto en su estudio como en su producción. No obstante, su historicidad demuestra que, aun en medio de múltiples carencias, la humanidad siempre ha encontrado la manera de dejar huella de su paso por el mundo: desde las antiguas tablillas de arcilla en las primeras civilizaciones, el uso del papiro en el mundo egipcio, los manuscritos elaborados a mano durante la Edad Media, hasta la invención de la imprenta por Johannes Gutenberg, que revolucionó la difusión del conocimiento. Prueba fehaciente de ello son estas grandes obras literarias, cuya permanencia no es casual, sino resultado de su calidad, su capacidad de conmover y su profundidad reflexiva.

    Es necesario mencionar que esta visión no surge únicamente del esfuerzo personal o del autodidactismo, sino que también ha sido enriquecida por la guía de figuras clave en mi formación, como Ada Zaglalia, quien, además de ser directora general de Casa de Escritores y Artistas Mundiales (EyAM), es miembro honorífica de la Real Academia Española de las Letras, así como docente, tallerista y conferencista. Tengo la fortuna de ser su alumna, y su influencia ha sido fundamental en la construcción de mi perspectiva literaria.

    Como lo planteó Lev Vygotski, para trascender nuestra zona real de conocimiento es necesario situarnos en contextos adecuados y rodearnos de personas que favorezcan el aprendizaje. Este acompañamiento permite construir “andamios” que impulsan la adquisición de nuevos saberes y el desarrollo del pensamiento crítico.

    Gracias a estas enseñanzas, mi mirada se ha ampliado, dando paso al reaprendizaje, a una comprensión más significativa de la literatura y al deseo constante de compartir lo aprendido. En este sentido, expreso mi más sincero agradecimiento a la dirección de la Casa de los Abuelos y a sus coordinadores, Erik Ramírez y Judith Flores Sáenz, quienes abrieron un espacio para compartir, a través del taller de literatura, algunas de mis experiencias y estrategias de creación. La respuesta de sus usuarios, su interés, participación y calidez, han sido profundamente gratificantes, así como sus magníficas aportaciones. 

    Esta experiencia reafirma que la literatura no solo se aprende, sino que se vive y se comparte; y que, en ese intercambio, quien enseña también aprende, se transforma y encuentra nuevas formas de comprender el mundo.