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viernes, 19 de junio de 2026
Nombrar la vida
sábado, 13 de junio de 2026
Educar para iluminar destinos
jueves, 11 de junio de 2026
viernes, 5 de junio de 2026
La pausa luminosa
Por Cuquis Sandoval Olivas
Entre las muchas bondades que la escritura brinda al ser humano, se encuentra la noble ejercitación del pensamiento, la búsqueda constante de la palabra precisa, el intento amoroso de hacer visibles y perceptibles las emociones que nos embargan en determinados momentos. Escribir es también una forma de enaltecer a las personas, los lugares, las cosas y las situaciones que nos sorprenden; es abrir una ventana interior para mirar con mayor hondura aquello que, por cotidiano, a veces dejamos pasar inadvertido.
La capacidad de asombro, como bien lo sugiere Antoine de Saint-Exupéry en su obra maestra El principito, es una virtud que jamás deberíamos olvidar, porque nos permite conservar viva la curiosidad, otorgar valor y sentido a quienes somos, y reconocer la riqueza de nuestro contexto mediato e inmediato. El asombro habita en todo momento y en todo lugar; solo hace falta abrir los sentidos, aquietar la prisa y permitir que el alma dialogue con aquello que la rodea. De la misma manera, el agradecimiento se convierte en una expresión luminosa hacia quienes, con su presencia, sus gestos o sus acciones, han contribuido a embellecer nuestro camino.
Esta premisa también ha sido abordada por Platón, quien señala que el asombro conlleva alegría, maravilla y sabiduría. Y es que, cuando el asombro se asoma, se crean espacios donde el tiempo parece detenerse; la mente se sosiega, el espíritu respira y uno puede adentrarse, sin ruido, en los territorios más íntimos de sí mismo.
Nuestra ciudad ha crecido a pasos agigantados. A partir de su nombramiento como Pueblo Mágico, el turismo se ha multiplicado, los comercios se han expandido y los espacios de encuentro han buscado ofrecer al público una mejor atención, mayor calidad en sus servicios y experiencias cada vez más significativas. Como habitantes de esta ciudad, nos maravillamos ante el despliegue de actividades, carteleras culturales, propuestas gastronómicas y espacios renovados que se ofrecen a la comunidad. Sin embargo, no siempre es posible asistir y gozar de cada una de estas experiencias, ni conocer todos los sitios que se han abierto para enriquecer la vida social, cultural y turística de nuestro entorno.
En días recientes fui invitada por mi amiga y compañera docente, Alma Rosa Chavira Quiñónez, a degustar un delicioso desayuno en el hotel y restaurante El Maderal. Desde el primer momento, la impresión fue de profundo beneplácito. Los sentidos fueron recibidos con generosidad: la vista se recreó en la belleza del lugar y el olfato fue acariciado por los aromas cálidos provenientes de la cocina. Había en el ambiente una armonía silenciosa, una especie de bienvenida delicada que anunciaba que la experiencia no sería únicamente gastronómica, sino también sensorial y afectiva.
A ello se sumó la atención esmerada y cuidadosa del propietario, quien se acercó a nuestra mesa para saludar y compartir una breve y amable charla. Su gesto, sencillo pero significativo, habló de una hospitalidad que no se limita al cumplimiento de un servicio, sino que nace de la conciencia de hacer sentir bienvenido al otro. De igual manera, la joven encargada de atender las mesas mostró amabilidad, respeto y disposición, detalles que, aunque pudieran parecer pequeños, son los que terminan por construir la memoria grata de un lugar.
Cada uno de esos elementos contribuyó a crear el clima perfecto: pausas que invitaban a observar con profundidad, una música tranquila envolviendo la conversación, el café humeante como pequeño ritual de la mañana, la belleza del entorno y todos aquellos detonantes que ayudan a formar una atmósfera propicia para despejar el sendero del ruido, de las prisas y de las preocupaciones cotidianas.
Ahí no había premura. No se sentía la urgencia por abandonar la mesa ni por dejar los diálogos inconclusos. Al contrario, el lugar invitaba a permanecer, a mirar, a saborear lentamente, a conversar sin sobresaltos. Se respiraba tranquilidad, asomos de paz y una alegría serena, de esas que no hacen estruendo, pero se quedan flotando suavemente en el alma.
La cereza del pastel fue colocada por el joven Alejandro González Cano, encargado de preparar las bebidas, quien además añade un toque personal de creatividad al diseño de los platos. En ellos deja ver su capacidad artística, ya sea para felicitar, agradecer o simplemente provocar una sonrisa en los comensales. Con trazos delicados y espontáneos, convierte un plato en un pequeño lienzo; la loza se vuelve escenario, el chocolate líquido se transforma en tinta y el gesto cotidiano de servir adquiere una dimensión estética y emotiva.
Alejandro es un joven de apenas veintiún años que realiza sus tareas con entusiasmo, sensibilidad y la convicción de dar lo mejor de sí mismo. Su trabajo despierta admiración, alegría y sorpresa en quienes reciben su atención. En sus detalles se percibe algo más que habilidad: se advierte vocación, gusto por lo que hace y una manera muy personal de ofrecer belleza en medio de lo cotidiano.
Esa entrega a lo que se hace no representa únicamente el cumplimiento de una función para la que se ha sido contratado. Es ofrecer más. Es poner una parte del alma en la tarea diaria. Esa es, quizá, la esencia del verdadero artista: brindar su arte aun sabiendo que puede ser efímero. Porque aunque esté plasmado sobre loza y su tinta sea chocolate líquido, su magia no desaparece; queda atrapada en la memoria, en el corazón de quien la recibe y en el lente de las cámaras que inmortalizan, aunque sea por un instante, la belleza de su esencia.
Así, una mañana de desayuno se convirtió en una experiencia de gratitud, contemplación y asombro. Una prueba sencilla de que la poesía no siempre se encuentra en los libros; a veces aparece en una taza de café, en una charla amable, en la música que acompaña el silencio, en la atención cuidadosa de quienes sirven con alegría o en un dibujo de chocolate que, antes de desvanecerse, logra tocar el alma.
sábado, 30 de mayo de 2026
Alquimia del verbo
martes, 26 de mayo de 2026
viernes, 22 de mayo de 2026
Un corazón de pueblo
Imagen retocada con Inteligencia Artificial.
Me permito ser portavoz del pueblo ballezano, para expresar a la familia Tarín Madrid, nuestras más sinceras condolencias ante la sensible partida del señor Francisco Tarín Castillo (1942–2026), hombre entrañable cuya vida dejó una huella imborrable en el corazón de su familia, de todo el pueblo de Balleza y de quienes tuvimos la fortuna de conocerlo.
Sabemos que la palabra escrita posee la virtud de inmortalizar el pensamiento y transformar las emociones en memoria viva; esta permite expresar aquello que muchas veces quedó resguardado en el silencio del corazón, pero que hoy busca emerger como testimonio de amor, gratitud y reconocimiento. Este escrito nace precisamente con esa encomienda: honrar su vida, enaltecer su memoria y rendir tributo a las cualidades que hicieron de él, un ser humano excepcional.
Reconocemos que, dentro de la fugacidad de nuestra existencia, cada persona deja destellos que iluminan el sendero de las generaciones venideras. Somos estelas luminosas que, con nuestros actos y afectos, sembramos ilusiones, enseñanzas y esperanzas en quienes coinciden con nosotros en este viaje llamado vida. Y aun después de trascender de este plano terrenal, permanece la brisa del recuerdo: primero en forma de lágrimas que buscan aliviar el dolor de la ausencia, y después convertida en un caudal de memorias, anécdotas y enseñanzas que mantienen viva la esencia de quien parte.
Así será recordado Paco: como un hombre cuya presencia llenaba los espacios de alegría y cercanía humana. Comerciante conocido y apreciado, hermano, esposo y padre amoroso, abuelo orgulloso, tío entrañable, compadre leal y amigo sincero del pueblo. Su nombre siempre estuvo acompañado del respeto, del afecto y de fuertes lazos de familiaridad construidos a lo largo de toda una vida vivida con autenticidad y generosidad.
Las calles de Balleza, el pueblo que lo vio nacer y crecer, fueron testigo de cada una de sus etapas: niño inquieto, joven soñador, esposo comprometido, trabajador incansable y hombre de familia. En cada encuentro dejó sembrada una amistad, una sonrisa, una palabra amable y una muestra de compañerismo que hoy permanece viva en la memoria colectiva de su comunidad.
Quienes tuvimos la dicha de conocerlo y convivir de cerca, recordamos su alegría contagiosa, la sonrisa siempre dispuesta y esa capacidad tan natural para hacer de cualquier momento una ocasión especial. Gustaba profundamente de vivir, de compartir, de conversar y de celebrar la vida al son del mariachi. Amante de la música, del canto y del baile, encontraba en las reuniones familiares y en la convivencia con los amigos una de las expresiones más genuinas de felicidad. Su espíritu festivo no nacía de la superficialidad, sino de un profundo amor por la vida y por las personas que lo rodeaban.
Fue un hombre trabajador y perseverante, que supo construir con esfuerzo y dignidad el sustento de su familia, enseñando con el ejemplo el valor de la honestidad, la responsabilidad y el compromiso. Su legado no se limita únicamente a los recuerdos compartidos, sino que permanece en los valores que sembró, en las enseñanzas transmitidas y en el cariño que cultivó a lo largo de los años.
Hoy, aunque sé del dolor tan grande que su familia experimenta ante su partida, reconozco la inmensa gratitud en sus corazones por el regalo de su vida, por los recuerdos construídos en su compañía, por sus palabras, por sus consejos y por cada instante compartido.
Su partida deja un vacío imposible de llenar, pero también deja una historia digna de ser contada y recordada. Mientras exista alguien que evoque su risa, que recuerde una anécdota suya o que escuche la melodía de “Ella” u otras interpretaciones musicales del mariachi, su imagen llegará al pensamiento y su esencia continuará viva entre nosotros.
Que descanse en paz el señor Francisco Tarín Castillo, y que su memoria permanezca por siempre como ejemplo de alegría, nobleza, amistad y amor por la vida.
miércoles, 20 de mayo de 2026
jueves, 14 de mayo de 2026
El grito de los silencios
Cito una frase de Don Quijote de la Mancha: “Quien viaja mucho y lee mucho, sabe mucho”. “Mucho” es un cuantificador indefinido relacionado con la intensidad, la amplitud y, en ocasiones, con la demasía. Esta idea me conduce a uno de los versos del poema Desiderata: “siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú”. Desde esa perspectiva, los verbos viajar, leer y saber adquieren dimensiones distintas según la experiencia y la sensibilidad de cada ser humano. Hay quienes, sin haber recorrido grandes distancias, han leído profundamente y alcanzado un conocimiento inmenso. Tal es el caso del escritor y poeta español Vicente Aleixandre, cuya frágil salud lo mantuvo postrado durante largos períodos y, aun así, logró conquistar la universalidad de la palabra, obteniendo el Premio Nobel de Literatura en 1977.
Sin embargo, aplico esta premisa a la singularidad de mi propia experiencia, reconociendo la grandeza de la frase atribuida a Sócrates: “Yo solo sé que no sé nada”, porque mientras más incursiono en este maravilloso universo del saber, más consciente soy de todo aquello que ignoro. El conocimiento, lejos de colmarnos, nos revela nuestra pequeñez frente a la inmensidad de la historia, de la memoria y de la condición humana.
Por ello me visto de humildad y acudo a las palabras de Gabriel García Márquez: “Quiero escribir sobre esto que pienso que merece ser contado”. Él sostenía que la escritura surge de la reinterpretación y resignificación de lo vivido; es decir, de esa necesidad íntima de transformar la experiencia en memoria y la memoria en conciencia.
En una reciente visita familiar a Estados Unidos, cruzamos los estados de Luisiana, Misisipi y Alabama. No pude evitar un profundo sentimiento de nostalgia al recorrer calles y edificaciones cargadas de una historia dolorosa que aún parece respirarse en el ambiente. En esos lugares habita el alma profunda del sur estadounidense: una región marcada por las huellas de colonizadores españoles y franceses, por la riqueza de las plantaciones de algodón y de otros cultivos agrícolas, y, sobre todo, por la tragedia humana edificada sobre el trabajo forzado de millones de esclavos africanos.
Luisiana se convirtió en el estado número dieciocho de la unión; Misisipi, en el vigésimo; y Alabama, en el vigésimo primero. Sus tierras crecieron económicamente gracias a una estructura social profundamente desigual, sostenida por la explotación y la negación de la dignidad humana. El puerto de Charleston fue una de las principales puertas de entrada de esclavos africanos, quienes viajaban hacinados y en condiciones infrahumanas hasta llegar a mercados como el de Luisiana, donde eran vendidos y sometidos a toda clase de abusos y vejaciones. La población afrodescendiente llegó a ser tan numerosa en algunas regiones que incluso superó a la población blanca.
El sur profundo se convirtió así en escenario central de la Guerra Civil Estadounidense (1860-18659. La elección presidencial de Abraham Lincoln y su oposición a la expansión de la esclavitud intensificaron el conflicto entre el norte y el sur. Aunque la guerra concluyó con la abolición formal de la esclavitud, la igualdad real tardaría aún muchas décadas en abrirse paso. Cerca de un siglo después, persistían leyes segregacionistas y prácticas sistemáticas de discriminación contra esta población.
Fue precisamente en esta región donde la voz de Martin Luther King Jr. emergió desde los púlpitos de las iglesias y desde las marchas multitudinarias para denunciar la injusticia racial. El boicot a los autobuses de Montgomery, las marchas de Selma y las protestas pacíficas impulsaron una transformación histórica que culminó con el reconocimiento efectivo del derecho al voto para la comunidad afroamericana en 1965. Sin embargo, las heridas de siglos de exclusión no desaparecen únicamente mediante decretos o reformas legales.
Aún hoy, los estados del sur concentran una importante proporción de población afroamericana que continúa enfrentando profundas disparidades socioeconómicas frente a la población blanca. Persisten las brechas de ingresos, la segregación ocupacional y las limitadas oportunidades de acceso equitativo a educación, salud y empleo. El sur profundo registra algunos de los índices de pobreza más elevados del país, situación que incrementa la vulnerabilidad social y la exposición a fenómenos como la criminalidad y el encarcelamiento masivo, donde la población afroamericana sigue estando sobrerrepresentada.
Este ligero asomo a la historia, construido a partir de lecturas, observaciones e investigación factual, me permite comprender que la humanidad aún tiene un largo camino por recorrer. Las constituciones y las cartas magnas pueden proclamar igualdad y libertad, pero la verdadera justicia solo existe cuando dichas palabras logran encarnarse en la vida cotidiana de las personas. De lo contrario, la promesa de dignidad humana permanece incompleta, incluso en aquel territorio que muchos continúan llamando “el país de los sueños”.
Quizá por eso viajar no consiste únicamente en desplazarse de un lugar a otro. Viajar también es aprender a mirar; es permitir que la memoria de los pueblos dialogue con nuestras propias preguntas. Leer, por su parte, no significa acumular conocimientos, sino ampliar la sensibilidad frente al sufrimiento, la belleza y la complejidad del ser humano. Y saber, finalmente, tal vez sea comprender que ninguna sociedad puede considerarse plenamente civilizada mientras existan seres humanos condenados a la marginación, al olvido o a la desigualdad.
Al final, las palabras de Cervantes adquieren un sentido más profundo: quien viaja y lee mucho no solo sabe más, sino que también aprende a reconocer las luces y sombras de la condición humana. Y en ese reconocimiento nace quizá la verdadera sabiduría: la capacidad de contemplar la historia con espíritu crítico, de asumir la humildad frente a lo desconocido y de mantener viva la esperanza de construir un mundo más justo, donde la memoria no sea una carga silenciosa, sino una lección permanente para las generaciones futuras.
miércoles, 13 de mayo de 2026
Revista "Pórtico" de Editorial Artificios.
viernes, 8 de mayo de 2026
Amor por la literatura
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Imagen tomada de la red Entre el dolor y la esperanza Hoy es uno de esos días grises donde los rayos del sol se esconden tras la desesperanz...
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