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domingo, 6 de septiembre de 2026

El arte como vocación de vida: homenaje al profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez

 




El arte como vocación de vida: homenaje al profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez

Por Cuquis Sandoval Olivas

Dentro de la carga genética y del contexto que nos caracteriza, así como de la singularidad, los atributos y las habilidades que vamos adquiriendo con el paso del tiempo, se va conformando aquello que finalmente nos distingue. El núcleo familiar, las personas que transitan a nuestro alrededor, las experiencias, los aprendizajes y hasta aquellos pequeños acontecimientos que, en apariencia, podrían resultar cotidianos, contribuyen a moldear nuestro carácter, nuestra personalidad y, muchas veces, también nuestra vocación.

Vaya este homenaje y reconocimiento especial para el profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez, quien nació y vivió sus primeros años en la vecina ciudad de Santa Bárbara, Chihuahua. Actualmente jubilado del servicio educativo, forma parte de nuestra Delegación D-IV-2, donde continúa compartiendo con generosidad una de las grandes pasiones que lo han acompañado durante  su vida: el arte.

Durante una reunión mensual celebrada en nuestra sede sindical, tuvimos la oportunidad de conocer distintas piezas pictóricas realizadas por el maestro Jesús Manuel, así como obras de algunos de los compañeros que participan en el taller que él imparte. La exposición se convirtió, además, en un espacio para conocer al ser humano detrás de cada pincelada. El profesor habló de su infancia, de su formación, de su trayectoria profesional y de la manera en que el dibujo y la pintura se convirtieron en compañeros inseparables a lo largo de su existencia.

Al remontarse a sus primeros recuerdos relacionados con el arte, el maestro cuenta que tenía apenas siete años de edad cuando presenció una escena que habría de marcarlo profundamente. Su padre se encontraba pintando las sillas de la cocina y decidió decorarlas dibujando en cada una pequeñas flores de vivos y brillantes colores. Sus ojos infantiles quedaron cautivados ante aquella manifestación de creatividad, pero también por el impacto que generó a su alrededor: unas sillas que mostraban el desgaste propio del tiempo parecían cobrar nueva vida gracias al color y a la imaginación.

Aquel sencillo acontecimiento se convirtió en el punto de partida que despertó su interés por el dibujo.

Desde entonces comenzó a realizar trazos de todo aquello que observaba a su alrededor, sin más maestro, en aquellos primeros años, que su capacidad de observación, su curiosidad y una pasión que empezaba a crecer silenciosamente. Su primer dibujo fue un burrito cuya figura quedó plasmada, con lápiz de grafito, entre las hojas de un cuaderno Polito. A partir de ahí, dibujar se convirtió en una actividad cotidiana. Todo podía convertirse en motivo para sus trazos.

Con el paso del tiempo, fueron los rostros humanos los que comenzaron a llamar especialmente su atención. Descubrió en ellos gestos, expresiones, luces y sombras que deseaba capturar sobre el papel.

En una ocasión observó a su hermano mientras pulsaba las cuerdas de una guitarra. El momento lo cautivó de tal manera que sintió la necesidad de conservarlo. Sin decir nada y procurando que nadie se percatara, comenzó a dibujarlo. Poco a poco, sobre el papel fue tomando forma aquel retrato espontáneo.

Cuando la familia descubrió el resultado, la emoción fue enorme. Aquel dibujo no solo revelaba una habilidad especial, sino una sensibilidad capaz de transformar un instante cotidiano en una imagen destinada a permanecer. A partir de entonces, otras personas comenzaron a solicitarle retratos y dibujos, confirmándole que aquello que había iniciado como una curiosidad infantil era, en realidad, un talento que valía la pena cultivar.

Porque cuando una persona ama profundamente lo que hace, nace también la necesidad de aprender, perfeccionarse y descubrir nuevas posibilidades. Consciente de ello, el profesor Jesús Manuel buscó oportunidades para complementar de manera académica aquello que durante años había aprendido de forma práctica y autodidacta.

En 1977 concluyó un diplomado artístico de dibujo en Progress Institute, con oficinas en la Ciudad de México. Posteriormente realizó un curso en Kansas City, Estados Unidos, especializado en dibujo fotográfico y técnica al óleo. Aquella preparación le permitió ampliar sus conocimientos, perfeccionar sus habilidades y explorar nuevas formas de expresión artística.

En 1981 ingresó al magisterio como docente de la asignatura de Inglés. Sin embargo, su amor por las artes plásticas nunca quedó al margen de su labor educativa. Por el contrario, encontró en la escuela múltiples oportunidades para poner su talento al servicio de las comunidades en las que trabajó.

En la Escuela Secundaria Héroes de la Democracia, ubicada en San Francisco del Oro, dejó como testimonio de su paso un mural elaborado por él y entregado a la comunidad educativa. Asimismo, en la ciudad de Santa Bárbara, Chihuahua, fue comisionado en diversas ocasiones para colaborar en las labores de ornato, elaborando letras, dibujos y decoraciones destinadas a conmemorar fechas históricas y acontecimientos importantes.

Cada espacio se convertía así en una oportunidad para unir dos de sus grandes vocaciones: la enseñanza y el arte.

En 1995 llegó a la Escuela Secundaria Federal Rogerio Aranda. Para entonces, su talento y sus habilidades artísticas ya eran ampliamente conocidos, al igual que su disposición permanente para colaborar. Por ello, el entonces subdirector, profesor Gilberto Balderrama, le encomendó participar en las labores de ornato de la institución y, de manera especial, en la preparación de alumnos para los concursos de pintura artística.

A partir de ahí, su experiencia no solamente se reflejó en las obras que él mismo realizaba, sino en la formación y motivación de jóvenes que encontraron en el dibujo y la pintura una nueva forma de expresión.

A lo largo de su trayectoria, el maestro Jesús Manuel ha trabajado con una amplia variedad de técnicas, entre las que se encuentran óleo, acrílico, acuarela, tinta china, gis pastel, carboncillo, lápiz de grafito y lápices de colores. Cada técnica representa para él una posibilidad distinta de interpretar el mundo y de llevar al lienzo o al papel aquello que primero nace en la mirada y en la sensibilidad del artista.

Sin embargo, es de reconocer y aplaudir esta etapa donde el maestro se jubila de la educación y se incorpora al sindicato de Jubilados y Pensionados, para seguir enseñando.  La jubilación no significó para él abandonar la enseñanza. Por el contrario, encontró una nueva manera de ejercerla.

Desde 2016 comenzó a impartir el taller de pintura en nuestra Delegación D-IV-2, convirtiendo ese espacio en un punto de encuentro para maestros jubilados y compañeros interesados en iniciarse o continuar desarrollándose dentro de las artes visuales.

Muchos de quienes llegaron al taller dando sus primeros trazos, enfrentándose con cierta inseguridad a un lienzo en blanco o intentando descubrir el manejo adecuado de los pinceles y los colores, hoy han alcanzado un notable desarrollo artístico. Sus obras dan testimonio del camino recorrido, de las horas de práctica, de los aprendizajes compartidos y, sobre todo, de la paciencia y generosidad de un maestro que ha sabido transmitir no únicamente técnicas, sino también entusiasmo y amor por el arte.

Porque ser maestro trasciende las paredes de un salón de clases y los años establecidos por una vida laboral.

Hay docentes que continúan enseñando aun después de su jubilación; personas cuya experiencia se convierte en guía para otros y cuya vocación permanece intacta porque enseñar forma parte de su manera de entender la vida.

El profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez pertenece a esa clase de maestros.

Aquel niño de siete años que un día quedó maravillado al observar cómo unas pequeñas flores de colores daban nueva vida a unas viejas sillas jamás dejó de mirar el mundo con curiosidad. Décadas después, continúa encontrando belleza en una mirada, en un paisaje, en un rostro, en una mezcla de colores o en la posibilidad infinita que ofrece un lienzo en blanco.

Y tal vez ahí radique una de las enseñanzas más importantes de su historia: las verdaderas vocaciones no envejecen. Se transforman, maduran y encuentran nuevas maneras de manifestarse.

Hoy celebramos al docente, al compañero, al artista y, especialmente, al ser humano que ha sabido compartir su talento con quienes lo rodean. Reconocemos una trayectoria en la que la educación y el arte han caminado de la mano y que continúa dejando huella en cada una de las personas que han tenido la oportunidad de aprender junto a él.

Desde nuestra Delegación D-IV-2, expresamos nuestro reconocimiento y gratitud por tantos años dedicados a la enseñanza, por mantener viva su pasión por las artes y, especialmente, por compartir con otros aquello que la vida le permitió descubrir y perfeccionar.

Porque una obra artística puede permanecer durante muchos años, pero cuando además se enseña a otros a crear, el legado se multiplica.

Que sigan los pinceles encontrando colores, que continúen los lienzos contando historias y que nunca desaparezca esa mirada del niño que, frente a unas sencillas flores pintadas sobre una silla, descubrió que el mundo también podía transformarse a través del arte.




sábado, 29 de agosto de 2026

Asomos a la felicidad




Por Cuquis Sandoval Olivas

    El origen etimológico de la palabra felicidad proviene del latín y se relaciona con conceptos como éxito, prosperidad y buena suerte; en la antigua Roma, incluso, se vinculaba con la fertilidad y la productividad. Desde siempre, la humanidad ha buscado esa fuente de bienestar y satisfacción, ya sea por medios físicos o espirituales, caminando hacia ese lugar utópico donde espera encontrar el placer y el beneplácito que produce sentirse plenamente realizado.

    La felicidad ha sido abordada desde distintos contextos, fuentes y perspectivas, no necesariamente para ofrecerla como una receta o fórmula mágica, sino para compartir con la otredad los atisbos de ella, esos pequeños destellos que se manifiestan a través de las sensaciones, emociones y efectos que experimentamos al encontrarla.

    Desde la perspectiva filosófica, los griegos hablaban de ese bien supremo, de la ausencia de turbación en el alma, del conocimiento de sí mismos y del dominio de las emociones. Los estoicos, por su parte, encontraron en la virtud, la razón y el autodominio una vía hacia la serenidad. En cuanto a los místicos, descubrieron otros senderos hacia ella: los de la paz interior y la unión con lo divino, alejándose de los placeres mundanos y canalizando su fuerza y energía hacia el amor, la entrega y el servicio a los demás; hacia ese acto generoso de dar, incluso hasta que duela.

    Son muchos los pensadores que han aportado su propia visión desde las distintas ramas del conocimiento y las disciplinas que los identifican. Sin embargo, para los fines de este artículo, me quedo con una frase atribuida a Buda Gautama que, por su sencillez y profundidad, resume una de las grandes enseñanzas sobre este estado del ser: “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”.

    Sentado este breve preámbulo, hago también un somero recorrido por la celebración del Día Nacional de las Personas Mayores, que en México se conmemora cada veintiocho  de agosto, como una oportunidad para reconocer su valor dentro de la familia y la sociedad, así como la riqueza de sus experiencias, la sabiduría acumulada a través de los años y ese amor que se construye con el paso del tiempo.

    Mis letras nacen tanto de los textos que leo como de mis memorias y de la observación cotidiana de los acontecimientos. Cuando me siento frente a la hoja en blanco de la pantalla, comienzan a tomar forma los recuerdos, las imágenes y las sensaciones; todos ellos buscan las palabras precisas que puedan describirlos. En primera instancia, escribo para reinterpretar y comprender mi propia experiencia; después, para compartirla con esos amables lectores que brindan cobijo a mis palabras y les otorgan un nuevo significado desde sus propias vivencias.

    La Casa de los Abuelos de nuestra localidad es un semillero constante de felicidad. Pudiera pensarse que quienes la frecuentan son personas que ya no tienen otras ocupaciones, responsabilidades o metas; sin embargo, nada está más alejado de la realidad. Quienes asisten lo hacen porque han decidido seguir aprendiendo, creando, conviviendo y, sobre todo, porque han encontrado en ese espacio una oportunidad para ser felices.

    Algunos descubren esas pequeñas parcelas de felicidad en los talleres que ahí se imparten, de acuerdo con sus intereses y habilidades, pues existe una amplia variedad: cocina, coro, karaoke, activación física, bisutería, amigurumis, teatro, guitarra, danza, redes sociales, cachibol, motricidad y literatura, entre otros.

    Es común observar en sus rostros la sonrisa de satisfacción, escuchar el saludo afectuoso y contemplar el abrazo sincero; pero, sobre todo, se percibe la convivencia que ahí se genera y la satisfacción de sentirse parte de una comunidad. Ser y sentirse útil para sí mismo y para los demás constituye, sin duda, una de las formas más gratificantes de experimentar la felicidad.

    Tan pronto comienzan a sonar los primeros acordes de las notas musicales, el cuerpo parece olvidarse de sus dolencias y de los males añejos. Los años quedan momentáneamente suspendidos y brota un espíritu de jovialidad, entusiasmo y alegría. Los pasos quizá ya no tengan la misma firmeza de antes, pero llevan consigo la libertad de quien ha decidido seguir disfrutando de la vida.

    Vaya mi reconocimiento y gratitud para los coordinadores de nuestra Casa, Erik Ramírez Torres y Judith Flores Sáenz, por su excelente desempeño, sensibilidad y entrega incondicional, que hacen posible el florecimiento de tantas actividades y, con ellas, de tantos sueños, encuentros y momentos felices.

    Una mención muy especial merece el taller literario, espacio donde las palabras se convierten en memoria, reflexión y compañía. Allí, las experiencias de vida encuentran una voz; los recuerdos se transforman en relatos y las emociones adquieren forma en cada página. Escribir permite mirar hacia atrás sin quedarse atrapado en el pasado y reconocer que cada historia vivida tiene algo que decir y algo que aportar.

    Quizá la felicidad no sea ese estado permanente y perfecto que tantas veces imaginamos. Tal vez se encuentre, más bien, en pequeños asomos: una sonrisa, una canción, un abrazo, una conversación, una palabra compartida, el placer de aprender algo nuevo, la satisfacción de sentirse escuchado o la dicha sencilla de pertenecer.

    La felicidad puede estar escondida en lo cotidiano, esperando que aprendamos a reconocerla. Puede habitar en una taza de café, en una página escrita, en una melodía, en la amistad, en la familia o en ese espacio donde alguien nos recibe con una sonrisa y nos hace sentir que todavía tenemos mucho por vivir, aprender y ofrecer.

    Por eso, cuando observo a los adultos mayores de nuestra Casa cantar, bailar, escribir, crear, reír y compartir, comprendo que no están buscando la felicidad como quien persigue algo lejano e inalcanzable: la están construyendo con cada encuentro, con cada actividad y con cada instante compartido.

    Quizá esos sean precisamente los asomos a la felicidad: breves destellos que nos recuerdan que la vida no se mide únicamente por los años vividos, sino por la capacidad de seguir encontrando motivos para agradecer, para amar, para crear y para sonreír.

    Y entonces vuelvo a aquella frase: “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”. Porque, al final, ser feliz consiste simplemente en aprender a reconocer esos pequeños caminos que la vida, generosamente, va colocando frente a nosotros.




sábado, 22 de agosto de 2026

El café, puente entre presente y pasado

 

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Por Cuquis Sandoval Olivas

    El tema que hoy me inspira es una forma de agradecer los beneficios, los recuerdos y los placeres que he obtenido al saborear esta maravillosa infusión. Hablar del café es, para mí, hablar de aromas, de encuentros, de familia y de momentos que, aunque sencillos, han quedado grabados en la memoria.

    Desde siempre, esta bebida ha formado parte de los alimentos básicos del hogar. En casa de mi abuela y de mi mamá siempre había un jarro de barro o una jarrilla de peltre azul que despedía un espiral de vapor y, con él, un aroma inconfundible que despertaba los sentidos aun antes de probarlo. Bastaba percibir aquel perfume del amanecer para saber que el día había comenzado.

    Por las mañanas era común servir el oscuro elixir en una taza y salir a los corrales para que le agregaran leche recién ordeñada, directamente de la ubre de la vaca. Aquella leche caliente, mezclada con el destilado, tenía un sabor que difícilmente puede compararse con el de cualquier producto que hoy encontramos en una tienda. Era un trago sencillo, pero lleno de autenticidad, de campo y de hogar.

    En días muy especiales, la preparación adquiría otro carácter. Se le agregaba canela y piloncillo —el tradicional néctar de olla— y entonces la fragancia se intensificaba y los sentidos parecían enaltecerse al máximo. El ritual dejaba de ser solamente una ingesta para convertirse en una pequeña celebración.

    En aquellos años solo se conocía la marca Combate, y hasta las bolsas tenían un segundo uso. Se guardaban cuidadosamente para después devolverlas, pues podían canjearse por empaques llenos de grano molido o por utensilios de plástico para la cocina. Era una época en la que se aprovechaba todo, en la que los objetos tenían más de una vida y las cosas sencillas adquirían un valor especial.

    Ya en mi adolescencia, la versión soluble comenzó a entrar en los hogares. Era más práctico y rápido, pero con él también se fue perdiendo un poco de aquel ritual que consistía en observar la molienda hervir, esperar su punto y dejar que la esencia se extendiera por toda la casa. La practicidad comenzó a ganar terreno, aunque para mí nunca logró sustituir la experiencia preparada de manera tradicional.

    En cada etapa de mi vida, este bálsamo para el corazón ha desempeñado un papel importante. No solo por su sabor, sino por todo aquello que ocurre alrededor de una taza. Esta tinta para mis letras tiene la capacidad de propiciar una charla, acercar a las personas, acompañar una confidencia o simplemente regalarnos un momento de pausa.

    ¿Cuántas conversaciones importantes habrán comenzado alrededor de una humeante porcelana? ¿Cuántas amistades se habrán fortalecido mientras se comparte su aroma? ¿Cuántas decisiones, proyectos, preocupaciones y sueños habrán encontrado un espacio en una mesa acompañada por esta compañía silenciosa?

    Este estimulante del espíritu también ha estado presente en mis momentos de trabajo y de descanso. Me acompaña mientras escribo, cuando necesito concentrarme, cuando escucho música o disfruto de la lectura. Tiene la maravillosa capacidad de adaptarse: puede ser escolta para el silencio o el pretexto ideal para romperlo.

    En mi familia, su uso forma parte de nuestras costumbres. Está presente cuando llegan los hijos o recibimos a las amigas. Una taza puede convertirse en el puente entre dos personas que tenían mucho que contarse o en el pequeño rito que anuncia la hora de descansar. Incluso hay ocasiones en las que me acompaña desde el alba, cuando todavía el día apenas se despereza, hasta que la noche invita a mirar hacia atrás. En ese hilo invisible de vapor encuentro algo más que sabor: encuentro vida.

    Hoy, cuando lo bebo, no solo saboreo una infusión. En cada sorbo aparecen imágenes de mi infancia, el jarro de barro, la jarrilla de peltre azul y las voces de quienes estuvieron conmigo. Quizá por eso sigo disfrutándolo; porque algunas cosas no solamente se consumen: se viven, se recuerdan y se heredan.

    Para mí, es memoria servida en una taza. Es aroma de infancia, conversación y compañía. Es una pequeña pausa en medio de la vida y, al mismo tiempo, una manera de volver a casa.



sábado, 15 de agosto de 2026

Cocinando la vida


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Por Cuquis Sandoval Olivas

Todo nace de una idea, y esta comienza a tomar forma a partir de algún detonante capaz de captar nuestra atención y conducirla hacia aquellos puntos que, por alguna razón, encuentran eco en nuestra historia personal. Así surge el escrito de esta semana, después de ver la película “Cocinando la vida", cuyas escenas despertaron en mí mucho más que el interés por la preparación de los alimentos: abrieron la puerta a los recuerdos.

Las imágenes recrean la pupila con los colores intensos de los ingredientes y nos hacen partícipes de una verdadera conjunción de los sentidos. Casi es posible percibir los aromas que emanan de la parrilla, escuchar el sonido de los alimentos al cocinarse e imaginar las distintas texturas y sabores que resultan de la mezcla precisa de los ingredientes, del sazonado especial, del tiempo de cocción y de ese toque final que consiste en arreglar cada platillo como si fuera a presentarse en una fiesta, donde cada elemento porta su mejor atuendo para cautivar al comensal.

Pero las imágenes sensoriales nunca llegan solas. Usualmente vienen acompañadas de pequeñas pizcas de recuerdos que, de manera inevitable, nos conducen a la infancia, al regazo de nuestras madres y abuelas, al calor de sus cocinas y al deleite de compartir los alimentos en su compañía. Porque existen sabores que permanecen alojados en algún rincón de la memoria y que basta un aroma, una textura o el sonido de una olla al destaparse para hacerlos regresar.

Lo que más llamó mi atención de la película fue el amor, el cuidado y la pasión depositados en la preparación de cada platillo: el picado meticuloso de los ingredientes, la elección cuidadosa de cada producto, el tiempo invertido y la certeza de estar ofreciendo en cada guiso algo que va mucho más allá de la sazón. Quien cocina con amor deja también en los alimentos el calor de sus manos, la paciencia de su espera y una parte de sí mismo.

Concluido ese ritual, llega otro igualmente significativo: vestir la mesa. Colocar los utensilios, disponer los platos, acomodar las servilletas y preparar el espacio donde ocurrirá el encuentro. Porque una mesa no es solamente un mueble alrededor del cual se come; puede convertirse en territorio de convivencia, confidencias, risas, enseñanzas e incluso reconciliaciones. Alrededor de ella se comparten los alimentos, pero también se comparte la vida.

Sin lugar a dudas, disponer de los productos necesarios es importante; sin embargo, la cocina nos invita a reflexionar sobre algo mucho más profundo: el poder afectivo de los alimentos, la entrega de quien los prepara y la huella que ese acto puede dejar en quien los recibe. Comer no consiste únicamente en saciar el hambre. En muchas ocasiones, cada plato va construyendo silenciosamente los cimientos de recuerdos que acompañarán al ser humano durante toda su existencia.

Y así ocurre este intrincado ciclo de la vida: recibimos, aprendemos y después entregamos. Vamos pasando la estafeta a las siguientes generaciones, muchas veces sin darnos cuenta de que las enseñanzas más profundas no siempre fueron pronunciadas. Las aprendimos observando unas manos amasar, servir, repartir; viendo una olla hacerse más abundante cuando llegaban visitas inesperadas o contemplando cómo una madre encontraba la forma de hacer alcanzar la comida para todos. Aprendimos de sus acciones mucho más que de sus palabras.

Todo ello me lleva inevitablemente a pensar en aquellos platillos degustados durante mi niñez. No eran preparaciones sofisticadas ni requerían ingredientes extraordinarios: frijoles, tortillas, sopa, alguna salsa recién hecha y otros alimentos sencillos constituían buena parte de nuestra mesa. Sin embargo, poseían algo imposible de encontrar escrito en cualquier recetario: habían sido preparados por las manos amorosas de mamá.

La cocina era su santuario. Allí parecía colocarse una corona y empuñar un cetro que, en sus manos, también podía transformarse en varita mágica. Tenía ese don que tantas madres poseen: hacer rendir lo poco, multiplicar los alimentos y convertirlos en abundancia. Pero su magia no terminaba en nuestra mesa. Aquello que preparaba se transformaba también en bendición cuando lo compartía generosamente con quienes tenían menos. Siempre parecía existir un plato más para ofrecer, una tortilla que podía dividirse o una porción que encontraba destinatario fuera de casa.

Quizá en aquellos años yo no alcanzaba a comprender la dimensión de ese gesto. Hoy entiendo que no solamente nos alimentaba: nos estaba enseñando generosidad, solidaridad y amor. Cada vez que extendía un plato hacia alguien más, nos mostraba, sin discursos, que compartir también era una manera de agradecer lo recibido.

Durante muchos años tuve el privilegio de llamarla cada vez que necesitaba reafirmar alguna receta. Le preguntaba por cantidades, tiempos, ingredientes o por aquel misterioso “hasta que esté listo” que solamente las madres parecen comprender con exactitud. Otras veces, debo admitirlo, conocía perfectamente la respuesta; aun así, hacía la llamada porque sabía el bienestar emocional que le producía sentirse necesaria, saber que todavía podía orientarme y continuar cuidándome desde su ancianidad.

Aquellas conversaciones eran también otra forma de alimentar.

Hoy ya no puedo realizar esas consultas de la misma manera. Me queda acudir al gran recetario de la memoria, donde no existen cantidades exactas ni instrucciones escritas. Allí debo buscar los aromas, reconstruir los sabores, recordar las texturas y volver a mirar, con los ojos del alma, la presentación de aquellos platillos sencillos que tenían el poder de convertir cualquier día cotidiano en hogar.

Tal vez por eso cocinar nunca será únicamente mezclar ingredientes. En cada receta heredada permanece algo de quienes estuvieron antes que nosotros. Una manera de cortar las verduras, una especia utilizada sin medida, una olla reservada para determinada comida o ese ingrediente secreto que jamás apareció escrito porque pertenecía más al corazón que a la cocina.

Ahora comprendo que algunas personas permanecen con nosotros de las formas más inesperadas. Mamá sigue apareciendo cuando un aroma conocido invade la casa, cuando preparo una receta aprendida de sus manos o cuando, casi de manera inconsciente, repito alguno de sus gestos frente a la estufa. Entonces descubro que la memoria también tiene sabores.

Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de trascender: dejar un poco de nosotros en aquello que entregamos con amor.

Mientras exista una mesa donde pueda compartir lo aprendido, mientras mis manos repitan alguna de sus recetas y mientras un aroma sea capaz de devolverme, aunque sea por unos instantes, a aquella cocina de mi infancia, mamá seguirá estando ahí.

Porque hay alimentos que calman el hambre del cuerpo, pero existen otros, preparados con amor, que continúan alimentando el alma aun cuando las manos que un día los cocinaron ya no puedan servirlos sobre nuestra mesa.


viernes, 7 de agosto de 2026

Feliz cumpleaños, Yadira

 


Feliz cumpleaños

 

    Seis de agosto de 1984, fecha que quedó inscrita en nuestra historia como un acontecimiento memorable, único y profundamente especial. Una niña llegó para completar el cuadro familiar de una joven pareja cuyos cimientos estaban forjados en sueños, anhelos y esperanzas de construir un hogar con el amor y la solidez necesarios para seguir creciendo y expandiendo su calor.

 

    Nuestra dicha fue inmensa. Ya teníamos un varoncito y ahora tú, pequeña y luminosa, venías a completar aquel cuadro que entonces nos parecía perfecto y que habría de guiarnos por el intrincado, maravilloso y desafiante camino de la paternidad.
Te nombramos Yadira, un nombre que para nosotros encerraba el significado de una persona valiosa y deseada, de personalidad fuerte y empática, capaz de crear lazos profundos y entrañables. Y nos bastaba mirar tus ojos y recrearnos en tu sonrisa para presentir que esas cualidades habrían de convertirse, con el paso de los años, en parte distintiva de tu manera de ser.

 

    La época en que uno se convierte en progenitor coincide, la mayoría de las  veces, con aquella en la que uno mismo continúa creciendo. Son años de búsqueda del camino personal y laboral, de levantar poco a poco los muros del hogar y de aprender, casi siempre sobre la marcha, la enorme responsabilidad de acompañar la vida de los hijos. Se tiene el vigor y la fuerza de la juventud, pero, a la vez, el tiempo parece escaparse de las manos, porque son muchas las cimas que deseamos alcanzar.

 

    Hoy, en tu cuadragésimo segundo aniversario de vida, son incontables las memorias almacenadas. Tantos acontecimientos pasan por mi mente que quisiera detenerlos, uno a uno, y convertirlos en palabras para hacértelos llegar.

 

    Sé que tu camino ha dejado estelas luminosas, aunque algunas veces hayan estado cubiertas de lágrimas, dolor y tristeza. Sin embargo, por encima de las circunstancias, siempre ha prevalecido en ti esa fuerza interior que te impulsa a levantarte, continuar y mirar hacia adelante.

 

    Sigue haciendo con amor aquello que te apasiona. Que las notas musicales que emanan de tu voz lleguen a cimbrar el alma de quien tenga la fortuna de escucharte. Que nunca pierdas el cuidado, la entrega y la pasión que imprimes en tu trabajo, tanto con los niños como en el gimnasio. Hay en ti una capacidad especial para acompañar, enseñar, fortalecer y dejar huella.

 

    Y no olvides nunca que tú también eres fortaleza. Podrás cimbrarte ante los embates de la vida, sentir que el viento sacude tus cimientos o que las circunstancias ponen a prueba tus fuerzas, pero has demostrado, una y otra vez, que sabes resistir, reconstruirte y continuar, que eres capaz de enfrentar tempestades sin perder la ternura, siendo así cómo en este ciclo de la vida,  te has convertido en refugio, seguridad y cobijo para quienes amas. 

 

    Gracias, hija, porque desde muy pequeña asumiste responsabilidades que quizá no correspondían a tu edad y me ayudaste con tus  hermanos menores. Gracias por tus manos dispuestas, por tu compañía, por los momentos compartidos y también por aquellas enseñanzas que, sin darte cuenta, me has regalado a lo largo de estos años.

 

    Hoy solo puedo evocar esos momentos pasados, saborear el presente y pedir al altísimo por tener vida y salud para acompañarte por muchos años más, agradecer por todo lo vivido  y aprendido contigo. Porque, aunque los hijos crecen, toman sus propios caminos y escriben páginas que ya no nos corresponde dirigir, para una madre permanece intacta aquella primera imagen: la de su hija llegando al mundo y transformándolo todo con su presencia.

 

    Que la vida todavía te reserve muchos escenarios para cantar, muchos niños a quienes regalarles tu cariño, muchos sueños por conquistar y, sobre todo, innumerables razones para sonreír.
Y cuando alguna vez dudes de tus fuerzas, recuerda de dónde vienes, cuánto has recorrido y cuántas veces has vuelto a levantarte.

 

    Yo, mientras tenga memoria y vida, seguiré mirando en ti a aquella niña que un seis de agosto llegó para completar nuestra familia y que, sin saberlo, también llegó para ocupar para siempre un lugar irreemplazable en mi corazón.

 

    Te amamos, hija. Y agradecemos por el privilegio de haberte visto crecer.


Tus papás 



sábado, 1 de agosto de 2026

Identidad, memoria y libertad


 Identidad, memoria y libertad

Por Cuquis Sandoval Olivas

    Durante este mes, nuestra Sala de Lectura “Leyendo y Reconstruyendo” abordó la novela Mi nombre es Emilia del Valle, de Isabel Allende, escritora chilena nacida en Lima, Perú, en 1942.

    La vida de Isabel Allende ha estado marcada por los cambios de residencia, el exilio y la diversidad cultural. Después del golpe de Estado ocurrido en Chile en 1973, se trasladó a Venezuela en 1975. Años más tarde se estableció en Estados Unidos. Su primera novela, La casa de los espíritus, fue publicada en 1982 y alcanzó reconocimiento internacional. Desde entonces, ha escrito numerosas obras traducidas a diversos idiomas, convirtiéndose en una de las autoras latinoamericanas más leídas.

    Su narrativa se caracteriza por combinar acontecimientos históricos, ficción, memoria familiar y personajes femeninos fuertes. También destaca por la belleza de sus descripciones y por abordar temas como la identidad, el amor, la injusticia, la migración, la violencia y la búsqueda de libertad.

    Mi nombre es Emilia del Valle, publicada en 2025, se desarrolla a finales del siglo XIX. La protagonista es hija de una mujer de ascendencia irlandesa y de un hombre chileno que no la reconoce. Sin embargo, es criada por un padre amoroso de origen mexicano. Esta herencia multicultural despierta en ella el deseo de conocer su pasado y construir su propia identidad.

    Desde joven, Emilia descubre su vocación por la escritura. Debido a las limitaciones impuestas a las mujeres de su época, publica inicialmente con un seudónimo masculino. Más adelante incursiona en el periodismo, oficio que le permite conocer diferentes realidades, escuchar historias y dar voz a quienes permanecían ignorados.

    Su deseo de ejercer plenamente su profesión la lleva a convertirse en corresponsal durante la guerra civil chilena. En medio de campos de batalla, hospitales, cárceles y comunidades destruidas, observa el sufrimiento, la crueldad y las consecuencias humanas de la guerra. Sin embargo, también encuentra solidaridad, valentía y esperanza.

    El viaje a Chile representa para Emilia una búsqueda profesional, familiar y personal. Allí conoce la tierra de su padre biológico, reconstruye parte de su historia y comprende que el perdón no significa justificar el abandono, sino liberarse del resentimiento para seguir adelante.

    Entre los principales temas de la novela se encuentran la construcción de la identidad, el peso de los apellidos, la discriminación hacia las mujeres, el valor del periodismo, la memoria histórica, la guerra, la multiculturalidad y el perdón. La obra también resalta el poder de la palabra para denunciar injusticias, conservar la memoria y transformar la vida.

    Los días 31 de julio y 3 de agosto nos reuniremos, de manera presencial y virtual, para conversar sobre esta obra. Compartiremos opiniones, emociones y experiencias, porque cada lector aporta una mirada distinta que enriquece la comprensión del texto.

    En nuestra Sala de Lectura consideramos que leer y dialogar nos permite encontrarnos con los demás y con nosotros mismos. Mi nombre es Emilia del Valle nos invita a reflexionar sobre nuestras raíces, nuestra historia y la libertad de construir nuestro propio destino.



 

sábado, 25 de julio de 2026

La música interior de la vida


"Yo soñaba con la vida/ y la vida era aquello que me daban…/eso era la vida…Yo soñaba con la vida/ y en mis manos sin saberlo la tenía/ en mi casa, en los cuentos y en la escuela… Emmanuel 1980 La música interior de la vida Son muchas las reflexiones que hemos leído, escrito y escuchado acerca de saborear la vida, disfrutar el presente, dejar de lamentarnos por aquello que no podemos cambiar y evitar la añoranza del pasado como única representación de la plenitud y la felicidad. Sin embargo, una y otra vez volvemos a tropezar con la misma piedra: enfocamos nuestra atención en las circunstancias que consideramos incómodas o desagradables y nos olvidamos de descubrir el sabor que guarda cada instante. Esta reflexión puede aplicarse a muchas de las actividades que realizamos en la cotidianidad, pues solemos esperar que suceda algo insólito o extraordinario para otorgarles verdadero valor. No obstante, la vida también acontece en una caminata al amanecer, al permanecer sentados en una plaza, en un balcón o en cualquier espacio desde el cual observamos pasar a los transeúntes. Podemos imaginar los acontecimientos que rodean sus vidas o, simplemente, mirar sin ver, oír sin escuchar y convertirnos en testigos distraídos del paso del tiempo. ¿Cuántas veces nos encontramos con una persona a quien no veíamos desde hacía mucho tiempo y dejamos pasar la oportunidad de revivir los momentos que disfrutamos a su lado? Bastaría sentarnos a saborear un café, recuperar las palabras olvidadas y estrechar nuevamente los lazos que alguna vez nos unieron, construyendo puentes de interacción, afecto y convivencia. En otras ocasiones estamos leyendo un libro y sentimos más prisa por terminarlo que interés por entablar un diálogo íntimo con su autor. Nos olvidamos de adentrarnos en el contexto, de conocer profundamente a los personajes y de sentirlos cercanos, aun cuando la obra haya sido escrita muchos siglos atrás o pertenezca a culturas y continentes diferentes de los nuestros. A medida que avanzamos en la cronología de los años, aprendemos a observar el mundo con otra mirada, a retirar un poco el pie del acelerador, a degustar los alimentos que todavía nos son permitidos y a reconocer las múltiples sabidurías que nos concede la experiencia. A pesar de ello, en ocasiones continuamos enfrascados en la crítica, en el manejo inadecuado de las emociones e, incluso, en una especie de sequía espiritual. Es entonces cuando adquiere sentido aquel profundo verso de santa Teresa de Ávila: «Vivo sin vivir en mí». Agradezco a la vida por todo cuanto recibo cada día, por estos espacios que me permiten compartir a través de las letras y por las reflexiones que nacen de mis vivencias, de mis lecturas y de los innumerables aprendizajes que trae consigo la experiencia. Agradezco también los talleres que curso constantemente, porque siento la imperiosa necesidad de continuar aprendiendo y reconozco que todavía existen muchos caminos, veredas y senderos por transitar. Disfruto la música, la poesía y las charlas con mis amigas; pero, de manera especial, disfruto el amor de mi familia, que me envuelve y me baña con su calidez. Rumi, el gran místico musulmán del siglo XIII, comparó nuestro cuerpo con una guitarra: no debemos permitir que se cubra de polvo; por el contrario, debemos hacerla sonar, aun cuando alguna de sus notas desafine. Sin duda, la vida nos presenta contradicciones y ambigüedades. Hay días oscuros en los que las tormentas golpean y hacen tambalear nuestras certezas; días en los que todo duele: las dolencias, las ausencias, los olvidos y esa juventud que cabalga cada vez más lejos. Sin embargo, debemos continuar fortaleciendo los muros interiores que nos sostienen, alimentar el espíritu y permitir que nuestra luz fluya hasta alcanzar a las personas con quienes compartimos el camino. Sigamos vibrando con la armonía de las notas musicales de la vida; con el tiempo, las letras, los encuentros y todo aquello que despierta nuestras pasiones. No permitamos que nuestra guitarra se cubra de polvo. Hagámosla sonar, aunque algunas veces desafine, porque mientras haya música en nuestro interior, habrá motivos para seguir celebrando la vida.

sábado, 18 de julio de 2026

Memorias de un encuentro inolvidable

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Memorias de un encuentro inolvidable

Por Cuquis Sandoval Olivas

«Escribimos para saborear la vida dos veces: en el momento y en retrospectiva».
Anaïs Nin

Parafraseando al poeta español Antonio Machado, «todo pasa y todo queda». Pasa el tiempo, pasan los viajes, las celebraciones y los encuentros; pero quedan las emociones, las enseñanzas, y esos instantes que, sin pedir permiso, encuentran un lugar permanente en la memoria.

Por ello, me permito plasmar estas reflexiones surgidas de nuestra reciente participación en el encuentro estatal de Jubilados y Pensionados, realizado en la vecina ciudad de Cuauhtémoc, Chihuahua. Asistimos orgullosamente como integrantes de la Delegación D-IV-2, llevando no solamente una muestra de los talleres que se desarrollan en nuestra comunidad, sino también el entusiasmo, el compañerismo y la alegría que distinguen a quienes formamos parte de ella.

El propósito central de la convocatoria es propiciar el encuentro entre las distintas delegaciones, abrir espacios para compartir experiencias, fortalecer los vínculos de amistad y mostrar el trabajo realizado en cada uno de los talleres, así como el convivir con nuestros pares, a reconocernos en historias semejantes y a comprobar que la jubilación no representa el final de un camino, sino la oportunidad de recorrer senderos nuevos.

Nuestra delegación acudió con una variada y significativa muestra de creatividad, disciplina, talento y tradición. Desde el taller de cocina llevamos los sabores característicos de nuestra región: asadero, cajeta, leche quemada, rayadas, nueces, granola y vinos elaborados en la comunidad. Cada producto contiene algo más que ingredientes; guarda recuerdos familiares, conocimientos transmitidos de generación en generación y el cariño de las manos que lo prepararon.

El taller de cuerdas hizo vibrar el escenario y también los corazones. Desde los primeros acordes, la música tendió un puente entre los intérpretes y el público. Poco a poco, la concurrencia se unió a la celebración: algunos coreaban las canciones, otros acompañaban con palmas y muchos más se dejaron llevar por el baile. Las cuerdas parecían conversar entre sí, mientras la alegría recorría el recinto como una corriente luminosa. 

Por su parte, el grupo representativo de música andina estremeció el aire con la nostalgia de sus acordes melancólicos y festivos. Los sonidos de los instrumentos artesanales de cuerda y viento parecían traer voces antiguas desde las montañas, las comunidades y los pueblos originarios. Cada melodía nos remontaba a las culturas prehispánicas y, al mismo tiempo, a la fusión sincrética de pueblos, instrumentos y sensibilidades. Fue como escuchar el eco de la tierra, el murmullo de los caminos y la respiración de una memoria ancestral que continúa viva a través de la música.

El taller de tejido mostró la paciencia convertida en arte. Entre hilos, estambres, agujas y colores, las manos de sus integrantes fueron dando forma a prendas, accesorios y piezas decorativas elaboradas con esmero. Cada puntada parecía guardar una historia, un recuerdo y muchas horas de dedicación. El tejido tiende puentes, porque mientras los hilos se entrelazan, también lo hacen las conversaciones, las experiencias y los afectos.

El taller de manualidades, por su parte, fue una celebración de la imaginación y el ingenio. A partir de materiales diversos, surgieron adornos, figuras y objetos decorativos llenos de color y originalidad. Cada creación demostró que unas manos creativas pueden transformar lo cotidiano en algo especial.

El taller de pintura mostró la belleza que puede surgir cuando el color se encuentra con la imaginación. Mediante técnicas como el lápiz, el óleo, la acuarela y el acrílico, las y los participantes dieron forma a paisajes, recuerdos, emociones y proyectos personales. En cada obra podía apreciarse el estudio de las teorías del color, el manejo de luces y sombras y, sobre todo, la libertad creadora. Pintar no consiste únicamente en llenar un lienzo; es también aprender a mirar de otra manera. Es descubrir matices donde antes parecía existir un solo tono, encontrar luz en medio de la sombra y transformar una emoción en forma, línea y color. 

Entre las manifestaciones artísticas también destacó el baile, representado con entusiasmo por varias integrantes de nuestra delegación. La música, el vestuario y los pasos inspirados en los años sesenta llenaron el escenario de dinamismo, elegancia y alegría. La sincronía, los movimientos cadenciosos y las sonrisas de las bailarinas contagiaron al público, que respondió con aplausos y muestras de admiración. Más allá del espectáculo, esta participación transmitió un mensaje profundamente valioso: mantener el cuerpo activo también fortalece el ánimo. A través del baile se ejercita la movilidad, el equilibrio, la concentración, la coordinación y la memoria corporal; pero, sobre todo, se renueva el entusiasmo.

En lo concerniente a la interpretación vocal, la maestra Alma Rosa García Arenas cimbró el escenario con la potencia, sensibilidad y experiencia de su voz. Su canto se elevó con seguridad y llenó cada rincón del recinto. Las melodías parecían teñirse de tonalidades doradas, símbolo de una actuación sublime, plena de madurez artística y excelencia técnica. No fue solamente una interpretación musical, sino una entrega generosa: la voz convertida en emoción y la emoción transformada en aplauso.

El taller de cachibol, deporte semejante al voleibol pero con características y reglas propias, fue representado dignamente por los equipos femenil y varonil. Cada encuentro estuvo acompañado por la expectación, el júbilo y el vitoreo de quienes alentábamos desde las gradas. Destacó especialmente la participación del equipo varonil, que obtuvo la victoria en todos sus juegos. Sin embargo, más allá de los resultados, lo verdaderamente significativo fue presenciar el respeto entre los equipos, la disciplina, la cooperación y el sentido de pertenencia. Cada pase requería atención; cada jugada, confianza; cada punto, el esfuerzo conjunto de todos los integrantes. El cachibol nos recordó que una persona puede continuar descubriendo sus fortalezas, enfrentando retos y celebrando triunfos en cualquier etapa de la vida. Sobre la cancha no había edades: había compañeros, estrategias, voluntad y corazones latiendo al mismo ritmo.

Esta experiencia se renueva cada año, cuando somos convocados por diferentes delegaciones. Cada sede deja su propia huella y se distingue por su solidaridad, empatía, liderazgo, compromiso y hospitalidad. En esta ocasión, Cuauhtémoc nos recibió con los brazos abiertos y nos hizo sentir parte de una gran familia.

Desde el momento en que comenzó la organización del viaje, la emoción se hizo presente. Preparar los materiales, reunir los productos, cuidar los vestuarios, ensayar las presentaciones y coordinar los equipos fueron labores que exigieron tiempo y responsabilidad, pero también fortalecieron nuestros vínculos.

Cada momento tuvo un brillo particular: la inauguración, el desarrollo de las actividades, las presentaciones artísticas, los encuentros deportivos y la cena baile organizada en nuestro honor. Bajo las luces del salón, comprendimos que la alegría también es una forma de resistencia ante el paso del tiempo. Bailar, cantar, conversar y reír juntos fue una manera de agradecer la vida y de afirmar que todavía tenemos mucho que ofrecer.

Todos estos momentos, desde la preparación hasta el retorno, dejan una huella indeleble en la memoria y en el corazón. Nos recuerdan que la convivencia es una forma de cuidado, que el arte mantiene despierta la sensibilidad y que el deporte fortalece tanto el cuerpo como el espíritu. También nos permiten reconocernos como personas activas, creativas y capaces de seguir aprendiendo.

Vaya, pues, nuestro profundo agradecimiento a todos y cada uno de los integrantes de las delegaciones participantes; a los representantes sindicales; a los secretarios generales; a los comités que conforman cada una de las representaciones delegacionales, a los coordinadores de cada taller, y especialmente a quienes hicieron posible este encuentro mediante su trabajo, organización y hospitalidad.

Gracias por recibirnos, por acompañarnos y por recordarnos que ninguna etapa de la vida debe transitarse en soledad. Gracias por crear estos espacios donde la experiencia acumulada no se guarda en silencio, sino que se convierte en música, pintura, canto, movimiento, deporte, diálogo y amistad.

Pertenecer a la Delegación D-IV-2 es motivo de orgullo, porque en ella no solamente compartimos actividades: compartimos una historia común, nos acompañamos en el presente y construimos nuevos recuerdos. Cada taller es un punto de encuentro; cada viaje, una página más; cada abrazo, la confirmación de que seguimos formando parte de una comunidad viva y solidaria.

Tal vez los eventos terminan y los escenarios vuelven a quedarse en silencio. Las canciones se apagan, los pinceles se guardan, los balones dejan de cruzar la red y los viajeros regresan a casa. Sin embargo, algo permanece encendido dentro de nosotros: la certeza de haber coincidido, de habernos sentido útiles, valorados y acompañados.

Así, entre aplausos, encuentros y despedidas, regresamos con el equipaje más valioso: un corazón agradecido y la alegría de saber que, cuando caminamos juntos, el tiempo no nos envejece; sino que nos convierte en memoria, experiencia y esperanza.












                                                                       Andino