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lunes, 28 de septiembre de 2026

El recuento de los días

Presentación del Libro Una Rosa sin Espinas
lectoras y reseñista del libro Una Rosa sin espinas


Equipo de Cachibol de Platinas
Comité Delegacional de jubilados y Pensionados


Profesor Eloy Caro Hernández y Cuquis Sandoval Olivas. Reyes de Jubilados y Pensionados 
Delegación D-IV-2

Escribir es, por antonomasia, una forma de nombrar la vida, de conceder voz a los sucesos, a las memorias y a aquellas experiencias que han dejado una huella profunda en mi persona. Es también una manera de preservar aquello que considero significativo y de ofrecerlo a los lectores con la esperanza de que, entre las palabras, encuentren algún reflejo de su propia historia.

Agradezco infinitamente al periódico local El Sol de Parral por brindarme, desde hace más de quince años, este espacio donde han quedado plasmados sueños, fantasías, metas, reseñas, dolores, alegrías, evocaciones y muchos otros textos que, semana tras semana, han encontrado un lugar en la columna “Espejos de vida”.

No existe una musa específica que haga sonar una campana para anunciarme que he encontrado el tema adecuado, ni una varita mágica capaz de delimitar las fronteras entre decir poco en extensión y mucho en significado. Mis principales referentes suelen ser las lecturas realizadas, las experiencias vividas, las conversaciones, los acontecimientos cotidianos y, sobre todo, la memoria.

Acudo a ella y me conecto con emociones y pensamientos íntimos. Escudriño recuerdos, los ordeno y trato de clarificarlos, primero para mí misma. Después, las ideas comienzan a trasladarse al papel. Leo el texto en voz alta, corrijo, borro, sustituyo palabras, modifico frases y vuelvo a escribir tantas veces como sea necesario, hasta sentirme complacida con aquello que finalmente he logrado expresar.

Entonces, el escrito es enviado a la editorial periodística. Aunque actualmente ya no todos los textos encuentran espacio en la edición impresa, reciben las alas de la virtualidad y emprenden otro recorrido, quedando a merced de la voluntad de los lectores: de quienes deciden detenerse, leer, compartir, comentar o simplemente dejar una señal de que estuvieron allí.

En lo personal, algunas estadísticas de lectura me resultan profundamente satisfactorias. En otras ocasiones comprendo que quizá la temática elegida, el inicio o el desarrollo del texto no consiguieron despertar el mismo interés y únicamente aparecen algunos íconos de “me gusta”. También eso forma parte del oficio de escribir: aprender que las palabras encuentran distintos ecos y que no todas las historias llegan de la misma manera a todos los lectores.

Sin embargo, considero que la escritura cumple siempre una misión más profunda. Todo acto de escribir puede convertirse en un proceso de catarsis e introspección. Es hacer un alto en la rueda vertiginosa de la vida, en medio de la multiplicidad de actividades y compromisos que tantas veces nos abruman. Durante ese instante se establece una conexión íntima entre pensamiento, corazón y mano; las palabras comienzan a fluir y, casi sin advertirlo, se fortalece también el hábito de reencontrarse con una misma.

La periodicidad semanal representa para mí un ejercicio extraordinario. Siete días parecen poco tiempo y, sin embargo, pueden contener una vida entera de acontecimientos: encuentros, despedidas, celebraciones, pérdidas, noticias, recuerdos, aprendizajes, incertidumbres y pequeñas escenas cotidianas. Por ello debo ser meticulosa al elegir y delimitar el tópico sobre el cual escribir.

Y justamente, al hacer el recuento de estos días, encuentro razones suficientes para detenerme y agradecer.

Mi gratitud a la Delegación de Jubilados y Pensionados, por la organización del evento conmemorativo del Día de los Jubilados, una celebración que me permitió reencontrarme con compañeros, compartir recuerdos y disfrutar de una jornada especialmente significativa. El azar tuvo además un hermoso gesto conmigo al permitirme ser elegida reina de este año, acompañada por el profesor Eloy Caro, con quien compartí esta experiencia llena de alegría, compañerismo y recuerdos que guardaré con especial cariño.

Agradezco igualmente a la Casa de los Abuelos, por abrirme sus puertas y brindarme la oportunidad de presentar mi libro Una Rosa sin Espinas. Compartir una obra tan entrañable para mí, nacida de experiencias, emociones y fragmentos de vida, en un espacio de encuentro y sensibilidad, fue un privilegio y una experiencia profundamente emotiva.

También forma parte de este recuento mi convivencia con el equipo de cachibol Las Platinas, con quienes asistimos al cuadrangular celebrado en la vecina ciudad de Jiménez, Chihuahua. Más allá del resultado deportivo, quedaron la camaradería, las risas, el entusiasmo, el compañerismo y la satisfacción de continuar activos, compartiendo experiencias y demostrando que cada etapa de la vida puede vivirse con plenitud, energía y nuevos retos.

Cuando se observan en conjunto estas experiencias, resulta evidente cuánto puede albergar una sola semana. La vida no siempre necesita acontecimientos extraordinarios para convertirse en historia; basta con detenerse a mirar con atención aquello que nos ocurre, reconocer a quienes caminan a nuestro lado y aprender a agradecer los instantes que nos permiten sentirnos vivos.

Cada semana supone volver la mirada hacia los días transcurridos y preguntarme qué merece ser rescatado del vértigo del tiempo. A veces será una experiencia personal; otras, un recuerdo lejano, una lectura, una ausencia, una injusticia, una alegría sencilla o una reflexión nacida casi por accidente.

Así he comprendido que escribir “Espejos de vida” también es realizar, semana tras semana, un particular recuento de los días.

No se trata únicamente de registrar lo sucedido, sino de descubrir qué dejaron esos días en nosotros, qué palabra merece permanecer y qué emoción necesita ser nombrada antes de que el tiempo la diluya. Porque los días pasan inevitablemente, pero algunas experiencias pueden quedarse a vivir en la memoria cuando encuentran refugio en la palabra escrita.

Quizá eso sea, finalmente, escribir: recoger pequeños fragmentos de existencia antes de que se pierdan, convertirlos en palabras y ofrecerlos a otros.

Y mientras haya días que contar, recuerdos que rescatar, emociones que comprender, personas a quienes agradecer y lectores dispuestos a encontrarse frente a un espejo de palabras, seguiré escribiendo.

Porque, al final, el recuento de los días también es el recuento de la vida.


sábado, 19 de septiembre de 2026

El vuelo de “Pluma Mágica”















El vuelo de “Pluma Mágica”

Por Cuquis Sandoval Olivas

Les comparto con enorme alegría la edición de septiembre de la revista virtual Pluma Mágica, en la que me hicieron el gran honor de colocar mi fotografía en la portada en el anverso y reverso, así como el  dedicarme un espacio especial dentro de sus páginas:

https://online.fliphtml5.com/ujwzj/vzhg/#p=1

Todo proyecto nace primero de una idea; después, de la voluntad de hacerla realidad y, enseguida, del encuentro con personas soñadoras dispuestas a sumar esfuerzos para darle vida.

Hace casi tres años fui invitada por la escritora y amiga —oriunda de Chihuahua capital y que radica desde algún tiempo atrás en la grandiosa frontera de Ciudad Juárez—)  Juana María Alarcón Rosales para formar parte del Consejo Editorial de la revista virtual “Pluma Mágica”. Desde entonces comenzó una maravillosa travesía: difundir convocatorias, recibir y revisar textos, preparar cada edición, compartirla con los lectores y abrir espacios para nuevas voces.

Juana María, como directora de este proyecto, ha realizado una labor incansable. Además de convocar, compilar, organizar y dar forma a cada número, ha gestionado apoyos económicos para la publicación de algunas ediciones y para reconocer, mediante premiación económica, al texto anual que recibe mayoría de votos.

Sin duda, ha sido un trabajo arduo y muchas veces extenuante; sin embargo, su constancia ha permitido que esta labor trascienda muros y fronteras, llevando las palabras de sus colaboradores hasta lectores y escritores de distintos lugares y contextos.

Desde el inicio puse a disposición de este noble empeño mi tiempo, experiencia y amor por las letras. Juana María ha tenido siempre la generosidad de escuchar mis opiniones y considerar mis puntos de vista en busca de mejorar cada aspecto de la revista. Como parte de ese proceso de crecimiento, a partir de 2025 se decidió transformar su periodicidad mensual en una publicación bimestral.

Algunos escritores nos acompañan desde el nacimiento de la revista; otros han seguido nuevos caminos y muchos más se han ido incorporando a lo largo del tiempo. A sus voces se han sumado también artistas visuales locales que, con sensibilidad y talento, han compartido sus obras para engalanar cubiertas interiores y posteriores.

En la presente edición de septiembre de 2026, Juana María tuvo la enorme gentileza de dedicarme un espacio muy especial, incluyendo mis fotografías, mi reseña literaria  y mi texto participante, además de aparecer  en la portada, contraportada y páginas interiores de la revista. Esta distinción ha cimbrado profundamente mi alma.

Cuando decidí convertirme en promotora y difusora cultural, nunca lo hice pensando en reconocimientos. Mi intención ha sido siempre aportar un pequeño granito de arena, tender puentes entre creadores y lectores de textos, y compartir con los demás todo aquello que el amor, la pasión y el estudio de las letras han sembrado en mi vida.

Por ello, recibo este gesto con profunda gratitud y con la certeza de que ningún camino cultural se construye en soledad. Cada poema, cuento,  pintura y  palabra compartida que encuentra un lector se convierte en parte de una obra colectiva mucho más grande que cualquiera de nosotros.

Aprovecho también para invitar a quienes deseen colaborar con sus textos, poemas, relatos, pinturas o creaciones artísticas a acercarse a Pluma Mágica. Porque cuando compartimos lo que sabemos y lo que somos, no disminuimos nuestra luz: la multiplicamos.

Gracias, Juana María, por tu confianza, por tu amistad y por este reconocimiento que guardaré con especial cariño.

Que sigamos sembrando palabras, abriendo páginas y tendiendo puentes.

Porque quizá esa sea una de las formas más hermosas de permanecer: dejar que una parte de nuestra voz viaje en los libros, en las revistas, en los versos y en la memoria de quienes alguna vez se detuvieron a leernos.

Que nunca nos falten sueños que escribir, páginas por llenar ni alas para que las palabras continúen volando.


martes, 15 de septiembre de 2026

Siglema 5-7-5




                                     Hoy como ayer, agradezco la oportunidad de un nuevo día.

domingo, 13 de septiembre de 2026

Mil grullas por la paz



María Desatadora de Nudos



                                        https://www.facebook.com/share/p/1J2H3NZvXJ/

Recientemente, cerca de ciento cincuenta usuarios de La Casa de los Abuelos realizamos un viaje a Cancún. Fue una experiencia maravillosa en la que se conjugaron el deleite de los sentidos, la armonía de la convivencia y el asombro ante la belleza de cada uno de los escenarios visitados.

Mi compañera de viaje insistía en conocer un templo. Más por compañerismo que por verdadera convicción, acepté acompañarla, sin imaginar que aquella decisión aparentemente sencilla terminaría convirtiéndose en un regalo invaluable de fe, reflexión y amor.

La fe pertenece al terreno de lo intangible y de lo invisible. No puede tocarse con las manos ni comprobarse con los ojos; se percibe de una manera distinta. Quizá solo puede experimentarla plenamente quien abre el corazón y dispone sus sentidos para recibir aquello que no siempre necesita explicación.

Me refiero al Santuario de María Desatadora de Nudos.

Los datos históricos que a continuación se detallan, fueron localizados en internet, pero  considero fundamental el citarlos,  para entender el significado de sus milagros. 

La tradición que dio origen a esta advocación mariana se remonta a Alemania, a principios del siglo XVII. Alrededor de 1612, Wolfgang Langenmantel atravesaba una grave crisis matrimonial junto con su esposa, Sophia. Ante la posibilidad de una separación, acudió al sacerdote jesuita Jakob Rem, quien oró por la reconciliación de la pareja y utilizó simbólicamente el lazo matrimonial para representar aquellos conflictos que necesitaban ser “desatados”. La pareja logró reconciliarse y permanecer unida.

Décadas después, hacia 1700, un nieto de aquel matrimonio, Hieronymus Ambrosius Langenmantel, mandó realizar una pintura en agradecimiento por aquel acontecimiento familiar. La obra, atribuida al pintor Johann Georg Melchior Schmidtner, representa a la Virgen María desatando los nudos de una larga cinta blanca. La imagen quedó resguardada en la iglesia de San Pedro de Perlach, en Augsburgo, Alemania, y con el tiempo comenzó a despertar una profunda devoción.

Siglos más tarde, esa imagen llamaría la atención del sacerdote argentino Jorge Mario Bergoglio durante una estancia en Alemania en 1986. Años después, aquel sacerdote sería conocido mundialmente como el papa Francisco. Bergoglio contribuyó de manera importante a difundir esta advocación en Argentina y, posteriormente, su devoción se extendió por numerosos países.

Mucho tiempo después y a miles de kilómetros de aquel lugar, el 22 de marzo de 2016 comenzó en Cancún la historia del Santuario de María Desatadora de Nudos, un espacio que hoy recibe a peregrinos de distintas nacionalidades, cada uno con su propia historia, sus necesidades, sus heridas y sus esperanzas.

Quienes llegan depositan simbólicamente sus preocupaciones escribiéndolas en listones blancos que después anudan en los espacios destinados para ello. Las peticiones respondidas se representan con listones de colores, convirtiendo el lugar en una especie de testimonio colectivo de agradecimiento y esperanza.

Al entrar en el santuario se percibe algo difícil de describir. Hay paz, pero también puede sentirse el peso del dolor humano depositado en cientos de plegarias que parecen elevarse, en silencio, hacia el infinito.

No existen grandes paredes ni imponentes muros de concreto. La vegetación rodea el lugar y le otorga un aire de sencillez y humildad. Tampoco predominan los pisos lujosos ni las estructuras ostentosas; bajo nuestros pasos se extienden pequeñas piedras blancas que armonizan con la naturaleza y con la serenidad del entorno.

Listones, marcadores y todo lo necesario para escribir una petición permanecen ordenados y al alcance de los visitantes. De esta manera, cada persona puede detenerse, escribir aquello que pesa en su corazón, guardar silencio, entablar un diálogo íntimo con la presencia divina y, quizá, salir de ahí con un poco más de esperanza de la que llevaba al entrar.

Resulta casi imposible caminar por el santuario sin detenerse a leer los mensajes distribuidos entre sus espacios. Cada frase parece poseer una fuerza particular y, curiosamente, algunas dan la impresión de haber sido escritas justo para quien se encuentra frente a ellas. Tal vez sea por la universalidad de sus palabras o porque, al final, los seres humanos compartimos temores, pérdidas, dudas, anhelos y esperanzas mucho más parecidos de lo que imaginamos.

Sin lugar a dudas, la humanidad ha avanzado a pasos agigantados. Hemos conquistado distancias, desarrollado tecnologías inimaginables y encontrado respuestas para preguntas que durante siglos parecieron imposibles de resolver. Sin embargo, aun con todo nuestro conocimiento, seguimos postrándonos ante aquello que nos supera; seguimos buscando consuelo cuando la razón ya no alcanza y seguimos necesitando esperanza cuando la vida aprieta demasiado fuerte.

Quizá porque todos, en algún momento, llevamos un nudo dentro.

Un nudo provocado por una ausencia, una enfermedad, un conflicto familiar, una preocupación, una culpa, un miedo o una herida que no hemos conseguido sanar. Algunos son pequeños y se deshacen con el tiempo; otros se aprietan tanto que creemos imposible liberarnos de ellos.

Aquel día comprendí que visitar ese santuario no era solamente conocer un lugar religioso. Era asomarme a cientos de historias humanas y reconocer que detrás de cada listón había alguien que había decidido no perder la esperanza.

Llegué acompañando a una amiga, más por compañerismo que por convicción, y salí comprendiendo que existen encuentros que no planeamos y lugares a los que creemos llegar por casualidad, pero que terminan hablándonos de una manera inesperada.

No sé si todos nuestros nudos llegarán a desatarse como deseamos. Lo que sí sé es que mientras exista la capacidad de creer, de pedir, de agradecer y de volver a levantarnos, siempre habrá una hebra de esperanza de la cual tirar.

Y quizá sea precisamente ahí, cuando nuestras propias manos ya no encuentran la manera de deshacer el nudo, donde comienza la fe.


domingo, 6 de septiembre de 2026

El arte como vocación de vida: homenaje al profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez

 




El arte como vocación de vida: homenaje al profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez

Por Cuquis Sandoval Olivas

Dentro de la carga genética y del contexto que nos caracteriza, así como de la singularidad, los atributos y las habilidades que vamos adquiriendo con el paso del tiempo, se va conformando aquello que finalmente nos distingue. El núcleo familiar, las personas que transitan a nuestro alrededor, las experiencias, los aprendizajes y hasta aquellos pequeños acontecimientos que, en apariencia, podrían resultar cotidianos, contribuyen a moldear nuestro carácter, nuestra personalidad y, muchas veces, también nuestra vocación.

Vaya este homenaje y reconocimiento especial para el profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez, quien nació y vivió sus primeros años en la vecina ciudad de Santa Bárbara, Chihuahua. Actualmente jubilado del servicio educativo, forma parte de nuestra Delegación D-IV-2, donde continúa compartiendo con generosidad una de las grandes pasiones que lo han acompañado durante  su vida: el arte.

Durante una reunión mensual celebrada en nuestra sede sindical, tuvimos la oportunidad de conocer distintas piezas pictóricas realizadas por el maestro Jesús Manuel, así como obras de algunos de los compañeros que participan en el taller que él imparte. La exposición se convirtió, además, en un espacio para conocer al ser humano detrás de cada pincelada. El profesor habló de su infancia, de su formación, de su trayectoria profesional y de la manera en que el dibujo y la pintura se convirtieron en compañeros inseparables a lo largo de su existencia.

Al remontarse a sus primeros recuerdos relacionados con el arte, el maestro cuenta que tenía apenas siete años de edad cuando presenció una escena que habría de marcarlo profundamente. Su padre se encontraba pintando las sillas de la cocina y decidió decorarlas dibujando en cada una pequeñas flores de vivos y brillantes colores. Sus ojos infantiles quedaron cautivados ante aquella manifestación de creatividad, pero también por el impacto que generó a su alrededor: unas sillas que mostraban el desgaste propio del tiempo parecían cobrar nueva vida gracias al color y a la imaginación.

Aquel sencillo acontecimiento se convirtió en el punto de partida que despertó su interés por el dibujo.

Desde entonces comenzó a realizar trazos de todo aquello que observaba a su alrededor, sin más maestro, en aquellos primeros años, que su capacidad de observación, su curiosidad y una pasión que empezaba a crecer silenciosamente. Su primer dibujo fue un burrito cuya figura quedó plasmada, con lápiz de grafito, entre las hojas de un cuaderno Polito. A partir de ahí, dibujar se convirtió en una actividad cotidiana. Todo podía convertirse en motivo para sus trazos.

Con el paso del tiempo, fueron los rostros humanos los que comenzaron a llamar especialmente su atención. Descubrió en ellos gestos, expresiones, luces y sombras que deseaba capturar sobre el papel.

En una ocasión observó a su hermano mientras pulsaba las cuerdas de una guitarra. El momento lo cautivó de tal manera que sintió la necesidad de conservarlo. Sin decir nada y procurando que nadie se percatara, comenzó a dibujarlo. Poco a poco, sobre el papel fue tomando forma aquel retrato espontáneo.

Cuando la familia descubrió el resultado, la emoción fue enorme. Aquel dibujo no solo revelaba una habilidad especial, sino una sensibilidad capaz de transformar un instante cotidiano en una imagen destinada a permanecer. A partir de entonces, otras personas comenzaron a solicitarle retratos y dibujos, confirmándole que aquello que había iniciado como una curiosidad infantil era, en realidad, un talento que valía la pena cultivar.

Porque cuando una persona ama profundamente lo que hace, nace también la necesidad de aprender, perfeccionarse y descubrir nuevas posibilidades. Consciente de ello, el profesor Jesús Manuel buscó oportunidades para complementar de manera académica aquello que durante años había aprendido de forma práctica y autodidacta.

En 1977 concluyó un diplomado artístico de dibujo en Progress Institute, con oficinas en la Ciudad de México. Posteriormente realizó un curso en Kansas City, Estados Unidos, especializado en dibujo fotográfico y técnica al óleo. Aquella preparación le permitió ampliar sus conocimientos, perfeccionar sus habilidades y explorar nuevas formas de expresión artística.

En 1981 ingresó al magisterio como docente de la asignatura de Inglés. Sin embargo, su amor por las artes plásticas nunca quedó al margen de su labor educativa. Por el contrario, encontró en la escuela múltiples oportunidades para poner su talento al servicio de las comunidades en las que trabajó.

En la Escuela Secundaria Héroes de la Democracia, ubicada en San Francisco del Oro, dejó como testimonio de su paso un mural elaborado por él y entregado a la comunidad educativa. Asimismo, en la ciudad de Santa Bárbara, Chihuahua, fue comisionado en diversas ocasiones para colaborar en las labores de ornato, elaborando letras, dibujos y decoraciones destinadas a conmemorar fechas históricas y acontecimientos importantes.

Cada espacio se convertía así en una oportunidad para unir dos de sus grandes vocaciones: la enseñanza y el arte.

En 1995 llegó a la Escuela Secundaria Federal Rogerio Aranda. Para entonces, su talento y sus habilidades artísticas ya eran ampliamente conocidos, al igual que su disposición permanente para colaborar. Por ello, el entonces subdirector, profesor Gilberto Balderrama, le encomendó participar en las labores de ornato de la institución y, de manera especial, en la preparación de alumnos para los concursos de pintura artística.

A partir de ahí, su experiencia no solamente se reflejó en las obras que él mismo realizaba, sino en la formación y motivación de jóvenes que encontraron en el dibujo y la pintura una nueva forma de expresión.

A lo largo de su trayectoria, el maestro Jesús Manuel ha trabajado con una amplia variedad de técnicas, entre las que se encuentran óleo, acrílico, acuarela, tinta china, gis pastel, carboncillo, lápiz de grafito y lápices de colores. Cada técnica representa para él una posibilidad distinta de interpretar el mundo y de llevar al lienzo o al papel aquello que primero nace en la mirada y en la sensibilidad del artista.

Sin embargo, es de reconocer y aplaudir esta etapa donde el maestro se jubila de la educación y se incorpora al sindicato de Jubilados y Pensionados, para seguir enseñando.  La jubilación no significó para él abandonar la enseñanza. Por el contrario, encontró una nueva manera de ejercerla.

Desde 2016 comenzó a impartir el taller de pintura en nuestra Delegación D-IV-2, convirtiendo ese espacio en un punto de encuentro para maestros jubilados y compañeros interesados en iniciarse o continuar desarrollándose dentro de las artes visuales.

Muchos de quienes llegaron al taller dando sus primeros trazos, enfrentándose con cierta inseguridad a un lienzo en blanco o intentando descubrir el manejo adecuado de los pinceles y los colores, hoy han alcanzado un notable desarrollo artístico. Sus obras dan testimonio del camino recorrido, de las horas de práctica, de los aprendizajes compartidos y, sobre todo, de la paciencia y generosidad de un maestro que ha sabido transmitir no únicamente técnicas, sino también entusiasmo y amor por el arte.

Porque ser maestro trasciende las paredes de un salón de clases y los años establecidos por una vida laboral.

Hay docentes que continúan enseñando aun después de su jubilación; personas cuya experiencia se convierte en guía para otros y cuya vocación permanece intacta porque enseñar forma parte de su manera de entender la vida.

El profesor Jesús Manuel Ochoa Valtiérrez pertenece a esa clase de maestros.

Aquel niño de siete años que un día quedó maravillado al observar cómo unas pequeñas flores de colores daban nueva vida a unas viejas sillas jamás dejó de mirar el mundo con curiosidad. Décadas después, continúa encontrando belleza en una mirada, en un paisaje, en un rostro, en una mezcla de colores o en la posibilidad infinita que ofrece un lienzo en blanco.

Y tal vez ahí radique una de las enseñanzas más importantes de su historia: las verdaderas vocaciones no envejecen. Se transforman, maduran y encuentran nuevas maneras de manifestarse.

Hoy celebramos al docente, al compañero, al artista y, especialmente, al ser humano que ha sabido compartir su talento con quienes lo rodean. Reconocemos una trayectoria en la que la educación y el arte han caminado de la mano y que continúa dejando huella en cada una de las personas que han tenido la oportunidad de aprender junto a él.

Desde nuestra Delegación D-IV-2, expresamos nuestro reconocimiento y gratitud por tantos años dedicados a la enseñanza, por mantener viva su pasión por las artes y, especialmente, por compartir con otros aquello que la vida le permitió descubrir y perfeccionar.

Porque una obra artística puede permanecer durante muchos años, pero cuando además se enseña a otros a crear, el legado se multiplica.

Que sigan los pinceles encontrando colores, que continúen los lienzos contando historias y que nunca desaparezca esa mirada del niño que, frente a unas sencillas flores pintadas sobre una silla, descubrió que el mundo también podía transformarse a través del arte.




sábado, 29 de agosto de 2026

Asomos a la felicidad




Por Cuquis Sandoval Olivas

    El origen etimológico de la palabra felicidad proviene del latín y se relaciona con conceptos como éxito, prosperidad y buena suerte; en la antigua Roma, incluso, se vinculaba con la fertilidad y la productividad. Desde siempre, la humanidad ha buscado esa fuente de bienestar y satisfacción, ya sea por medios físicos o espirituales, caminando hacia ese lugar utópico donde espera encontrar el placer y el beneplácito que produce sentirse plenamente realizado.

    La felicidad ha sido abordada desde distintos contextos, fuentes y perspectivas, no necesariamente para ofrecerla como una receta o fórmula mágica, sino para compartir con la otredad los atisbos de ella, esos pequeños destellos que se manifiestan a través de las sensaciones, emociones y efectos que experimentamos al encontrarla.

    Desde la perspectiva filosófica, los griegos hablaban de ese bien supremo, de la ausencia de turbación en el alma, del conocimiento de sí mismos y del dominio de las emociones. Los estoicos, por su parte, encontraron en la virtud, la razón y el autodominio una vía hacia la serenidad. En cuanto a los místicos, descubrieron otros senderos hacia ella: los de la paz interior y la unión con lo divino, alejándose de los placeres mundanos y canalizando su fuerza y energía hacia el amor, la entrega y el servicio a los demás; hacia ese acto generoso de dar, incluso hasta que duela.

    Son muchos los pensadores que han aportado su propia visión desde las distintas ramas del conocimiento y las disciplinas que los identifican. Sin embargo, para los fines de este artículo, me quedo con una frase atribuida a Buda Gautama que, por su sencillez y profundidad, resume una de las grandes enseñanzas sobre este estado del ser: “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”.

    Sentado este breve preámbulo, hago también un somero recorrido por la celebración del Día Nacional de las Personas Mayores, que en México se conmemora cada veintiocho  de agosto, como una oportunidad para reconocer su valor dentro de la familia y la sociedad, así como la riqueza de sus experiencias, la sabiduría acumulada a través de los años y ese amor que se construye con el paso del tiempo.

    Mis letras nacen tanto de los textos que leo como de mis memorias y de la observación cotidiana de los acontecimientos. Cuando me siento frente a la hoja en blanco de la pantalla, comienzan a tomar forma los recuerdos, las imágenes y las sensaciones; todos ellos buscan las palabras precisas que puedan describirlos. En primera instancia, escribo para reinterpretar y comprender mi propia experiencia; después, para compartirla con esos amables lectores que brindan cobijo a mis palabras y les otorgan un nuevo significado desde sus propias vivencias.

    La Casa de los Abuelos de nuestra localidad es un semillero constante de felicidad. Pudiera pensarse que quienes la frecuentan son personas que ya no tienen otras ocupaciones, responsabilidades o metas; sin embargo, nada está más alejado de la realidad. Quienes asisten lo hacen porque han decidido seguir aprendiendo, creando, conviviendo y, sobre todo, porque han encontrado en ese espacio una oportunidad para ser felices.

    Algunos descubren esas pequeñas parcelas de felicidad en los talleres que ahí se imparten, de acuerdo con sus intereses y habilidades, pues existe una amplia variedad: cocina, coro, karaoke, activación física, bisutería, amigurumis, teatro, guitarra, danza, redes sociales, cachibol, motricidad y literatura, entre otros.

    Es común observar en sus rostros la sonrisa de satisfacción, escuchar el saludo afectuoso y contemplar el abrazo sincero; pero, sobre todo, se percibe la convivencia que ahí se genera y la satisfacción de sentirse parte de una comunidad. Ser y sentirse útil para sí mismo y para los demás constituye, sin duda, una de las formas más gratificantes de experimentar la felicidad.

    Tan pronto comienzan a sonar los primeros acordes de las notas musicales, el cuerpo parece olvidarse de sus dolencias y de los males añejos. Los años quedan momentáneamente suspendidos y brota un espíritu de jovialidad, entusiasmo y alegría. Los pasos quizá ya no tengan la misma firmeza de antes, pero llevan consigo la libertad de quien ha decidido seguir disfrutando de la vida.

    Vaya mi reconocimiento y gratitud para los coordinadores de nuestra Casa, Erik Ramírez Torres y Judith Flores Sáenz, por su excelente desempeño, sensibilidad y entrega incondicional, que hacen posible el florecimiento de tantas actividades y, con ellas, de tantos sueños, encuentros y momentos felices.

    Una mención muy especial merece el taller literario, espacio donde las palabras se convierten en memoria, reflexión y compañía. Allí, las experiencias de vida encuentran una voz; los recuerdos se transforman en relatos y las emociones adquieren forma en cada página. Escribir permite mirar hacia atrás sin quedarse atrapado en el pasado y reconocer que cada historia vivida tiene algo que decir y algo que aportar.

    Quizá la felicidad no sea ese estado permanente y perfecto que tantas veces imaginamos. Tal vez se encuentre, más bien, en pequeños asomos: una sonrisa, una canción, un abrazo, una conversación, una palabra compartida, el placer de aprender algo nuevo, la satisfacción de sentirse escuchado o la dicha sencilla de pertenecer.

    La felicidad puede estar escondida en lo cotidiano, esperando que aprendamos a reconocerla. Puede habitar en una taza de café, en una página escrita, en una melodía, en la amistad, en la familia o en ese espacio donde alguien nos recibe con una sonrisa y nos hace sentir que todavía tenemos mucho por vivir, aprender y ofrecer.

    Por eso, cuando observo a los adultos mayores de nuestra Casa cantar, bailar, escribir, crear, reír y compartir, comprendo que no están buscando la felicidad como quien persigue algo lejano e inalcanzable: la están construyendo con cada encuentro, con cada actividad y con cada instante compartido.

    Quizá esos sean precisamente los asomos a la felicidad: breves destellos que nos recuerdan que la vida no se mide únicamente por los años vividos, sino por la capacidad de seguir encontrando motivos para agradecer, para amar, para crear y para sonreír.

    Y entonces vuelvo a aquella frase: “No hay camino para la felicidad, la felicidad es el camino”. Porque, al final, ser feliz consiste simplemente en aprender a reconocer esos pequeños caminos que la vida, generosamente, va colocando frente a nosotros.




sábado, 22 de agosto de 2026

El café, puente entre presente y pasado

 

                                          https://www.facebook.com/share/p/194qGKcpLw/

Por Cuquis Sandoval Olivas

    El tema que hoy me inspira es una forma de agradecer los beneficios, los recuerdos y los placeres que he obtenido al saborear esta maravillosa infusión. Hablar del café es, para mí, hablar de aromas, de encuentros, de familia y de momentos que, aunque sencillos, han quedado grabados en la memoria.

    Desde siempre, esta bebida ha formado parte de los alimentos básicos del hogar. En casa de mi abuela y de mi mamá siempre había un jarro de barro o una jarrilla de peltre azul que despedía un espiral de vapor y, con él, un aroma inconfundible que despertaba los sentidos aun antes de probarlo. Bastaba percibir aquel perfume del amanecer para saber que el día había comenzado.

    Por las mañanas era común servir el oscuro elixir en una taza y salir a los corrales para que le agregaran leche recién ordeñada, directamente de la ubre de la vaca. Aquella leche caliente, mezclada con el destilado, tenía un sabor que difícilmente puede compararse con el de cualquier producto que hoy encontramos en una tienda. Era un trago sencillo, pero lleno de autenticidad, de campo y de hogar.

    En días muy especiales, la preparación adquiría otro carácter. Se le agregaba canela y piloncillo —el tradicional néctar de olla— y entonces la fragancia se intensificaba y los sentidos parecían enaltecerse al máximo. El ritual dejaba de ser solamente una ingesta para convertirse en una pequeña celebración.

    En aquellos años solo se conocía la marca Combate, y hasta las bolsas tenían un segundo uso. Se guardaban cuidadosamente para después devolverlas, pues podían canjearse por empaques llenos de grano molido o por utensilios de plástico para la cocina. Era una época en la que se aprovechaba todo, en la que los objetos tenían más de una vida y las cosas sencillas adquirían un valor especial.

    Ya en mi adolescencia, la versión soluble comenzó a entrar en los hogares. Era más práctico y rápido, pero con él también se fue perdiendo un poco de aquel ritual que consistía en observar la molienda hervir, esperar su punto y dejar que la esencia se extendiera por toda la casa. La practicidad comenzó a ganar terreno, aunque para mí nunca logró sustituir la experiencia preparada de manera tradicional.

    En cada etapa de mi vida, este bálsamo para el corazón ha desempeñado un papel importante. No solo por su sabor, sino por todo aquello que ocurre alrededor de una taza. Esta tinta para mis letras tiene la capacidad de propiciar una charla, acercar a las personas, acompañar una confidencia o simplemente regalarnos un momento de pausa.

    ¿Cuántas conversaciones importantes habrán comenzado alrededor de una humeante porcelana? ¿Cuántas amistades se habrán fortalecido mientras se comparte su aroma? ¿Cuántas decisiones, proyectos, preocupaciones y sueños habrán encontrado un espacio en una mesa acompañada por esta compañía silenciosa?

    Este estimulante del espíritu también ha estado presente en mis momentos de trabajo y de descanso. Me acompaña mientras escribo, cuando necesito concentrarme, cuando escucho música o disfruto de la lectura. Tiene la maravillosa capacidad de adaptarse: puede ser escolta para el silencio o el pretexto ideal para romperlo.

    En mi familia, su uso forma parte de nuestras costumbres. Está presente cuando llegan los hijos o recibimos a las amigas. Una taza puede convertirse en el puente entre dos personas que tenían mucho que contarse o en el pequeño rito que anuncia la hora de descansar. Incluso hay ocasiones en las que me acompaña desde el alba, cuando todavía el día apenas se despereza, hasta que la noche invita a mirar hacia atrás. En ese hilo invisible de vapor encuentro algo más que sabor: encuentro vida.

    Hoy, cuando lo bebo, no solo saboreo una infusión. En cada sorbo aparecen imágenes de mi infancia, el jarro de barro, la jarrilla de peltre azul y las voces de quienes estuvieron conmigo. Quizá por eso sigo disfrutándolo; porque algunas cosas no solamente se consumen: se viven, se recuerdan y se heredan.

    Para mí, es memoria servida en una taza. Es aroma de infancia, conversación y compañía. Es una pequeña pausa en medio de la vida y, al mismo tiempo, una manera de volver a casa.



sábado, 15 de agosto de 2026

Cocinando la vida


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Por Cuquis Sandoval Olivas

Todo nace de una idea, y esta comienza a tomar forma a partir de algún detonante capaz de captar nuestra atención y conducirla hacia aquellos puntos que, por alguna razón, encuentran eco en nuestra historia personal. Así surge el escrito de esta semana, después de ver la película “Cocinando la vida", cuyas escenas despertaron en mí mucho más que el interés por la preparación de los alimentos: abrieron la puerta a los recuerdos.

Las imágenes recrean la pupila con los colores intensos de los ingredientes y nos hacen partícipes de una verdadera conjunción de los sentidos. Casi es posible percibir los aromas que emanan de la parrilla, escuchar el sonido de los alimentos al cocinarse e imaginar las distintas texturas y sabores que resultan de la mezcla precisa de los ingredientes, del sazonado especial, del tiempo de cocción y de ese toque final que consiste en arreglar cada platillo como si fuera a presentarse en una fiesta, donde cada elemento porta su mejor atuendo para cautivar al comensal.

Pero las imágenes sensoriales nunca llegan solas. Usualmente vienen acompañadas de pequeñas pizcas de recuerdos que, de manera inevitable, nos conducen a la infancia, al regazo de nuestras madres y abuelas, al calor de sus cocinas y al deleite de compartir los alimentos en su compañía. Porque existen sabores que permanecen alojados en algún rincón de la memoria y que basta un aroma, una textura o el sonido de una olla al destaparse para hacerlos regresar.

Lo que más llamó mi atención de la película fue el amor, el cuidado y la pasión depositados en la preparación de cada platillo: el picado meticuloso de los ingredientes, la elección cuidadosa de cada producto, el tiempo invertido y la certeza de estar ofreciendo en cada guiso algo que va mucho más allá de la sazón. Quien cocina con amor deja también en los alimentos el calor de sus manos, la paciencia de su espera y una parte de sí mismo.

Concluido ese ritual, llega otro igualmente significativo: vestir la mesa. Colocar los utensilios, disponer los platos, acomodar las servilletas y preparar el espacio donde ocurrirá el encuentro. Porque una mesa no es solamente un mueble alrededor del cual se come; puede convertirse en territorio de convivencia, confidencias, risas, enseñanzas e incluso reconciliaciones. Alrededor de ella se comparten los alimentos, pero también se comparte la vida.

Sin lugar a dudas, disponer de los productos necesarios es importante; sin embargo, la cocina nos invita a reflexionar sobre algo mucho más profundo: el poder afectivo de los alimentos, la entrega de quien los prepara y la huella que ese acto puede dejar en quien los recibe. Comer no consiste únicamente en saciar el hambre. En muchas ocasiones, cada plato va construyendo silenciosamente los cimientos de recuerdos que acompañarán al ser humano durante toda su existencia.

Y así ocurre este intrincado ciclo de la vida: recibimos, aprendemos y después entregamos. Vamos pasando la estafeta a las siguientes generaciones, muchas veces sin darnos cuenta de que las enseñanzas más profundas no siempre fueron pronunciadas. Las aprendimos observando unas manos amasar, servir, repartir; viendo una olla hacerse más abundante cuando llegaban visitas inesperadas o contemplando cómo una madre encontraba la forma de hacer alcanzar la comida para todos. Aprendimos de sus acciones mucho más que de sus palabras.

Todo ello me lleva inevitablemente a pensar en aquellos platillos degustados durante mi niñez. No eran preparaciones sofisticadas ni requerían ingredientes extraordinarios: frijoles, tortillas, sopa, alguna salsa recién hecha y otros alimentos sencillos constituían buena parte de nuestra mesa. Sin embargo, poseían algo imposible de encontrar escrito en cualquier recetario: habían sido preparados por las manos amorosas de mamá.

La cocina era su santuario. Allí parecía colocarse una corona y empuñar un cetro que, en sus manos, también podía transformarse en varita mágica. Tenía ese don que tantas madres poseen: hacer rendir lo poco, multiplicar los alimentos y convertirlos en abundancia. Pero su magia no terminaba en nuestra mesa. Aquello que preparaba se transformaba también en bendición cuando lo compartía generosamente con quienes tenían menos. Siempre parecía existir un plato más para ofrecer, una tortilla que podía dividirse o una porción que encontraba destinatario fuera de casa.

Quizá en aquellos años yo no alcanzaba a comprender la dimensión de ese gesto. Hoy entiendo que no solamente nos alimentaba: nos estaba enseñando generosidad, solidaridad y amor. Cada vez que extendía un plato hacia alguien más, nos mostraba, sin discursos, que compartir también era una manera de agradecer lo recibido.

Durante muchos años tuve el privilegio de llamarla cada vez que necesitaba reafirmar alguna receta. Le preguntaba por cantidades, tiempos, ingredientes o por aquel misterioso “hasta que esté listo” que solamente las madres parecen comprender con exactitud. Otras veces, debo admitirlo, conocía perfectamente la respuesta; aun así, hacía la llamada porque sabía el bienestar emocional que le producía sentirse necesaria, saber que todavía podía orientarme y continuar cuidándome desde su ancianidad.

Aquellas conversaciones eran también otra forma de alimentar.

Hoy ya no puedo realizar esas consultas de la misma manera. Me queda acudir al gran recetario de la memoria, donde no existen cantidades exactas ni instrucciones escritas. Allí debo buscar los aromas, reconstruir los sabores, recordar las texturas y volver a mirar, con los ojos del alma, la presentación de aquellos platillos sencillos que tenían el poder de convertir cualquier día cotidiano en hogar.

Tal vez por eso cocinar nunca será únicamente mezclar ingredientes. En cada receta heredada permanece algo de quienes estuvieron antes que nosotros. Una manera de cortar las verduras, una especia utilizada sin medida, una olla reservada para determinada comida o ese ingrediente secreto que jamás apareció escrito porque pertenecía más al corazón que a la cocina.

Ahora comprendo que algunas personas permanecen con nosotros de las formas más inesperadas. Mamá sigue apareciendo cuando un aroma conocido invade la casa, cuando preparo una receta aprendida de sus manos o cuando, casi de manera inconsciente, repito alguno de sus gestos frente a la estufa. Entonces descubro que la memoria también tiene sabores.

Y quizá esa sea una de las formas más hermosas de trascender: dejar un poco de nosotros en aquello que entregamos con amor.

Mientras exista una mesa donde pueda compartir lo aprendido, mientras mis manos repitan alguna de sus recetas y mientras un aroma sea capaz de devolverme, aunque sea por unos instantes, a aquella cocina de mi infancia, mamá seguirá estando ahí.

Porque hay alimentos que calman el hambre del cuerpo, pero existen otros, preparados con amor, que continúan alimentando el alma aun cuando las manos que un día los cocinaron ya no puedan servirlos sobre nuestra mesa.