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jueves, 16 de abril de 2026

Tejiendo memorias






Tejiendo memorias

    Cada persona es única e irrepetible, y del mismo modo lo es cada familia, así como los ambientes que se construyen a partir de la interacción y la convivencia cotidiana. En ese entramado de relaciones se tejen historias, afectos y aprendizajes que nos acompañan a lo largo de la vida. Son vínculos que, aunque a veces invisibles, sostienen nuestra identidad y dan sentido a nuestro caminar.


    Nací y crecí en un entorno rural, donde la familia representa el núcleo esencial de la existencia. Esta interacción no se limita únicamente a los padres y hermanos, sino que se extiende a la presencia entrañable de abuelos, tíos, primos, padrinos y todas aquellas personas que, unidas por lazos de sangre o de afecto, enriquecen nuestro camino. En ese contexto, cada integrante se convierte en una pieza fundamental en la formación de la personalidad, del carácter y del sentido de pertenencia. La vida en comunidad nos enseña que nadie crece solo, que cada gesto de cuidado, cada palabra de aliento y cada enseñanza compartida deja una huella profunda.


    Es en el seno familiar donde se forjan los sueños y las esperanzas; donde se aprende a convivir, a compartir, a respetar y a amar. Ahí se construyen los cimientos que nos permiten crecer como individuos y como parte de una comunidad. También es el espacio donde aprendemos a enfrentar las dificultades, a sobreponernos a las pérdidas y a valorar la importancia del apoyo mutuo. La familia se convierte, así, en nuestro primer refugio y en la base desde la cual nos proyectamos hacia el mundo.


    Con el paso del tiempo, comprendemos que la familia no es estática, sino dinámica. Cambia, se transforma y se adapta a las circunstancias de la vida. Surgen nuevos integrantes, se redefinen roles y se fortalecen los lazos desde nuevas perspectivas. Cada etapa trae consigo retos y aprendizajes que enriquecen la experiencia de convivir y de amar.    


    Desde hace algunos años, al convertirnos en abuelos, hemos descubierto una nueva dimensión del amor, más serena pero igualmente profunda. Disfrutamos intensamente compartir con nuestros nietos distintos momentos de nuestra vida. Hemos sido testigos de sus primeros pasos, sus primeras palabras, sus logros escolares y su desarrollo como personas. Pero, más allá de esos hitos visibles, atesoramos especialmente los instantes de cercanía y complicidad: una mirada que lo dice todo, una sonrisa compartida, el simple roce de las manos que evoca la continuidad de los lazos generacionales. En ellos vemos reflejado el futuro, pero también la permanencia de lo que somos.


    Ser abuelos nos ha enseñado a mirar el tiempo con otra perspectiva: con más paciencia, con más gratitud y con una mayor conciencia de la importancia de cada instante. Hemos aprendido a disfrutar de las pequeñas cosas, de lo cotidiano, de aquello que muchas veces pasa desapercibido, pero que en realidad constituye la esencia de la vida.



    Cada año nos regalamos una semana completa para convivir con ellos. Este tiempo especial comienza desde los preparativos del viaje: la emoción de organizar lo necesario, la elaboración del lonche para el camino, la selección de la música que nos acompañará durante el trayecto. Cada detalle se convierte en un motivo de ilusión compartida. Porque no se trata únicamente de llegar al destino, sino de vivir juntos cada momento desde el inicio, fortaleciendo la conexión familiar desde el primer instante.


    Durante el camino, surgen conversaciones espontáneas, juegos improvisados y risas que llenan el ambiente. El viaje mismo se convierte en una experiencia significativa, donde el tiempo se diluye entre historias y expectativas.


    Al llegar a la playa, cada quien encuentra su propia manera de disfrutar: algunos prefieren caminar al amanecer, dejándose envolver por la serenidad del mar y el sonido constante de las olas; otros se deleitan con la energía del agua, la arena y el sol; todos, en general, gozamos de la alegría de la alberca y de la convivencia sin prisas. Los atardeceres se convierten en momentos de contemplación, donde el cielo parece recordarnos la belleza de lo simple y lo efímero.



    Sin embargo, más allá de las actividades, lo verdaderamente valioso es el tiempo compartido: las conversaciones que surgen sin prisa, el intercambio de confidencias, las anécdotas que provocan risas y las historias de vida que se transmiten de una generación a otra. En esos relatos se preserva la memoria familiar y se fortalece el sentido de identidad.


    En esos días, el tiempo parece detenerse. Se fortalecen los vínculos, se crean recuerdos imborrables y se reafirma el sentido de familia. Son momentos que, aunque breves, dejan una huella duradera en el corazón de cada uno.


    Porque al final, lo que permanece no son los lugares visitados, sino los momentos vividos juntos, las emociones compartidas y el amor que se construye y se renueva en cada encuentro. Es ese amor el que trasciende el paso del tiempo, el que nos une más allá de la distancia y el que nos recuerda, una y otra vez, que la familia es, sin duda, uno de los mayores tesoros de la vida.





Antología de Consignas de escritores 2026

https://docs.google.com/document/d/1WZCOYYYVwYgFf-xrH1f3fVTpS0BSCnE9ZkuedYMwRAo/edit?usp=sharing Esta es una magnífica antología donde participamos casi quinientos escritores, divididos en 44 equipos de 27 países. Sumamente agradecida y orgullosa de estar en esta selección con mi cuento: Tormenta interior, que se encuentra en la página 203.





viernes, 3 de abril de 2026

En nuestro aniversario

                                        




























































En nuestro aniversario

Por Cuquis Sandoval Olivas

Tres de abril de 1982: el día en que caminamos juntos hacia el altar. Ese momento en el que, mirándonos a los ojos, hicimos promesas de amor sostenidas por la fuerza y el vigor de la juventud, por el impulso de la pasión y por la certeza —tan firme entonces como hoy— de haber elegido a la persona ideal para compartir la vida en esa gran aventura llamada matrimonio.

Han transcurrido cuarenta y cuatro años. Si quisiéramos encerrar el tiempo en cifras, diríamos: cinco hijos y diez nietos, que se erigen como el más hermoso testimonio de nuestro paso por el mundo. También nos acompañan cientos de fotografías, fieles guardianas de instantes que intentaron capturar la esencia de lo vivido; piezas de un inmenso rompecabezas que, al reconstruirlo, revela cómo el tiempo ha difuminado algunos recuerdos, aunque jamás ha borrado lo esencial.

Porque, a pesar de los años, permanecen vivas las experiencias que nos han marcado. Sabemos que no hemos sido perfectos porque  —la perfección no habita en lo humano—, pero sí hemos aprendido a moldearnos, a comprendernos y a ajustarnos a las necesidades del otro. En esa negociación constante, en ese dar y recibir, se han ido forjando los cimientos que sostienen nuestra relación, alimentada por la siembra y puesta en práctica de valores universales, como el respeto, la responsabilidad y muchos otros más.  

Como toda historia verdadera, la nuestra ha transitado por caminos luminosos, llenos de alegría y plenitud, pero también ha conocido la sombra, el miedo y la incertidumbre frente a los embates de la vida. Hemos llorado juntos las pérdidas de seres profundamente amados —nuestros padres, nuestra querida nieta—, familiares y amistades cercanas; momentos en los que el dolor nos enseñó el verdadero significado de acompañarnos en silencio, de sostenernos incluso cuando las palabras no alcanzan. Al mismo tiempo, hemos sido testigos y partícipes de los triunfos y tropiezos de cada uno de nuestros hijos, celebrando sus logros con orgullo y abrazando sus caídas con amor, aprendiendo junto a ellos que la vida se construye tanto en las victorias como en las lecciones que dejan los desafíos.

También hemos enfrentado pruebas silenciosas, como aquellas enfermedades que llegaron a nuestro organismo para quedarse, recordándonos la fragilidad de la vida, pero también la fortaleza que nace del amor y del cuidado mutuo. Hemos visto crecer nuestra descendencia  no solo en número, sino en afecto: nuestras familias de origen se entrelazaron entre sí, formando una red de cariño, apoyo y pertenencia que nos ha sostenido a lo largo del tiempo. Y, en paralelo, hemos construido caminos propios, alcanzando logros en el ámbito personal, familiar y laboral que nos llenan de satisfacción y que han dado sentido a muchos de nuestros esfuerzos compartidos.

Otro de nuestros grandes triunfos es haber arribado a la etapa de la jubilación, un tiempo que nos regala nuevas oportunidades: más horas compartidas, la posibilidad de viajar, de redescubrir lugares y de reencontrarnos con los demás. Es una etapa distinta, más serena, en la que el tiempo parece adquirir otro valor, y donde cada encuentro, cada conversación y cada recuerdo compartido se vuelve aún más significativo.

No ha sido un camino fácil, pero sí de gran alcance y  profundidad. Un sendero colmado de retos, aprendizajes y oportunidades que, lejos de debilitarnos, ha fortalecido cada uno de los eslabones que sostienen nuestro matrimonio.

Hoy celebramos no solo el tiempo compartido, sino la historia construida día a día, con paciencia, amor y compromiso. Festejamos  la vida que hemos formado, las raíces que echamos y las generaciones que florecieron a partir de nosotros. Y, sobre todo, conmemoramos  la decisión tomada hace cuarenta y cuatro años:  de seguir caminando juntos, de elegirnos  en cada etapa, en cada dificultad y en cada alegría.

Porque al final, más allá del tiempo, de las pruebas y de los recuerdos, lo que permanece es esto: nosotros, tomados de la mano, agradecidos por lo vivido y con el corazón dispuesto a seguir escribiendo, juntos, la historia que aún nos queda por vivir.