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viernes, 1 de mayo de 2026

Mi niña interior




Mi niña interior

¡Hola! Me emociona profundamente esta oportunidad de reencontrarme contigo. Gracias a ella, puedo volver la mirada al pasado, abrir los canales de comunicación que permanecieron cerrados durante tantos años y dar forma a este diálogo que quedó pendiente desde hace mucho tiempo. Hoy, por fin, las palabras encuentran su cauce.

Hay tantas cosas que no te dije. Quizá porque se escondieron en ese baúl escurridizo de los pensamientos o porque se diluyeron entre las brumas del olvido. Sin embargo, siento con certeza que este es el momento propicio para reconstruirnos. Ambas aportaremos lo que somos: tú, desde tu inocencia luminosa; yo, desde la experiencia y el aprendizaje que el tiempo ha depositado en mi vida. Juntas iremos nombrando recuerdos, dándoles forma, rescatando imágenes que nos pertenecen y que, al ser evocadas, vuelven a latir.

Sé que puedes sentir desconcierto. Mi rostro y mi voz te resultan apenas familiares, como un eco lejano. No temas. Vengo del futuro y tú habitas un presente que, aunque ahora es pleno, con el tiempo se convertirá en recuerdo. Somos la misma persona. Hoy soy una mujer de más de sesenta años; el tiempo ha dejado sus huellas en mi cuerpo, en mi alma y en mi espíritu. Pero, en ese rincón secreto al que solo se accede a través de la memoria, sigo siendo tú: esa niña con la que ahora me reencuentro.

Vuelvo mi mirada. Tienes cinco años. Tu cabello rubio se agita con el viento, y ese fleco rebelde insiste en cubrir tu amplia frente, herencia de papá. Decían que una frente espaciosa era señal de inteligencia, pero mamá, con ternura, intentaba ocultarla. Tus ojos color miel observan el mundo con curiosidad inagotable, buscando respuestas a todo. Tu sonrisa es franca, abierta, dejando ver esos pequeños dientes de leche a punto de caer. Eres inquieta, soñadora, incansable; construyes  ilusiones como si fueran parte natural del aire que respiras.

Los adultos que te rodean son tus primeros maestros. En ellos confías a plenitud. Parecen saberlo todo: predicen el clima, hablan de las cosechas, explican los misterios de la vida y de la religión con absoluta certeza. Pero también siembran temores. Las historias de brujería, enfermedades y castigos invisibles despiertan en ti una inquietud que no sabes nombrar.  

Te observo obediente, cumpliendo las tareas que mamá te asigna antes de salir a jugar. Sabes que el deber es el camino hacia la libertad. Luego, cualquier rincón se transforma en escenario de aventuras. Con tus amigas construyes casitas con cajas de cartón, retazos de tela y pequeños objetos que cobran vida en sus manos. Son madres de muñecas de trapo, guardianas de hogares imaginarios donde el amor siempre alcanza.

Otras veces son actrices de historias inventadas. Con toallas simulando largas cabelleras, convierten una caja en coche o una rama en avión. Y cuando el cuerpo pide movimiento, salen al callejón: juegan, cantan, ríen. La alegría es plena, sencilla, sin condiciones.

Te veo también en el jardín de niños, instalado en un cuarto prestado. La maestra toma tu mano y te guía en el trazo de las letras. Aprendes a compartir, a cantar, a moverte con el grupo. Cada descubrimiento te llena de entusiasmo. Luego llega la primaria, la única del pueblo. Ahí se abre ante ti el universo del conocimiento. No importa no tener uniforme para los desfiles ni marchar desde las últimas filas; caminas con dignidad, con la frente en alto, segura de ti misma.

Cada clase es una puerta nueva: la poesía, las historias, la naturaleza, los números. Aunque las matemáticas no siempre sean fáciles, respondes con empeño. Ya desde segundo grado decides tu destino: quieres ser maestra. Ese sueño se vuelve juego y práctica constante. Enseñas a tus amigas, imitas a tus profesores, inventas formas de aprender jugando. Sin saberlo, comienzas a construir el camino que más tarde recorrerás.

Hoy comprendo que debemos nombrarnos en plural. Fuiste tú, pero también soy yo. Tu esencia es la base de lo que ahora soy. En este encuentro, tejemos juntas los hilos del tiempo. Te abrazo con ternura infinita, te acerco a mi pecho y siento cómo nuestros corazones laten al mismo ritmo. Me pierdo en tu risa, en la frescura de tu piel, en la ligereza de tus preocupaciones, que solo giraban en torno al juego y al cariño familiar.

Pero no todo fue alegría. También llegaron las sombras. La muerte de papá marcó un antes y un después. No solo perdimos su presencia, sino la seguridad de su abrazo. Ver a mamá sumida en el dolor fue algo que no podías comprender entonces, pero que dejó una huella profunda. Aun así, el amor no se extinguió.

A pesar de las carencias materiales, fuimos felices. En casa nunca faltó lo esencial: el amor. Mamá fue nuestra primera maestra. Nos enseñó a compartir, a multiplicar lo poco, a confiar, a creer y a sostenernos incluso en la adversidad. Su fortaleza fue el pilar que nos sostuvo.

Hoy he compartido nuestra historia con mis hijos y nietos. Les muestro fotografías, les hablo de ti, de nosotras. Ellos escuchan, abrazan, y en sus ojos percibo que logran vernos unidas, enlazadas por ese hilo invisible que nunca se rompió.

Con el paso del tiempo, te extraño más. No como algo perdido, sino como una presencia viva que habita en mí. Eres la esencia que perfuma mis días, la luz que ilumina mi camino. Gracias por existir, por resistir, por soñar. Gracias por ser el origen de todo lo que soy.


2 comentarios:

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