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jueves, 14 de mayo de 2026

El grito de los silencios


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Por Cuquis Sandoval Olivas

Cito una frase de Don Quijote de la Mancha: “Quien viaja mucho y lee mucho, sabe mucho”. “Mucho” es un cuantificador indefinido relacionado con la intensidad, la amplitud y, en ocasiones, con la demasía. Esta idea me conduce a uno de los versos del poema Desiderata: “siempre habrá personas más grandes y más pequeñas que tú”. Desde esa perspectiva, los verbos viajar, leer y saber adquieren dimensiones distintas según la experiencia y la sensibilidad de cada ser humano. Hay quienes, sin haber recorrido grandes distancias, han leído profundamente y alcanzado un conocimiento inmenso. Tal es el caso del escritor y poeta español Vicente Aleixandre, cuya frágil salud lo mantuvo postrado durante largos períodos y, aun así, logró conquistar la universalidad de la palabra, obteniendo el Premio Nobel de Literatura en 1977.

Sin embargo, aplico esta premisa a la singularidad de mi propia experiencia, reconociendo la grandeza de la frase atribuida a Sócrates: “Yo solo sé que no sé nada”, porque mientras más incursiono en este maravilloso universo del saber, más consciente soy de todo aquello que ignoro. El conocimiento, lejos de colmarnos, nos revela nuestra pequeñez frente a la inmensidad de la historia, de la memoria y de la condición humana.

Por ello me visto de humildad y acudo a las palabras de Gabriel García Márquez: “Quiero escribir sobre esto que pienso que merece ser contado”. Él sostenía que la escritura surge de la reinterpretación y resignificación de lo vivido; es decir, de esa necesidad íntima de transformar la experiencia en memoria y la memoria en conciencia.

En una reciente visita familiar a Estados Unidos, cruzamos los estados de Luisiana, Misisipi y Alabama. No pude evitar un profundo sentimiento de nostalgia al recorrer calles y edificaciones cargadas de una historia dolorosa que aún parece respirarse en el ambiente. En esos lugares habita el alma profunda del sur estadounidense: una región marcada por las huellas de colonizadores españoles y franceses, por la riqueza de las plantaciones de algodón y de otros cultivos agrícolas, y, sobre todo, por la tragedia humana edificada sobre el trabajo forzado de millones de esclavos africanos.

Luisiana se convirtió en el estado número dieciocho de la unión; Misisipi, en el vigésimo; y Alabama, en el vigésimo primero. Sus tierras crecieron económicamente gracias a una estructura social profundamente desigual, sostenida por la explotación y la negación de la dignidad humana. El puerto de Charleston fue una de las principales puertas de entrada de esclavos africanos, quienes viajaban hacinados y en condiciones infrahumanas hasta llegar a mercados como el de Luisiana, donde eran vendidos y sometidos a toda clase de abusos y vejaciones. La población afrodescendiente llegó a ser tan numerosa en algunas regiones que incluso superó a la población blanca.

El sur profundo se convirtió así en escenario central de la Guerra Civil Estadounidense (1860-18659. La elección presidencial de Abraham Lincoln y su oposición a la expansión de la esclavitud intensificaron el conflicto entre el norte y el sur. Aunque la guerra concluyó con la abolición formal de la esclavitud, la igualdad real tardaría aún muchas décadas en abrirse paso. Cerca de un siglo después, persistían leyes segregacionistas y prácticas sistemáticas de discriminación contra esta  población.

Fue precisamente en esta región donde la voz de Martin Luther King Jr. emergió desde los púlpitos de las iglesias y desde las marchas multitudinarias para denunciar la injusticia racial. El boicot a los autobuses de Montgomery, las marchas de Selma y las protestas pacíficas impulsaron una transformación histórica que culminó con el reconocimiento efectivo del derecho al voto para la comunidad afroamericana en 1965. Sin embargo, las heridas de siglos de exclusión no desaparecen únicamente mediante decretos o reformas legales.

Aún hoy, los estados del sur concentran una importante proporción de población afroamericana que continúa enfrentando profundas disparidades socioeconómicas frente a la población blanca. Persisten las brechas de ingresos, la segregación ocupacional y las limitadas oportunidades de acceso equitativo a educación, salud y empleo. El sur profundo registra algunos de los índices de pobreza más elevados del país, situación que incrementa la vulnerabilidad social y la exposición a fenómenos como la criminalidad y el encarcelamiento masivo, donde la población afroamericana sigue estando sobrerrepresentada.

Este ligero asomo a la historia, construido a partir de lecturas, observaciones e investigación factual, me permite comprender que la humanidad aún tiene un largo camino por recorrer. Las constituciones y las cartas magnas pueden proclamar igualdad y libertad, pero la verdadera justicia solo existe cuando dichas palabras logran encarnarse en la vida cotidiana de las personas. De lo contrario, la promesa de dignidad humana permanece incompleta, incluso en aquel territorio que muchos continúan llamando “el país de los sueños”.

Quizá por eso viajar no consiste únicamente en desplazarse de un lugar a otro. Viajar también es aprender a mirar; es permitir que la memoria de los pueblos dialogue con nuestras propias preguntas. Leer, por su parte, no significa acumular conocimientos, sino ampliar la sensibilidad frente al sufrimiento, la belleza y la complejidad del ser humano. Y saber, finalmente, tal vez sea comprender que ninguna sociedad puede considerarse plenamente civilizada mientras existan seres humanos condenados a la marginación, al olvido o a la desigualdad.

Al final, las palabras de Cervantes adquieren un sentido más profundo: quien viaja y lee mucho no solo sabe más, sino que también aprende a reconocer las luces y sombras de la condición humana. Y en ese reconocimiento nace quizá la verdadera sabiduría: la capacidad de contemplar la historia con espíritu crítico, de asumir la humildad frente a lo desconocido y de mantener viva la esperanza de construir un mundo más justo, donde la memoria no sea una carga silenciosa, sino una lección permanente para las generaciones futuras.

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