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lunes, 2 de marzo de 2026

La gratitud como destino








El día 26 de febrero  presenté mi libro Caminar sin ti en la ciudad de Jiménez, Chihuahua. Regreso a casa feliz y profundamente agradecida por las atenciones recibidas, por la calidez de los abrazos y por la generosidad de quienes hicieron posible este encuentro con la palabra.

El verbo escribir, al igual que el verbo leer, no admite imperativos. No se le ordena al alma que cree; no se le impone al pensamiento que sienta. Ambos obedecen únicamente al mandato de su autonomía interior. La escritura surge de una urgencia íntima, de una necesidad impostergable por encontrar la palabra precisa, plasmarla y dotarla de sentido y coherencia, conectando mano, corazón y pensamiento. Así, entre un delicado baile de vocablos, donde a la orquesta se le van sumando uno y otro instrumento —cada cual con su timbre, su fuerza y su estilo—, las frases encajan en la armonía y en los silencios, reinventando ritmos y cadencias que cimbran el espíritu.

Etimológicamente, la palabra “gracias” alude a una fórmula de cortesía para reconocer un favor recibido. En su esencia más profunda implica reconocimiento, reciprocidad y vínculo. Me apropio hoy de esa palabra para expresar, sin medida, mi gratitud por el entrañable recibimiento de Caminar sin ti.

Reconozco la unión de esfuerzos y la cadena de liderazgo generada desde la perspectiva personal, comunitaria y municipal. La presencia entusiasta y comprometida de cada asistente fue una muestra clara del valor que Jiménez confiere a la cultura y, particularmente, a la literatura. Me sentí honrada por esa atención cercana y respetuosa.

El espacio, la ambientación, la organización y el respaldo institucional fueron una constante desde el primer momento. Nada quedó al azar. Desde la creación de pósters y flyers cuidadosamente diseñados, hasta la difusión estratégica en los distintos medios de comunicación y plataformas digitales, cada detalle habló de compromiso y profesionalismo. La promoción previa generó expectativa; la presencia visible de estos materiales durante el evento fortaleció la identidad del encuentro; y, especialmente, la respuesta de la ciudadanía confirmó que cuando la cultura se convoca con seriedad, la comunidad responde. Ver el recinto lleno, sentir la escucha atenta y percibir el interés genuino del público fue, sin duda, uno de los mayores regalos de la jornada.

A riesgo de alguna omisión involuntaria, deseo nombrar con especial reconocimiento al Presidente Municipal Francisco Andrés Muñoz Velázquez,  a los profesores Miguel Ángel Ávalos Cardosa y Ramón Ronquillo; al profesor Lorgio Palma Moreno, Secretario General de Jubilados y Pensionados del estado de Chihuahua, asimismo, agradecer el apoyo incondicional de las maestras Lety Quiñonez, quien realizó una lectura e interpretación sensible y profunda de fragmentos de la obra, y Edna Ojeda, quien condujo el evento con elegancia y profesionalismo como maestra de ceremonias. Cada participación aportó brillo propio a la ceremonia y fortaleció el sentido colectivo de la presentación.

La escritura es, en esencia, una actividad solitaria. Se gesta en la intimidad del silencio, en un soliloquio permanente con la memoria, los saberes previos y la experiencia acumulada. Implica investigación, dudas, desequilibrios cognitivos y constantes reajustes que conducen, paso a paso, hacia la consecución de una meta. Al alcanzarla, se experimenta una satisfacción profunda: una alegría que brota desde las entrañas del ser. Sin embargo, el verdadero destino del libro no culmina con su impresión, sino con el encuentro con el lector, quien finalmente otorga el abrazo de bienvenida —o el silencio— ante el trabajo presentado.

Como toda empresa orientada al desarrollo humano, la escritura exige disciplina, constancia, honestidad intelectual y pasión; requiere tiempo, entrega y, en muchas ocasiones, el sacrificio de otras tareas. Por ello, cuando la obra es adquirida, comentada o celebrada, se asciende un peldaño más en esa utopía llamada felicidad.

Los temas son incontables y variables; cada uno demanda rigurosidad y compromiso. Es necesaria la delimitación consciente y el reconocimiento humilde de que siempre existirán nuevas oportunidades para ampliar perspectivas, dialogar entre géneros y continuar abriendo caminos de expresión.

Una vez más he confirmado  que la literatura no es un acto individual: es un puente. Y cuando ese puente se cruza en comunidad, la palabra deja de ser tinta sobre papel para convertirse en abrazo compartido, en memoria viva y en esperanza que se multiplica.